Ramiro Sacasa Gurdián
La anhelada transición hacia la democracia ha quedado estancada entre posiciones antagónicas y a la vez concurrentes: el camino de la coacción y los pactos. En efecto, las estructuras político-sociales no se han transformado y continúan siendo un reflejo del pasado: una democracia de ficción. No hay cambios sustantivos y la decadencia moral del país no puede continuar sin respuesta. Como señalara Ortega y Gasset en el ocaso de las revoluciones: “necesitamos de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, no recaer en ella”.
El cambio de dirección, es clave para reflexionar profundamente sobre la incertidumbre del presente ante las nuevas elecciones y la transformación que se espera de un nuevo gobierno. Ha llegado la hora de plantear con claridad y determinación una agenda para el futuro democrático que corrija la injusticia y acabe definitivamente con la corrupción en la esfera pública y la privada. En esta nueva dirección, no debe haber un punto intermedio entre la libertad y la esclavitud, el derecho y la injusticia, la razón y la insensatez, la honradez y la corrupción. ¿Es que acaso hay un punto intermedio entre el liberalismo y el sandinismo?. “Entre la verdad y el error no hay un punto intermedio”, -replica F.A. Hayek, premio Nobel de Economía- ¿Por qué para nosotros sí?.
Hay que interrumpir el comienzo de otra década de silencio y señalar con fuerza moral las irregularidades del proceso político en que vivimos con una verdadera dirigencia que asuma sus responsabilidades y cumpla sus compromisos con el pueblo. Debemos apoyarnos en el caudal de valores del liberalismo constitucionalista y la nobleza de sus principios y sus ideales para buscar soluciones efectivas. Tenemos un gobierno “democrático” pero nuestras instituciones aún están lejos de serlo. Siguen siendo absolutistas o dogmáticas llenas de prejuicios sociales, intolerantes para con el adversario, y amantes de las verdades absolutas; es decir, una de las peores formas del monopolio: el de la verdad. La democracia y el liberalismo son lo contrario de todo eso. Son estar dispuestos a rectificar los errores y a someter ideas y convicciones a prueba del estado de derecho.
El liberalismo constitucionalista también está llamado al cambio, trabajando para forjar una nueva visión de liderazgo bajo la dirección de don Enrique Bolaños y el Dr. José Rizo, con autonomía plena y decisión propia, para encarar de frente los retos del futuro, emprendiendo una innovadora plataforma de gobierno. Así lo exigen los intereses de la Patria frente a la tarea de renovar la prestación de servicio público, poniendo un alto al aprovechamiento personal cuyo propósito es crear lealtades falsas y dependencias económicas.
Se necesitan líderes capaces de forjar un PLC transformado y fortalecido, con la convicción de recuperar los principios liberales y sus propósitos. Un partido que promueva e implemente la justicia social. Que articule la legalidad como instrumento de transformación y progreso mediante un pluralismo político auténtico y no de ficción. Que detenga los pactos a espaldas del pueblo con una postura firme. Un partido consciente de la necesidad de programas de educación para elevar el recurso humano de nuestro pueblo. Que implemente una reforma agraria integral con insumos y financiamiento que permita aumentar la producción, la iniciativa y la creatividad de los campesinos, sin engendrar conflicto y pobreza. Un partido que actúe con responsabilidad para revertir el deterioro de nuestros bosques y conserve nuestra fauna. Necesitamos un estado de derecho que nazca de nosotros mismos, que mejore el bienestar del pueblo, y que continúe con hechos y realidades, fortaleciendo el avance de la democracia. Por ello entregó su vida el fundador del liberalismo constitucionalista, el Dr. Ramiro Sacasa Guerrero, al lado de los intereses del pueblo, y por ello sustento sus principios y recuerdo su causa. Y ese compromiso hay que recuperarlo.
Se necesitan líderes capaces de recuperar la fe del pueblo, que ha perdido la confianza en las promesas incumplidas, o simplemente ha dejado de creer. Como afirmara el Cardenal Miguel Obando, señalando el proverbio 11,14 de la Biblia “un pueblo sin ilusión perece”. Esto ya no es un síntoma grave, sino un mal que deforma la democracia. El mal es tan grave que ya ni siquiera es la violencia, la injusticia, la pobreza, la corrupción, sino la falta de fe. El virus de “la altura” han demostrado una y otra vez que en Nicaragua es más fácil ser corrupto que ser honrado. Es la reflexión de la quiebra de los baluartes éticos e ideológicos, y de quienes han perjudicado con su conducta las bases de la credibilidad del sistema democrático. Hace falta por elemental decoro, fundamentar el cambio de conciencia. Repetir los errores del pasado equivaldría a condenar a Nicaragua al subdesarrollo perpetuo.
El liberalismo puede salir triunfante en las próximas elecciones siempre y cuando esté dispuesto a realizar un trabajo genuino de reingeniería dentro del partido priorizando los planes de gobierno, si se transforman y corrigen los errores y excesos, si respeta el derecho y si existe una voluntad patriótica para realizarlo. Esa obligación la tenemos todos los nicaragüenses para construir una República auténticamente democrática y civilista. Eludir los cambios es desoír las voces del pueblo, so pena de encarar las consecuencias de la tragedia de facilitar el regreso de Daniel Ortega al poder.
¿Dónde están los líderes capaces de manejar al mismo tiempo el idealismo social y el pragmatismo económico y político? Brillan por su ausencia… Por eso, en Nicaragua se buscan líderes… Y don Enrique tiene la palabra.
* El autor es economista nicaragüense, residente en Miami.