- En honor al gran Soropeta, campeón indiscutible del trompo de guayacán, mago de la manila y el único capaz de “bailarte ese trompo en la uña”
Mario Fulvio [email protected]
Según mis recuerdos de cipote era Amador un hombre moreno, grandote, recio cargando a obeso, de piel cetrina y rostro áspero. De sus cejas espesas arrancaba hacia arriba una frente amplia favorecida por cierta calvicie que terminaba en Polo Norte de la cabeza, de donde partían hacia atrás unas greñas semicanosas y rizadas como sacacorchos.
Tenía su taller de ebanistería y torno en una casa de tablas pintadas con cal, la cual estaba ubicada de la esquina noreste de El Caimito cien varas arriba, a mano izquierda, en un solar sombreado por grandes árboles de guanacaste y tamarindo.
Para nosotros, chavalos de los años cuarenta, Amador era un hombre de mucha importancia, aunque a estas alturas -sesenta años después-, sólo del apellido me acuerdo. Me preguntarás, caro Sancho, en qué consistía esa jerarquía que concedíamos a Amador, muy sencillo: era el mejor fabricante de trompos de manila “en mil leguas a la redonda”.
Era muy común escuchar entre las pacotillas de Managua conversaciones como éstas:
— ¿Dónde conseguiste ese trompo?
— Lo compré donde Amador, decía sacando pecho el aludido.
— Enseñá… ¡qué pijudo!, ¡entonces tiene que ser bueno!
— Claro, de puro guayacán negro y puyón de tornillo grueso.
Amador sabía su valía. Cuando llegábamos a comprar un trompo, se daba aires de importancia, lo dejaba a uno esperando tras una baranda de reglas que ponía en su puerta, entraba a una especie de bodeguita que tenía dentro de la casa, y volvía con el artefacto guindado de su respectiva manila.
— Son cinco pesos.
Resultaban caros los trompos de Amador, pero valían la pena pues soportaban sin descascararse los “secos” de la pandilla. Y otra cosa… ¡Jamás se desguapaban!
Y que conste, en Masaya fabricaban unos trompos de pino muy bonitos, pintados con rayitas y otros adornos, pero no aguantaban el ácido y al primer ‘seco’ se partían en dos los muy benditos.
MANCHA DE “RECHA Y VUELTA” Y DE “A 20 SECOS”
Jugar “una mancha” era lo máximo para los meses de agosto, septiembre y octubre cuando sobrevenía la temporada de los trompos, a la que antecedía el juego de chibolas, y seguía el elevar barriletes y lechuzas.
Aquellos juegos, hoy casi desaparecidos, eran de reglas sencillas: la “mancha” comenzaba estableciendo el número de “secos” o “ñeques” que recibiría el trompo del perdedor, y si la mancha sería solamente al “miado”, o bien “al miado y al bote”.
Después con un palo se trazaba un círculo en el terreno y se ponía un botón, una “chinita” un palito o cualquier cosa en el centro. Esa era “la mancha” o sea un blanco al que había que dar con el puyón del trompo. Se ponía “en cama” -en el suelo-, el trompo que marcaba el puyonazo más alejado del señuelo, y sobre él empezaban a llover los arponazos remolcadores de los otros trompos.
Con la mancha al miado se necesitaba mucha puntería para golpear con el lanzamiento de nuestro trompo al que iba “en cama”. Si alguno fallaba, de inmediato el dueño del “encamado” hacía una cruz en el suelo con el puyón de su juguete y el falluto tenía que poner su trompo sobre la cruz para ser arreado hasta que otro jugador fallaba. En esas circunstancias se llegaba al punto de “recha”, que era el límite hasta donde llegaba la “arreada” y de donde se regresaba de nuevo hacia el círculo donde había comenzado la “mancha”. El trompo que entraba a ese círculo se hacía merecedor a la pena de los “secos”.
Para jugar “al miado y al bote” se observaban las mismas reglas, con la salvedad de que si no golpeabas al miado al trompo arreado, tenías la oportunidad de trasladar a la palma de la mano tu trompo y así bailando lo estrellabas contra el encamado; si ya fallabas en las dos suertes -miado y bote- pues ni modo, te ponías en “cama” hasta que otro inútil te salvara de situación tan incómoda.
Si desgraciadamente le correspondía a tu trompo entrar arreado a la rueda de la mancha, tenías que sufrir el castigo de “los secos”, para lo cual los jugadores ataban sus trompos con la manila de tal manera que el artefacto quedaba dispuesto a golpear sólo con el puyón, que caía sin misericordia sobre el trompo víctima, que los chavalos colocaban de la manera más estratégica posible para que recibiera los puyonazos.
Nadie se chillaba, pero no niego que me hacía “simón” el ‘fundillo’ cuando miraba que mi pobre trompo era víctima del juego, pero se me olvidaba el rencor cuando era un trompo ajeno el que recibía los “secos” del mío.
ERA TRAGICO TENER “MORRANCA” Y ESTAR “EN CAMA”
Habían trompos de tamaños novedosos: el grande, de aproximadamente doce onzas de peso, el normal -la especialidad de Amador- de cuatro onzas, y a partir de allí los más livianos y chiquitos recibían el nombre de “morrancas”.
Yo no sé quién inventó el juego del trompo, pero ya en Nicaragua se jugaba desde los tiempos de la Colonia, aunque según grabados de esa época los trompos eran más grandes que los que utilizamos en nuestra juventud.
De aquel juego se originaron muchos dicharachos que se aplican en política. “Llevar al miado y al bote”, significaba pasar por una situación desesperada en las que recibimos un golpe tras otro sin tener chance de capearlos, y que con acierto podemos aplicar a estos tiempos en que un gobierno insensible nos aplica un impuesto tras otro y alzas continuas sin darnos chance de recuperar la vertical, porque siempre estamos congelados, graves, indefensos y “en cama”.
Para concluir sobre trompos diré que en tiempos de la dinastía somocista los trompos estaban prohibidos ya que según la Policía ese juego era proclive a la vagancia, los “jocotes cocidos” o guardias el menor daño que te podían hacer era decomisarte el trompo, pero si le caías muy mal al poli, te llevaba preso sin mayores ni menores miramientos.
Vayan estas líneas en homenaje al eximio bailador de trompos de todos los tiempos, el célebre SOROPETA, mago de la manila y el único capaz de “bailarte ese trompo en la uña”.
RIQUEZA IDIOMATICA
Los juegos infantiles y juveniles enriquecieron el léxico popular nicaragüense, pues cuando los chavalos llegaban a la edad adulta repetían con diferentes connotaciones los dicharachos y albures que utilizaban en la infancia.
ALGUNOS DICHARAZOS
– “Ir al miado y al bote” se convirtió en un dicho popular al que se le sumaron, “dámele pasarraya” y “juguemos de recha y vuelta”.
– Otras frases simpáticas en el juego del trompo eran, “ahí te va sembrado”, “dámele señorita” y “ya se jedió”.
– Cuando no teníamos para “mercar” el trompo, dos piedras hacían las veces de ellos, pues la imaginación infantil no conocía límites.