La pequeña Jacinta es una de las pocas que se dedican a la venta de mariscos en Puerto Morazán. LA PRENSA/R. ORTEGA.

El retorno a Puerto Morazán 48 años después

Da la impresión de un poblado del viejo oeste Mario Fulvio Espinosa [email protected] Allá por 1950 Puerto Morazán era un atractivo atracadero para barcazas nicaragüenses y salvadoreñas que mantenían un floreciente tráfico de carga y pasajeros entre la Isla de Amapala, en Honduras, y varios puertos salvadoreños, como Cutuco, La Unión y La Libertad. Había […]

  • Da la impresión de un poblado del viejo oeste

Mario Fulvio Espinosa [email protected]

Allá por 1950 Puerto Morazán era un atractivo atracadero para barcazas nicaragüenses y salvadoreñas que mantenían un floreciente tráfico de carga y pasajeros entre la Isla de Amapala, en Honduras, y varios puertos salvadoreños, como Cutuco, La Unión y La Libertad.

Había actividad en el pequeño puerto, sus habitantes se dedicaban a la pesca de conchas, camarones, cangrejos y peces, lo mismo que al corte del mangle, arbusto que abundaba en las riberas del Estero Real y del cual había gran demanda para la industria de la construcción de ese tiempo.

A favor de la dinámica del puerto estaba la empresa del Ferrocarril cuyos trenes visitaban diariamente el lugar conectándolo con decenas de aldeas, pueblos y ciudades de la costa del Pacífico de Nicaragua.

Había trabajo y los habitantes de Puerto Morazán no estaban aislados del resto del país, si bien no eran ricos al menos tenían suficiente para el sustento diario.

Un día de abril de 1953, junto con varios compañeros del Colegio Francisco Huezo, me tocó viajar por el paradisíaco Estero Real y contemplar los atardeceres de filigrana de oro y grana que van cambiando el paisaje al salir o entrar la nave entre los numerosos meandros que tiene el río antes de desembocar de manera espléndida en las aguas del Golfo de Fonseca.

Por múltiples circunstancias, pero muy especialmente por la pena de muerte decretada contra el ferrocarril por el gobierno de doña Violeta Chamorro, Puerto Morazán fue cayendo en el aislamiento y sus habitantes en la miseria.

Volví de nuevo a Puerto Morazán el pasado Viernes de Dolores. Cuarenta y ocho años después.

Un aire de tristeza ronda el pequeño poblado que da la impresión de ser una de esas abandonadas aldeas que aparecen en los polvorientos western del italiano Sergio Leone.

LA PEQUEÑA JACINTA

Buscábamos pescados por aquí, y de aquí nos mandaban por allá. No habían por ninguna parte. Cruzamos el estero por el puente de tablas y de pronto apareció Jacinta, una niña de aproximadamente diez años. Traía sobre la cabeza un balde de plástico de cuyo borde sobresalían tres colas de róbalos.

— ¿Qué vende usted señorita?, le preguntamos.

— Pescado y camarones, respondió con sencilla naturalidad.

— ¿Podemos verlos?

— No respondió, pero bajó el balde, lo puso en el suelo y nos mostró cinco peces y una bolsa pequeña de camarones de río.

— ¿Cuánto vale todo eso?

— Diez córdobas la libra y quince la bolsa de camarones.

— ¿Y cómo hacemos para pesar los pescados?

— Pues vamos a esa casa que ahí hay una romana.

Con toda seriedad procedió a pesar la mercancía, y a hacer cálculos sobre su valor. Al fin se cerró la transacción.

Nos quedamos platicando un rato. Me contó que la vida en el puerto estaba difícil por la falta de trabajo. “A veces no hay que comer. Otras veces tenemos que vender lo que pescamos, porque necesitamos los reales para comprar otras cosas, y si vendemos lo que pescamos nos quedamos sin comer”.

Me contó lo siguiente: “Hace cuatro años pasó el huracán Mitch. Yo estaba más pequeña y junto con mis padres y la población entera nos subimos sobre aquel cerro que está allá… y ahí pasamos varios días aguantando hambre y lluvias. El agua había sepultado al pueblo y pensábamos angustiados que si seguía subiendo todos nos íbamos a ahogar. Allí estaban muchos niños y ancianos que pasaban hambre y sufrían remojados el tremendo frío acomodados en las piedra de la cumbre del cerro. Al fin, después de cuatro días con sus noches nos rescataron en helicóptero… El pueblo desapareció. Los ranchos que usted ve son nuevos, apenas sí quedaron algunas de las casas viejas”.

Con un torozón en la garganta nos despedimos de Jacinta.

— ¿Cuándo volverán?, nos preguntó.

— Muy pronto, le respondimos.

— Es para saber… Y tenerles listo más pescados y camarones para que lleven a Managua.  

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