¿Libre comercio para quién?

Israel Enrique Benavides C.* El fin de la guerra fría que no era más que la contradicción fundamental entre dos sistemas, cuyos intereses eran totalmente antagónicos, tuvo como premisa la descomposición de un sistema político, económico y social que negaba la unidad en la diversidad como fuente y materia prima del desarrollo. Según Huntington politólogo […]

Israel Enrique Benavides C.*

El fin de la guerra fría que no era más que la contradicción fundamental entre dos sistemas, cuyos intereses eran totalmente antagónicos, tuvo como premisa la descomposición de un sistema político, económico y social que negaba la unidad en la diversidad como fuente y materia prima del desarrollo.

Según Huntington politólogo y profesor de la Harvard el fin de la guerra fría ha dado como efecto un mundo multipolar, contrario a otras formas de pensamiento que creen que el mundo hoy es unipolar, pues la hegemonía mundial es patrimonio de un solo Estado.

Utilizando sus propias palabras “estamos asistiendo al final de una era de progreso dominada por las ideologías occidentales, y entrando en una era en la que las civilizaciones múltiples y diversas interaccionarán, competirán, convivirán y se acomodarán unas con otras”.

Desde mi punto de vista, el análisis anterior presenta cierto desequilibrio con la realidad, por cuanto la mundialización presupone un proceso de homogeneización de la cultura, la ideología, la política y las conductas de consumo de las sociedades, por tanto, no estamos asistiendo al final de la homogeneidad, sino, al final de la pluralidad.

Esto, obviamente, introduce un nuevo capítulo en las relaciones entre los países excluidos y aquellos que usufructúan los resultados de la globalización que se pone de manifiesto a través de conflictos de naturaleza comercial.

De hecho la Organización Mundial del Comercio, conocida por sus siglas OMC, es un centro de contradicciones entre el estamento excluido y los países más ricos, pues las reglas del comercio mundial son asimétricas en el sentido que están orientadas a favorecer a los países más ricos en detrimento de los más pobres.

Estados Unidos por ejemplo, mantiene en el seno de la OMC, una política comercial de doble vía, por un lado, propugnan por un comercio libre de aranceles y restricciones cuantitativas, mientras tanto, no permiten que sus agricultores se sometan a la libre competencia protegiéndolos a través de subsidios y subvenciones que en el marco de la OMC son prohibidas.

En otro orden la Comunidad Económica Europea (CEE) también protege a sus agricultores a través de la famosa Política Agrícola Común (PAC), los subsidios y las subvenciones no han dejado de ser una práctica de la comunidad con el resto del mundo, al mismo tiempo con mucha frecuencia erigen obstáculos al acceso de los productos del tercer mundo con el pretexto de asegurar una mejor protección del medio ambiente.

Es sabido que los países desarrollados gastan más de 160,000 millones de dólares cada año, para que su agricultura no quede expuesta a las normas de la libre competencia.

Evidentemente el grito de libre mercado y libre comercio, propiciado por las naciones más desarrolladas y predicado en tono mesiánico por algunos apologéticos en nuestros países, es impuesto como panacea al tercer mundo, mientras al mundo subdesarrollado se le exige apertura a las grandes potencias que se dicen ser “campeonas del libre comercio”, las que continúan protegiendo sus mercados.

* El autor es director de la Escuela de Comercio Internacional en la UCC.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí