De regreso al futuro

  • La escogencia debería de ser fácil, pero para algunos parece que no lo es. Hay quienes tienden a creer los discursos sentimentaloides de políticos trasnochados que prometen un gobierno del que manarán “ríos de leche y miel”.

Jorge [email protected]

A diferencia de la época navideña en la que todo mundo hace más o menos lo mismo, la Semana Santa es un tiempo muy particular del año que divide a la población en dos grandes grupos: el de aquellos que se quedan en casa y asisten a los servicios religiosos de los días santos, y el de los que emigran fuera de la ciudad en búsqueda de alguna playa o de algún otro lugar de descanso y diversión.

No cabe duda que los tiempos han cambiado y que la secularización ha avanzado a pasos agigantados. Resulta lógico entonces el proceder de mucha gente que cuando ve que tiene cuatro o cinco días libres seguidos decide aprovecharlos para tomarse unas merecidas vacaciones. De ahí que la exhortación que un sacerdote le hiciera a sus fieles el Domingo de Ramos para que visiten las playas en otra época del año y que dediquen la Semana Santa a las actividades religiosas, no tiene muchas probabilidades de ser escuchada.

Pero también es cierto que el bullicio de una playa no es el ambiente más propicio para meditar en los eventos que dieron origen a esa semana tan particular, como son la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, y en la significación y trascendencia de los mismos para la vida y el destino de cada uno de nosotros. Sólo en un ambiente de silencio y de recogimiento puede uno ahondarse en el misterio de la Semana Santa.

Siempre que escucho o que leo los extraños y extraordinarios acontecimientos de aquellos días, no puedo evitar pensar en la dignidad del ser humano, y recordar la pregunta que el salmista le dirige a Dios cuando dice: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” La respuesta a esa dramática pregunta está en la Semana Santa. Lo ocurrido en aquellos días es una prueba concreta “no teórica ni ideológica” que el hombre y la mujer son infinitamente valiosos ante los ojos de Dios. De ahí viene nuestro valor, nuestra dignidad y nuestra libertad. El día de ayer “Domingo de Resurrección” es el día más grande de la Iglesia, porque es el día en que Cristo venció a la muerte. Esa es la base de nuestra fe y de nuestra alegría que nos invita a afrontar la vida con pasión y en libertad.

Pero ya hoy es lunes otra vez, y atrás quedaron las vacaciones y los días solemnes de la Semana Mayor; esos días en los que parece que la historia de nuestro país se paralizara. Al menos así lo siento yo cuando no dispongo de periódicos y de programas de televisión por las mañanas que atraen mi atención hacia los múltiples asuntos pendientes de resolución.

Y vaya que sí tenemos asuntos por resolver. Tenemos pendiente, por ejemplo, la asignatura de la producción. ¿Qué es lo que Nicaragua puede producir y vender al mundo para poder autosostenerse y para elevar el nivel de vida de todos sus ciudadanos? Porque tenemos que estar conscientes de que somos un país que logra sobrevivir gracias a la caridad internacional y al esfuerzo productivo de nuestros hermanos emigrantes. Según el señor Carmelo Angulo, Representante de las Naciones Unidas en nuestro país, Nicaragua es la “niña mimada” de la cooperación internacional, algo que, lejos de llenarnos de orgullo, debería de darnos vergüenza y de obligarnos a tomar muy en serio el problema de la falta de producción.

Por otra parte, antes de siete meses tendremos que decidir qué sistema de gobierno queremos para el futuro: un gobierno populista, demagógico, represivo, y enemigo de la libertad, que hundiría a Nicaragua más de lo que está, o un gobierno que preserve todo lo bueno que se ha logrado en estos últimos once años, pero que también se preocupe por combatir la corrupción y por encauzar al país en una senda productiva.

La escogencia debería de ser fácil, pero para algunos parece que no lo es. Hay quienes tienden a creer los discursos sentimentaloides de políticos trasnochados que prometen un gobierno del que manarán “ríos de leche y miel”. Por su propio bien y el de Nicaragua entera, urge que esas personas abran los ojos a tiempo y se den cuenta de la falsedad de esas promesas, y de que nuestro país sólo podrá progresar bajo un gobierno honesto que respete la libertad individual y la propiedad privada para que pueda haber inversiones y trabajo para todos.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  

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