Francisco Fiallos Navarro*
La señal que marca el estado de la democracia en un país es el grado de democratización interna de los partidos políticos. La democracia nicaragüense, frágil y en franco proceso de regresión, no podrá repuntar mientras los partidos existentes no demuestren la voluntad política de impulsar con seriedad y de una manera permanente el perfeccionamiento de su funcionalidad democrática desde sus bases hasta las cúpulas directivas.
Contrariamente a lo que se esperaba en 1990 -con el nacimiento sietemesino y delicado del sistema democrático- que la clase política nicaragüense iba a aprovechar la oportunidad histórica que se presentaba para alimentar y proteger a esa recién nacida, ésta ha sido premeditada y alevosamente atacada por todos los flancos, negándole la oportunidad de crecer de manera robusta y permanente. Las últimas elecciones internas de los partidos que se disputan el poder público, y el nacimiento de otras agrupaciones a las que se les ha negado la personalidad jurídica patentizan la inmadurez de las convicciones democráticas de la mayoría de los líderes políticos nicaragüenses. Esas elecciones fueron democráticas hasta el límite en el cual las dirigencias partidarias consideraron que sus intereses –no de las bases y del pueblo en general– estaban protegidas. Las manipulaciones con las boletas electorales, la secretividad de los conteos, la destrucción casi inmediata de las boletas sin oportunidad de ser examinadas por una comisión revisora, que debería ser institucionalizada y reglamentada; la elección a dedo de convencionales que deberían ser electos en procesos electorales internos generales limpios y eficientes, demuestran que la fe en la democracia es tan superficial como la fe religiosa de los que cargan las imágenes en las procesiones para después ahogar su cansancio en cantidades navegables de alcohol y en bacanales orgiásticos.
A esa triste situación debe de añadirse la creación de partidos a la medida, es decir, los que son organizados a imagen y semejanza de los egos inflamados de los que padecen de las dolencias que en nuestro país han hecho más daño que las enfermedades infecciosas: las presidentitis y los continuismos agudos y crónicos, especialmente en personajes cuya estatura intelectual y moral dejan mucho que desear.
Solamente existe un sistema para que la democracia interna de los partidos políticos funcione cabalmente: el que se hace basado en elecciones secretas y fiscalizadas eficientemente, que se aplica en las elecciones de autoridades del partido y también en las de candidatos a elección popular; esta última invariablemente como resultado de elecciones primarias. Estas se pueden realizar de dos maneras: con los votos de los miembros del partido solamente, o ampliándose a toda la población votante; ambas conllevan sus riesgos y ventajas, pero tienen un mismo resultado: el fortalecimiento de la conciencia democrática.
Es importante señalar dos situaciones muy negativas de las que se adolece en el sistema político de nuestro país: la eliminación de la suscripción popular como medio para elegir autoridades locales, municipales y departamentales; y la mentalidad “calienta asientos”, que consiste en impedir la renovación de los cuadros de los partidos con sangre nueva, perpetuando la presencia direccional de los miembros “de cepa” lo cual evidentemente obstaculiza el movimiento interno constante que debe de existir en un partido democrático.
Hemos visto también cómo se quiere imponer el sistema bipartidista -tan nefasto en la historia de nuestro país-, aduciendo que la multiplicidad de partidos debilita a la democracia. Este es un argumento pueril y sin solidez histórica alguna; basta ver cómo en otros países, principalmente europeos, asiáticos y latinoamericanos, las alianzas tácticas y estratégicas entre los partidos son fuentes de saludables prácticas democráticas que constituyen fuertes barreras contra el caudillismo y el continuismo. Aún en los Estados Unidos de América, donde tradicionalmente ha existido el bipartidismo, las poderosas corrientes internas que se permiten libremente dentro de los Partidos Republicano y Demócrata, configuran en la práctica un sistema político multipolar.
En la lucha por nuestra democracia los ciudadanos nicaragüenses debemos siempre premiar con nuestro voto, especialmente en las elecciones que se avecinan, a los partidos que demuestren que son capaces de profundizar sus procesos de democratización interna -principalmente en sus estructuras juveniles- para ir educando en la democracia con métodos y calendarios precisos y transparentes. Es imposible establecer un Estado de Derecho, la plena independencia entre los Poderes del Estado y el logro de la democracia participativa, en un país que no sea gobernado por partidos democráticos.
* El autor es abogado, economista y politólogo.