José Leñero G.*
En otras columnas he venido analizando los requisitos que varios autores consideran que debe tener el líder del siglo XXI, los que he sintetizado en las siguientes virtudes: 1. Visión de futuro, 2. Capacidad para relacionarse con organismos del entorno, 3. Capacidad para seleccionar y educar a su personal, 4. Habilidad para que hagan suyos los objetivos de la empresa, 5. Generosidad para reconocer sus logros. Hoy analizaré la cuarta.
En la medida que la humanidad avanza en su conocimiento científico y tecnológico, los bienes y servicios que se ponen en el mercado son cada vez más sofisticados, lo que significa que requieren para su elaboración de un personal cada vez con mayores conocimientos técnicos, a la vez que con mayor cultura para comprender las necesidades de sus clientes, lo que ha dejado en completa obsolescencia el antiguo sistema de liderazgo basado en el “mando y control”.
Sin embargo, a los países y a las empresas que se han quedado atrás en la educación de su fuerza laboral y creen que todavía se pueden mantener ese antiguo sistema donde sólo el jefe sabe, les gusta repetir que el desarrollo comercial del mundo está haciendo “más ricos a los ricos y más pobres a los pobres”.
Por mi parte difiero de esa opinión, porque no creo que es un problema de riqueza, sino de cultura y en la segunda mitad del siglo XX, tanto Japón, como los tigres del Asia –y en los últimos años Irlanda– han demostrado ejemplarmente cómo, elevando el nivel cultural de su fuerza laboral, no obstante la pobreza con que iniciaron su desarrollo, han alcanzado admirables niveles de productividad y de competitividad.
En el bestseller de Buckingham y Coffman, PRIMERO ROMPA TODAS LAS REGLAS, señalan que esa alta productividad no se obtiene poniendo el énfasis en los métodos, sino logrando que el personal comprenda los objetivos que se deben alcanzar y dejando que el personal encargado de lograrlos encuentre la manera de alcanzarlos en la forma en que haga mejor uso de sus propios talentos.
En este aspecto tengo un gran acuerdo: en la medida de que el personal comprende lo que se busca y siente el compromiso de alcanzarlo, tendrá una excelente guía para saber si lo que está haciendo es lo que mejor conduce a esos objetivos, o si ve otra forma más eficiente de alcanzarlos.
Pero también advierto un condicionamiento esencial: como la producción de bienes y servicios requiere de numerosas personas, es necesario que el procedimiento a seguir haya sido adoptado con el acuerdo de los que participan, ya que no es posible que mientras se está en el proceso de elaboración surjan diferencias.
Por otra parte, si esos productos requieren producción en serie, los procedimientos no se pueden cambiar caprichosamente de un ciclo al otro. De aquí que la sabiduría de las normas ISO 9000, exige que el procedimiento que se normalice escuche previamente a los que trabajan en él y después de normalizado, cada vez que alguien tenga una idea de cómo mejorarlo, debe seguir un procedimiento ágil de análisis y aprobación de la propuesta de mejora con todos los interesados, pero sólo se puede implantar, cuando haya cumplido los requisitos de aprobación.
* Consultor Internacional.