Tras el aliento divino el barro tomó vida; vida con pensamiento y con acción transformadora.
Son ya, hoy, jueves veintidós de marzo, once años de la partida física del padre Odorico D’Andrea. Su muerte marcó el fin de su materia de hombre, pero el principio de su vida de santidad. El sagrado barro de su cuerpo descansa en la pequeña capilla de “El Tepeyac”, aquí, en una colina de San Rafael del Norte; su espíritu trascendió hacia el infinito, hacia la cercanía de Dios por su cultivada y forjada imagen y semejanza.
Aquel franciscano de recia figura, de joven fortaleza, venido de su natal Montorio, Téramo, Italia, a éste, entonces pequeño poblado de San Rafael, en marzo de mil novecientos cincuenticuatro, mantuvo siempre una especial vitalidad y espiritualidad transformadoras. Transformó la naturaleza abriendo carreteras, edificando templos y viviendas para los pobres donde construir parecía algo imposible; modeló comportamientos y dejó, con su ejemplo, despejado y claro el camino a seguir. Nos enseñó que podemos y que debemos vivir mejor mediante la tolerancia, la comprensión, el reconocimiento de nuestras debilidades, el pedir y el otorgar el perdón ante nuestros frecuentes errores… y, algo muy trascendental: mediante el fortalecimiento y práctica de una especial vocación de servicio.
Para el padre Odorico no había disgustos, aunque, como humano, sufrió también por algunas incomprensiones que hirieron su sensible corazón de hombre santo. El perdón era parte del alimento especial que fortalecía su alma. Perdonó a aquel teniente G.N. que, prepotentemente sintiéndose poderoso por ostentar un uniforme y barras militares, cometió el grave abuso de amenazarlo con una pistola, perdón que a la vez bajó el justo grado de ira popular que estuvo a punto de caer sobre el irrespetuoso oficial, también perdonó, tiempo después, inmediatamente posterior al setenta y nueve, a otro militar, ya no de la G.N., que lanzó una ráfaga de fusil soviético, cerca, por encima de la camioneta en que viajaba.
Nunca se intimidó. Había conocido en su Italia los horrores de la Segunda Guerra Mundial ayudando a tantas víctimas de aquel genocidio.
Aquí luchó hasta el final de sus días por la pacificación. Con él organizamos las primeras comisiones de paz. El fue capaz de sentar en los años ochenta, en un mismo patio, a los dos bandos enfrentados a muerte y lograr que ambos, dejando a un lado sus armas y su odio, se dieran, fraternalmente, un abrazo de paz. Así lo hizo una mañana en su misa en la comarca “La Naranja”, municipio de San Rafael.
Sus obras siguen hablando de él: la Catedral de San Rafael del Norte con su cúpula, con las famosas pinturas al óleo; la Iglesia de La Concordia, la de San Marcos, el edificio para Hospital, las Colonias “padre Pío” y “padre Gabriel”, la Escuela de San Marcos, el puente sobre el Río Viejo hacia Sacaclí, etc., la humildad con que se arrodillaba ante otros sacerdotes, la manera de relacionarse con su pueblo, el compartir su alimento con los pobres, su sotana remendada, el consuelo y la esperanza que infundía su presencia, la fe que supo fortalecer en los feligreses, la dulce respuesta que siempre tenía para todos los que nos acercábamos a él y lo saludábamos con aquel: “Alabado sea Dios, Padre ¡”, “Así sea!”.
Sin duda alguna, el padre Odorico es el aliento permanente de este pueblo que cada día cree más en él.
Alberto Rivera Monzón