Cuando en el silencio
de tu realidad;
absoluta, desnuda,
te despojes de la armadura
de tus oropeles,
tus gestos,
tus gritos,
tus mandos;
y quizás con un poco de valor
hasta de tus asfixiantes
nombramientos.
Tal vez entonces puedas sentir
el alivio de la carga ligera
que únicamente te pide
la ostentosidad
de un par de gastadas sandalias
y una mirada de cielo
para plasmarla en el horizonte.
¡Ten valor!
Despójate de la importancia
que en el camino de la misión
te han venido acumulando
hasta lograr esconder tu rostro,
tu sonrisa,
el acierto de tu venida al mundo.
Otros han querido esconderse
en el ejercicio de tu pecado;
para construir su reino,
para afianzar sus sueños,
para acomodar entre tú… y ellos,
la mortaja de sus conciencias.