El béisbol profesional

Tito Rondón [email protected] Cuando el gerente general del Bóer, Lic. Alfredo Chamorro, mencionó en una entrevista con Silvio Martínez de Radio 800 la remota posibilidad de lanzar una liga de béisbol independiente o quizás profesional, el estruendo se escuchó por todo el continente, a juzgar por los correos electrónicos. Es que las palabras “Liga Profesional” […]

Tito Rondón [email protected]

Cuando el gerente general del Bóer, Lic. Alfredo Chamorro, mencionó en una entrevista con Silvio Martínez de Radio 800 la remota posibilidad de lanzar una liga de béisbol independiente o quizás profesional, el estruendo se escuchó por todo el continente, a juzgar por los correos electrónicos.

Es que las palabras “Liga Profesional” en Nicaragua tienen una carga emocional profunda. Pese a que el último out fue a comienzos de 1967, hace 34 años, el recuerdo de esa época gloriosa sobrevive.

Para muchos de nosotros el beis de entonces fue una escalera siempre ascendente de emociones. En 1954 estaban activos todavía jugadores gloriosos como Eduardo Green, Mundito Roberts, “Arena Blanca” Romero, “La Torre” Arcia, “El Gallito” López y muchos más.

En 1955 se le ocurre a Sucre Frech reforzar al San Fernando con unos amateurs que jugaban en El Salvador, y asesorado por Gustavo “La Tuza” Ramírez envía su auto a recoger a los cuatro escogidos: los cubanos René Nodarse (P) y Rubén Darío Cabrera (C), y los panameños Félix Chamorro (OF y P) y Gilberto Santimateo (OF). Nicaragua enloquece con los “importados”.

Tenía que venir el profesionalismo, y en 1956 se juega la primera liga rentada. Los jonrones de Pedro Naranjo y “Lotario” Rodríguez, y la despedida de los grandes cubanos Silvio García, Claro Duany, Alejandro Crespo, “El Gamo” Pagés y otros emocionan a la fanaticada, y obligan a la iluminación del estadio.

En 1957 aterrizan Conrado Marrero, Roberto Fernández Tápanes, “El Escuadrón Perdido” (“Garabato” Sackey, “Papito Mateo”, “Guayubín” Olivo), y la fiebre crece. Tanto, que Nicaragua entra al Béisbol Organizado e inmediatamente se organiza la primera liga invernal.

Entonces vienen los jonrones de Marvin Throneberry y los del mexicano Felipe Montemayor; en 61-62 se juega en conjunto con Panamá, y nace una nueva estrella, Rigo Mena.

En las siguientes cinco temporadas la calidad es tal que los equipos promedian entre cinco y siete Grandes Ligas entre sus diez importados.

Juegan aquí big leaguers como “Bubba” Morton, Steve Boros, Ron Davis, Ed Roebuck y muchísimos más, y de aquí saltan al estrellato Ronnie Hansen, Miguel Cuéllar, George Scott, Luis Tiant, Doug Rader…

Tiempos que no volverán, porque lo prohíben los millones que ahora se pagan en las Mayores. Es decir, que tampoco volverán a Puerto Rico, Venezuela, México y República Dominicana.

De todas formas, ¿para qué soñar?. Sencilla y llanamente, en Nicaragua no hay dinero. Quizás una liga abierta, independiente de la Primera División de la federación local Feniba.

Bastarían unos dos o tres importados, si fueran de calidad.

Y lo más importante, guárdenles un lugar a los que están empezando, como Farran Dometz, Ramón Flores, Denis Gallo, Ernesto Garay, Lenín Aragón y Ofilio Castro, aunque jueguen solamente con el partido 12 a 1… a favor o en contra.

Ver desarrollarse a las estrellas del futuro es el nuevo propósito del beis profesional.  

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