Mario Alfaro Alvarado
La primera encuesta de opinión que se publicó este año, desquició todos los supuestos construidos alrededor de la correlación de fuerzas entre los partidos que se aprestan a participar en la contienda electoral. Los dirigentes que no creen en las encuestas, como los que sí creen en ellas, tomaron los datos en serio y comenzaron a ajustar sus cálculos y a medir de nuevo sus posibilidades.
Daniel Ortega a la cabeza de la encuesta confirmó en el FSLN el optimismo que inspiró el triunfo en las elecciones del año pasado, cuando ganaron la Alcaldía de Managua y varias alcaldías municipales. Los dirigentes rojinegros quedaron convencidos que ganarán las próximas elecciones de noviembre.
Para los liberales la encuesta confirmó que la derrota en Managua, principalmente, resultó una prueba inobjetable de la falta de credibilidad que experimenta el partido gobernante. Falta que se acentúa con el crecimiento en extensión y en intensidad de la corrupción gubernamental.
Sorpresa agradable fue para los conservadores, el resultar empatados con los liberales en el segundo lugar en las preferencia de los encuestados. Este resultado convenció a la dirección verde de que ya no necesitan a doña Violeta ni a la gran alianza para ganar las elecciones, les basta una alianza pequeña aunque inevitable para aspirar al triunfo electoral.
Hasta aquí todo parece muy simple; pero el proceso apenas está comenzando y existen muchos otros factores que al entrar en el juego irán definiendo los perfiles de las figuras políticas que al final competirán en noviembre.
Los sandinistas, aunque confiados en su voto cautivo, al buscar aliados sólo encontraron uno resignado a aceptar una vicepresidencia anodina, porque el Frente necesita todas las curules que pueda obtener, para procurarse una posición defensiva en el Legislativo.
Los conservadores también se han buscado algunos aliados; no obstante encaran la posibilidad de quedar fuera de la competencia, para lo cual el Consejo Supremo Electoral espera la seña para inhibirlos.
Los liberales, por estar en el poder, han resultado más atractivos, de manera que aumentan los pretendientes a ocupar escaños en la Asamblea Nacional.
En este contexto, toda la fiesta gira en torno de una alegre ansiedad curulera, cuyos resultados se reflejan en las encuestas con la deplorable opinión que el pueblo tiene de los llamados “padres de la Patria”. Esto, desde luego, no es óbice para frenar el apetito curulero que se ha desatado como una epidemia.
Las próximas jugadas en el tablero estarán enrumbadas a despejar el camino a los dos principales contendientes en este desafío y por lo tanto, uno de los tres candidatos quedará fuera de la palestra. Alemán ya tiene un buen pretexto para inhibir a José Antonio Alvarado. Quiere que su ex ministro le muestre una constancia de que ya dejó de ser ciudadano norteamericano (¿querrá también que la constancia esté firmada por el presidente Bush?) de lo contrario será inhibido como candidato a vicepresidente del partido verde.
La urgencia de tener aliados ha propiciado la aparición de un divertido juego de posiciones entre los partidos satélites (esos que no cuentan con un significativo respaldo en votos y en dinero). Y paralelamente han surgido curiosas combinaciones como unos caminos cristianos aliados con Alemán y otros del mismo credo al lado de Ortega; unos liberales son aliados del Partido Conservador y unos conservadores se inclinan por el liberalismo constitucionalista.
Esta lucha por posiciones políticas sugiere una sola cosa: que los partidos en sí mismos carecen de valor político ante la opinión pública, la cual ve en estos malabares un desesperado afán de los muchos que quieren asegurarse una curul para garantizarse por cinco años un puesto muy bien remunerado con poco trabajo y menos responsabilidades.
Esa Asamblea, producto de una política decididamente prebendaria, tendrá que enfrentarse a la opinión pública cuando ésta demande rebajar los supersueldos, incluidos los de los diputados, ajustar los bajos salarios, suprimir los privilegios de los parlamentarios y exigirles que trabajen más y con responsabilidad, que legislen contra la corrupción y realicen cambios profundos en las propias estructuras del Poder Legislativo.
En medio del mare mágnum que se avecina, los votantes tendrán que escoger entre dos personalidades opuestas: la de quien desde el gobierno arruinó la economía del país o la de quien trabajando honradamente colaboró para mejorar la economía nacional.
* El autor es periodista.