Mario Alfaro Alvarado*
Ya están las piezas sobre el tablero, sólo fal ta una: la gran alianza. Si acaso, su lugar será ocupado por una pequeña alianza, que no incidirá mucho en el balance de las fuerzas que están alineadas para empezar la partida.
La debilidad de las alianzas estriba en que son recursos electorales de candidatos y partidos, que no incluyen a los electores. La alianza de la UNO está lejos de ser un modelo e inspiración para la gran alianza que Nicaragua necesita; puesto que después de vender al sandinismo en las urnas, se desintegró como fuerza política al embate de los cañonazos y las ambiciones mezquinas.
Solamente hay dos candidatos con posibilidades de ganar y uno de ellos vencerá. Las pequeñas alianzas promovidas por intereses curuleros, poco o nada abonarán a favor de esos dos contendientes, porque el público las percibe más interesadas en las prebendas presupuestarias que en la defensa de los intereses populares.
Una vez más la decisión de los sufragantes será similar a las que tomaron en 1990 y 1996: votarán por el candidato que permita el desenvolvimiento natural, aunque precario, del proceso democrático que comenzó en 1990. No votar sería jugarse un albur sumamente peligroso, que llevaría de nuevo al país a la “gran noche oscura”.
El candidato conservador asume dos eventualidades que le dan a su candidatura un marcado tono de provisionalidad: que doña Violeta cambie su no por un sí; y que una facción del PC acepte la propuesta de Alemán para reforzar la candidatura de don Enrique.
La primera gran alianza —y parece que será la única por mucho tiempo— fue la de las elecciones de 1990. La UNO fue el gigante con los pies de barro que soñó Nabucodonosor: lo derribó la codicia y la desunión. Se hicieron nuevos esfuerzos en 1996 y en el 2000, ambos intentos fracasaron.
Es evidente que no existe vocación unitaria en los partidos políticos, convencidos siempre que solos o acuerpados por partidos sufragáneos, pueden dar solución a los problemas nacionales. Tampoco existe un objetivo común que la sociedad comparta como propio, se identifique con él y se apreste a participar en las acciones encaminadas a alcanzarlo. Los grandes problemas nacionales existen fragmentados en cada conciencia particular sin formar un todo nacional coherente. Las dictaduras y los partidos políticos contribuyen a la dispersión de los criterios, porque ofrecen soluciones parciales y cada uno toma lo que cree le es más conveniente.
Una gran alianza sólo puede construirse sobre un amplio movimiento popular que reúna las aspiraciones de la mayoría votante. Frente a los arreglos entre cúpulas para repartir el botín estatal, los sufragantes saben separar sus propios intereses de los intereses sectarios y por eso no creen en tales arreglos. Por su parte, los líderes políticos no creen en las encuestas cuando no los favorecen; tampoco creen en las encuestas que revelan las aspiraciones populares y por ello las desestiman. Esto produce un distanciamiento entre los liderazgos y los votantes.
Cansado y frustrado está el pueblo de votar por obligación. Unas veces con gobiernos dictatoriales que no le dejaban opciones; y más tarde, a partir de 1990 por candidatos que no satisficieron sus aspiraciones democráticas, aunque sí le ofrecieron la opción de votar contra el marxismo totalitario.
La próxima contienda electoral seguirá el mismo curso de 1990 y 1996. El votante tendrá que escoger entre más de lo mismo, pero con libertades democráticas que le permitan mejorar, aunque sea un poco, en lo personal y colectivo; o la vuelta al negativismo político, cuya influencia nociva no cesa de frenar el desarrollo económico, social y moral del país.
No entienden los dirigentes contumaces qué es lo que la población desea. Siguen repitiendo el mismo discurso gastado por el tiempo y cada vez menos escuchado por una sociedad que, a pesar de todo, evoluciona.
Por ahora y hasta el 4 de noviembre próximo hay que concentrar la atención y los esfuerzos para que en Nicaragua siga habiendo democracia y libertades públicas.
* El autor es periodista.