Lic. Carlos De León [email protected]
Los buenos ejemplos no abundan entre nosotros, al menos no alcanzan la publicidad de los perniciosos, de tal manera, que se crea un ambiente de amargura y frustración que marca cada día más el quehacer cotidiano a todos los niveles.
“Pueblo chiquito, infierno grande” reza el adagio clásico, la mesura en el hablar se rodea de inteligencia y admiración, mientras que desbocarse es sinónimo de dominio personal a fin de que las palabras lleguen a la lengua, pasen por el cerebro para enfriarlas.
Por ello, en el Libro de Proverbios se halla escrito: “Es de sabios hablar poco, y de inteligentes mantener la calma”. Cuidar las palabras, es cuidarse uno mismo; el que habla mucho se arruina solo. En fin podríamos seguir citando más y más proverbios sobre este tema, pero las palabras pronunciadas es un espejo de la personalidad.
Por el bienestar, la tranquilidad, la concordia, por la familias que sufren a diario de injurias y calumnias, demos gracias a Dios que hemos superado la época de los duelos, o de lo contrario ya estaríamos listos para buscar los padrinos, las armas y el lugar donde abatirnos.