- “Espérate…, no te separés mucho”, me pidió Erick Mojica al principio. Pero después parece que reflexionó y me dijo: “mejor andáte, nadá fuerte, buscá ayuda”. Me negué a dejarlos, pero él me ordenó de nuevo: ¡andáte! ¡buscá ayuda!
Mario Fulvio [email protected]
Contra mi voluntad comencé a nadar hacia afuera. Pero volví la cara tres veces con la esperanza de que mi “yunta” me gritara: “¡quedáte, pues!”.
Me partía el alma dejarlos, pero él con los brazos me hacía señas de que me alejara, así que comencé a nadar escalonado, hasta que los perdí de vista en la inmensidad del mar… Ya no volvería a verlos jamás”.
LA ESTREMECEDORA HISTORIA DE “GUACHAN”
El terror intenso que produce la muerte cuando se anuncia de manera inexorable, el aferrarse desesperadamente a la vida en angustiosa lucha contra la eternidad del mar, la soledad infinita del ser humano en una situación de total desamparo, sumando a todo esto el dolor de haber abandonado a sus compañeros y sentirse inerme para ayudarles, fueron las conmovedoras experiencias que Sebastián de Jesús Mojica Navarrete nos relató en la aldea de pescadores La Boquita, situada en la costa del Pacífico nicaragüense.
Para “Guachán” Mojica resulta doloroso hablar de estas vivencias y en ocasiones prefiere guardar silencio, así nos lo hizo saber de previo, pero ya ante nuestras preguntas accedió, y comenzó un relato estremecedor que merecería figurar en el drama de “Los trabajadores del mar”, del gigante de la literatura mundial Víctor Hugo.
“Lo que les contaré ocurrió hace ocho años. Era el día domingo 17 de diciembre de 1993… Los pescadores madrugamos para entrar al mar, y como de costumbre lo hicimos a las cinco de la mañana. Conmigo iban, Erick Mojica (18 años), mi mejor amigo y capitán de la lancha, Hugo Rojas (16), Jorge Portillo (22), y yo, que en ese tiempo tenía 31 años.
Había mucho viento pero penetramos al mar sin presentimientos. A eso de las nueve de la mañana comenzamos a levantar nuestras redes que casi no tenían productos (peces), la profundidad era de 17 brazas. Ya veníamos de regreso sobrecargados, pues traíamos las redes, diez anclas de trasmallos y además el peso de nosotros cuatro.
En el trayecto encontramos una red que estaba pegada, no podíamos sacarla y en esos casos lo que se hace es ponerla en la fosa y tratar de extraerla acelerando el motor de la lancha.
No “flagueaba” mucho la marejada alta, pero veníamos muy de frente a ella.
Pienso que el capitán falló, pues al ver que la marejada nos metió agua a bordo, él aceleró para arrancar el trasmallo, pero lo que logró fue meter más agua y otras tres marejadas repentinas nos hundieron la lancha. En aquel tiempo esas pangas eran nuevas y no tenía flotadores de poroplast, se hundían como lata de sardinas, haciendo “hojitas” (balanceándose de un lado a otro).
ERICK VENIA HALANDO A PORTILLO
Por suerte quedaron flotando las boyas de los trasmallos y nosotros nos agarramos a ellas, “No estamos muy largo de la costa –dijo Erick- y vamos a hacerle ganas a ver si salimos”. Rojas se agarró a un tanque vacío de gasolina y vi que Erick se apoderó de una cuerda gruesa, amarró a Portillo a una boya y lo venía halando, porque Portillo era impedido y no podía nadar.
“Sáquense la ropa -nos dijo Erick-, porque aquí todo estorba”, yo lo hice y quedé en calzoncillos.
Comenzamos a nadar, yo iba adelante agarrado a dos boyas. “Espérate, no te separés mucho” me decía Erick, pero después me preguntó: “¿Cómo te sentís?” Y poco después agregó: “Mirá Guachán, si te sentís en buenas condiciones zafáte y buscá ayuda, tal vez pasa una lancha cerca y nos vienen a buscar”.
Yo no le contesté, porque no los quería dejar. Pero Erick con sus brazos me hizo señas de que me alejara. Tres veces volví a ver atrás hasta que decidido comencé a nadar sesgado y escalonado pues con la marejada uno tiene que nadar así, decolando.
Los perdí de vista. Venía solo. A eso de las cinco de la tarde ya me sentía agitado, en eso miré un trasmallo abandonado y decidí pegármele, pensando que el dueño de la red tendría que llegar a recogerla y me salvaría.
Allí “anoché”, había una corriente muy fuerte hacia adentro y pensé: me voy a profundizar más. Le quité la bandera de plástico al trasmallo y me amarré la cabeza que me dolía mucho ya que el viento y la marejada estaban muy fuertes.
A eso de las diez o doce de la noche pasaron dos barcos en la lejanía, uno más costeado y el otro más adentro. Al día siguiente dieron las seis, las siete y llegó el mediodía y nadie llegó por el trasmallo. Pensé que era un trasmallo perdido que alguna corriente había arrancado y arrastrado. Me afligí y dije: Bueno, si me quedo aquí puedo morir y si me voy también puedo morir, es mejor que siga luchando y no morir esperando sin tomar decisión alguna.
Al día siguiente, como a eso del mediodía, abandoné el trasmallo.
La boya que yo andaba era un saco de pichingas de plástico vacías que me sollamaban y dejaban mi pecho en carne viva. Ya no aguantaba el dolor, y decidí agarrar los dos galones más grandes que amarré con un cordón, me puse sobre ellos y de repente sentí que se me bajaban hasta al abdomen y ahí se me adherían como con pega. Decidí quedarme así, pues en esa posición podía usar los brazos y los pies para nadar más fuerte, como que tuviera un motor atrás.
POR FIN EL MILAGRO… Y LA SALVACION
De repente sentí como un baño de agua tibia en la cabeza y los pies, y me acordé de Dios que me venía ayudando. Fue entonces que divisé unas torres altas, era un barco que venía más costeado que lo que yo iba. Me dije: “voy a tratar de salirle adelante para ver si lo agarro, y no sé de dónde saqué tanta fuerza para nadar contra viento y marejada y salirle adelante. Todavía esperé que pasara, todos los marinos venían adentro, no me miraban. Pero como esos barcos llevan una cadena gruesa colgada, decidí agarrarme de ella a la pasada.
Dejé mis pichingas y nadé con fuerza hacia la cadena pero como ésta iba muy engrasada se me hacía imposible agarrarla. Salí, pues, para un lado para evitar que la propela del barco me agarrara y nadé hacia mis boyas para tomarlas de nuevo.
Bendito sea Dios, dije, cuando las tuve en mi poder. Ya me sentía topado y el barco se alejaba cuando me pareció ver un bultito chiquitito en la popa del barco, parecía un soldadito de plástico. Después salieron otras personas, pero yo miraba que el barco se alejaba más y más de mí. No me vieron, dije con aflicción.
A la distancia no podía precisar nada. Pero de pronto vi que el barco cabeceó y que cambiaba de rumbo, comprendí con alegría infinita que me habían divisado. El barco fue a dar una gran vuelta y se acercó donde yo estaba, me arrojaron una boya y me subieron entre cuatro, utilizando dos mecates.
La nave era de bandera panameña pero autorizada a pescar en aguas nicaragüenses, recuerdo que al capitán le decían “Chivichivi” y conocí a un pescador de Masachapa al que le decían “Guayuco”.
Éramos cuatro, hay otros tres en el agua, les dije, y les pedí que buscaran a mis compañeros. Ellos llamaron al Puesto de Mando de San Juan del Sur diciendo que habían encontrado un náufrago. Después se ubicaron en el lugar donde nosotros naufragamos y comenzamos a peinar toda la zona de Masachapa pero no los encontramos.
Los tres se ahogaron. Como a los tres días de mi salvación, un barco rastrero sacó los restos de Alfonso Portillo. Los otros dos nunca salieron del mar.
Así, pues, al pasar por Casares se apareció una lancha en la que venía mi cuñado y en la cual me llevaron a La Boquita.
Pasé 36 horas en el agua. No vi tiburones ni otras fieras marinas, sólo manchas de jureles y bandadas de patos piratas. Extraño, pero no tuve miedo de que aparecieran las fieras marinas.
Pero definitivamente dejé la pesca. No porque le tenga miedo al mar ni nada de eso, ni porque hubiera quedado traumado, sino para buscar mi mejoría ya que la pesca está totalmente decaída, además, siendo albañil de profesión regresé a ese quehacer que me da más ganancias, y eso para alegría de mi madre, mi esposa y mis dos hijos que ya me hacían muerto.
Tampoco puedo decir que esa tragedia cambió mi vida, pues la llevaba muy moderada. Ya después dije que me iba a convertir al Evangelio, pero no lo he hecho, aunque siento que mi vida la llevo mejor.
¿Que por qué resistí tanto?… Tal vez porque anteriormente estuve en el Mint y hacía muchos ejercicios con mucha concentración”.
GUACHAN MOJICA
Para hacer una descripción de su personalidad física diremos que Sebastián Mojica es un hombre fornido, de estatura regular, más bajo que alto, pelo negro chirizo pero domado hacia atrás con el uso permanente de una gorra de béisbol. Un ladino que tiene los rasgos propios de un indígena.
SOLEDAD Y RESISTENCIA
– Para buscar ayuda tuvo que abandonar mar adentro a sus tres compañeros de infortunio, a los que ya no volvería a ver jamás
– Asido a un trasmallo vio pasar durante la noche las luces de dos barcos pero iban muy lejos… y no lo vieron
– Los duros ejercicios que realizó cuando fue “compa” del Mint le ayudaron a resistir y salvar la vida