Miles de productores de café participaron el martes recién pasado en una marcha que culminó frente a la Asamblea Nacional con la entrega a los legisladores de un documento en el que piden que el Gobierno intervenga para que la banca comercial les reestructure el total de los adeudos de largo plazo. Los cultivadores del llamado “grano de oro” consideran que sólo con una medida de esa naturaleza es que el Gobierno estaría ayudándoles “de verdad” a resolver la crisis por la que atraviesan como consecuencia de la drástica caída de los precios internacionales. El precio actual está en US$58.60 por quintal.
Se recordará que tan sólo el jueves pasado el Gobierno aprobó un plan de apoyo mediante el cual los productores pueden obtener un financiamiento de hasta 25 dólares por quintal exportable para poder cumplir con el pago de sus habilitaciones y con el pago de la cuota de este año de sus adeudos de largo plazo. Los recursos que se utilizarían para implementar esa medida de apoyo provienen de un préstamo otorgado por Taiwan a Nicaragua. Los cafetaleros consideran que ese plan es insuficiente porque sólo les resolvería el problema de este año y no el de mediano y largo plazo.
Los precios del café están deprimidos por una razón muy sencilla: la producción del grano a nivel mundial supera la demanda en 10.7 millones de sacos. Es la ley de la oferta y la demanda: cuando la oferta de cualquier bien es mayor que la demanda, el precio de ese bien tiende a bajar. Cuando la demanda es mayor que la oferta, el precio tiende a subir. Es por esa razón que sucedería exactamente lo contrario de lo que actualmente sucede si la demanda de café a nivel mundial fuera superior a la producción. En ese caso, el precio estaría alto.
El precio del café sufre altibajos a través del tiempo. A mediados de los años setenta, por ejemplo, alcanzó niveles de hasta 300 dólares por quintal. Las alzas de precio han estado relacionadas sobre todo con reducciones en la producción de Brasil, el mayor productor del mundo. Y esas reducciones se han dado principalmente como consecuencia de las llamadas “heladas”, que no son más que descensos bruscos de temperatura que perjudican el cultivo. El problema ahora es que ya no se puede seguir esperando que una “helada” en el Brasil reactive el precio, debido a que el café se está cultivando en zonas más bajas en donde las ocurrencias de heladas son prácticamente imposibles. Además que otros países —como Vietnam, en donde no hay heladas— están cultivando grandes extensiones.
Los cafetaleros saben bien que el precio tiende a continuar deprimido. Apostar a que “algo” hará que suba el precio es una ilusión. Es cierto que los productores de café quedarían en una posición financiera más holgada si se les reestructurara a varios años los adeudos de largo plazo, aunque no es cierto que eso significa la “solución” del problema como algunos dirigentes del gremio alegan.
La verdadera solución está en la industrialización del producto y en la diversificación del cultivo. La diversificación significa que tiene que sustituirse parcial o totalmente el cultivo del café por otros productos. Estamos conscientes que esto es algo mucho más fácil de decirlo que de hacerlo, pero no hay otra solución. Comprendemos la desesperación de los miembros del sector, pero si no toman conciencia de esa realidad, jamás darán los pasos necesarios para hacer lo que deben hacer. El Gobierno también tiene que estar claro de eso, porque la transformación necesaria no es algo que pueden hacer los cafetaleros por sí solos, sino que se requiere también de la participación gubernamental.
El precio actual del café se traduce en un problema para el país, ya que ese producto de exportación es todavía el que más divisas genera. Reiteramos lo que hemos dicho editorialmente en otras ocasiones: Nicaragua tiene un problema muy grande de falta de producción. Urge, por lo tanto, que tanto sector privado como Gobierno se reúnan para afrontar esa realidad y para buscar soluciones reales y de fondo.