Humanismo y dignidad humana

José A. Poveda

Se ha dicho que el humanismo ha ido siempre precedido de crisis. “Una crisis ha estado siempre en el prólogo de un humanismo. Solamente en los períodos de serias crisis y de catástrofe surge la meditación del cómo y del por qué del origen y destino del hombre y de la sociedad”. Lo cierto es que, en determinadas épocas, parece que tiene mayor actualidad y responde a una necesidad más imperiosa.

Se piensa que nuestro siglo XXI está viviendo un humanismo. Es manifestación de la insatisfacción que invade nuestra alma, una aspiración nacida a modo de protesta contra una forma de vida que está basada más en el régimen de cosas, de deshumanización, del irrespeto a los Derechos Humanos y a su propia existencia que es el hombre como individualidad o persona.

No obstante tantos y tan vigorosos esfuerzos conjuntos de la Filosofía y de la Ciencia del Derecho, la salvaguarda efectiva de los valores humanos individuales es hoy todavía muy precaria, ya que el resultado obtenido no traspasa las abstractas declaraciones constitucionales, algunas universales, como la famosa Declaración Universal de la Asamblea General de las Naciones Unidas del año 1948. Mucho en teorías y poco en práctica.

El humanismo no es una panacea. En cuanto supone esta doctrina —la fe en la ilimitada capacidad del desarrollo del hombre y de la mujer— contando con sus solas fuerzas, y en el consiguiente progreso indefinido de la humanidad, y particularmente por sus capítulos más recientes y actuales de pugnas, guerras, insidias y egoísmos.

Cuando la humanidad llega a un nivel insospechable en los progresos de orden técnico, cuando ha descubierto los secretos de la materia y juega con las fuerzas en ella encerradas y apenas conocidas, el mundo va deshumanizándose, el ser racional se convierte en un número, unos pocos individuos sientan doctrinas que inmensa multitud sigue sin pensar, sin analizar, como autómatas; ya no es el artista creador de las cosas útiles, es el servidor de unas máquinas, computadoras y el engranaje de una fábrica; en la gran sinfonía que forma la humanidad, constituye uno de tantos instrumentos, una de tantas notas que sin el conjunto de las otras irritan los oídos. La soberbia satánica que conduce a la propia destrucción; el robot, mecanización que suprime el espíritu, y la gran masa anónima, sin pensar ni querer propios, que la arrastra a cualquier viento, produciendo hambre, miseria y desamparo.

El humanismo cristiano representa un humanismo integral, basado en la consideración del ser humano como entidad espiritual y moral, imagen de Dios, el que otorga al hombre un valor y una dignidad desconocidos en aquellas otras concepciones que enarbolan la bandera del humanismo. La defensa de los derechos de la persona humana y de la dignidad humana no requiere el planteamiento de una doctrina, con vicios de novedad, que lleve el título de humanismo cristiano. El humanismo es para Gregorio Marañón una actitud vital que se cifra en un sentimiento de comprensión, generosidad y tolerancia; que se nutre de una moderada amplitud o universalidad de saberes y de la experiencia práctica de la vida, y que es condición del progreso moral, tanto de la sociedad como de los individuos que la integran.

* El autor es vicedecano de la Facultad de Derecho, UNAN-León.  

Editorial
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