Elecciones en el Perú

Roberto Porta C.*

Las elecciones presidenciales del Perú, el próximo 8 de abril, constituyen una oportunidad para que el país retorne a la normalidad institucional y también para que su sistema de partidos políticos se recupere de la bancarrota sufrida en los noventa y recupere sus espacios. El descalabro del sistema partidario peruano en la década pasada fue sin dudas el suceso político de fondo sobre el que gravitaron numerosas complejidades de forma.

En 1980, tras retornar la democracia al Perú, tres partidos políticos absorbieron la mayoría de los votos en los comicios presidenciales: Acción Popular (AP), el Partido Aprista Peruano (PAP) y el Partido Popular Cristiano (PPC), partidos creados décadas atrás y que acapararon el 82.4% de las preferencias. Fernando Belaunde Terry, el candidato de AP, emergió victorioso. En las elecciones legislativas, los tres partidos tradicionales recibieron el 76.9% de los votos.

Cinco años después, la situación fue similar. Los tres partidos, más Izquierda Unida (IU) -agrupación de opciones marxistas tradicionales- acumularon el 83.5% de los votos presidenciales, con los independientes repartiéndose el 16.5% restante. Esta vez, la victoria correspondió al PAP y a su popular candidato Alan García, mientras AP era severamente castigada debido a las fallidas políticas liberales de Belaunde y su incapacidad para resolver las tensiones generadas por el entonces incipiente Sendero Luminoso. En las Cámaras, los partidos tradicionales amasaron el 94.9% de las preferencias.

Fue a finales de los ochenta cuando la población empezó a desconfiar del sistema partidario establecido. García, pese a alcanzar niveles de popularidad arrasadores, no pudo remediar la situación económica, ni frenar el terrorismo. En 1987, cuando decidió nacionalizar la banca y la fuga de capitales empeoró la crisis, su popularidad se derrumbó y arrastró con ella la fe del peruano en la clase política.

En 1990, Alberto Fujimori alcanzó sorpresivamente la presidencia como candidato independiente al derrotar sorpresivamente al novelista Mario Vargas Llosa. Sin embargo, este hecho no se puede aún traducir como el rompimiento con los partidos tradicionales. Vargas Llosa representaba a una coalición de tres partidos que incluía a AP y al PPC y que había competido contra IU y el PAP en la primera vuelta. Los votos acumulados por estos cuatro partidos alcanzaron el 53.8%, versus 46.2% de los independientes. En las Cámaras, Fujimori tuvo que lidiar con la hegemonía tradicionalista, que conformó el 65.8% de los escaños.

Fue hasta en las elecciones de 1995, después que Fujimori frenó la inflación, dio el autogolpe, aniquiló a Sendero Luminoso, y pareció revitalizar al país, que el electorado peruano dio la espalda a los partidos tradicionales, percibidos como ineficaces y corruptos. Ese año, el movimiento independiente de Fujimori obtuvo el 64.4% de los votos, seguido de otra organización similar liderada por Javier Pérez de Cuellar, que recibió el 21.8%, y de otras nueve agrupaciones independientes que acumularon un 7.4%. Los partidos tradicionales, mientras tanto, lograron sumar entre ellos apenas el 6.3%, perdiendo así su personalidad jurídica. En el Congreso, la hegemonía también había llegado a su fin; los cuatro partidos reunieron solamente el 14.8% de los votos. El derrumbe se completó a nivel municipal, cuando las alcaldías de Lima, Arequipa, Cusco, Ayacucho, Huancayo y Puno pasaron a manos de independientes. El sistema partidario tradicional peruano estaba prácticamente extinto.

¿Qué ocurrirá en esta ocasión? ¿Se redimirán los partidos o permanecerán eclipsados en el rechazo permanente? A juzgar por los actuales candidatos, los partidos tradicionales luchan por recuperar las simpatías perdidas. De los tres candidatos que lideran las encuestas, dos de ellos representan opciones conocidas: Lourdes Flores, como candidata de una alianza liderada por el PPC y Alán García, retornando por el PAP. Empero, es Alejandro Toledo, un independiente, quien puntea más en las encuestas, con un 32% de las intenciones, seguido por Flores con un 30%.

La cercanía de ésta última hacen pensar que el desencanto con los políticos tradicionales en Perú podría ser un fenómeno transitorio. Pero es indudable que el descalabre sistémico de los noventa le ha permitido al votante peruano ponderar otras opciones, aún cuando éstas se fundamenten en estructuras orgánicas débiles, que pueden restringir la renovación intrapartidaria y que al final -como en el caso de Fujimori- degeneren en esquemas autoritarios, irónicamente tradicionales.

* Politólogo nicaragüense.  

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