Násere Habed L.*
Desde Sócrates (450 años antes de Cristo), hasta nuestros días, educar es enseñar a pensar. Educar es más, mucho más, que transmitir conocimientos de historia y geografía, reproducir fórmulas matemáticas o memorizar reglas gramaticales. Educar es enseñar a pensar por uno mismo, saber diferenciar lo lógico de lo absurdo, el bien del mal, la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto, lo principal de lo secundario, lo valioso de lo superfluo. Educar es guiar al alumno a informarse por sí mismo, discutir e intercambiar ideas para descubrir la verdad, analizar la información, ver debajo de la superficie, evaluar críticamente y formarse opiniones propias.
Los alumnos son buenos para memorizar, repetir, reproducir, imitar, pero se sienten desorientados cuando se trata de resolver un problema sencillo que no aparece en sus libros o que no resolvió en la pizarra el profesor.
Cuesta mucho que un estudiante elabore un trabajo original, o que exprese con propiedad juicios personales. Generalmente recurre a la copia, a la imitación, al plagio de algún autor o del trabajo de otro alumno y no es porque no tenga talento, pues está comprobado que el nicaragüense posee elevada inteligencia natural. Lo que pasa es que no ejercita esta inteligencia, no usa su capacidad creadora, su lógica y su juicio crítico.
Si los educadores no cultivamos la autonomía intelectual, la capacidad de pensar por sí mismos de nuestros educandos, ellos seguirán a merced de quien quiera engañarlos con falsas promesas y quiméricos sueños. No podrán tomar con acierto decisiones importantes para sus vidas, ni se darán cuenta cuando otros tomen decisiones por ellos, no podrán juzgar la conducta de los demás, ni sabrán elegir con acierto a sus gobernantes.
Sólo enseñando a pensar lograremos, a través de la educación, el desarrollo integral de la personalidad del educando y sentar las bases sólidas de la auténtica libertad de la verdadera democracia.
* El autor es pedagogo.