Alfredo Miranda RamosGranada
Roma se hundía. Las derrotas a manos de los cartagineses se sucedían una tras otra. Los enemigos de la República la asediaban por doquier. La situación era desesperada y apremiante. El Senado pensó en Cornelio Escipión, brillante general en sus años mozos. Sólo él podría impedir la debacle. Pero… él ya era muy mayor… él ya estaba retirado… él ya había jugado su papel en la historia de su Patria.
Cuando los cónsules fueron a buscarle, lo encontraron sucio y sudoroso, arando el suelo de su pequeña finca. Escipión les escuchó y comprendió al punto la gravedad de la situación y también la magnitud del sacrificio que su pueblo le pedía… le reclamaba… le exigía. Su decisión fue inmediata.
La Historia ha recogido la respuesta que dio a los cónsules: “por favor, esperen un momento, mientras me cambio de camisa”. Entró a la casa, se cambió de ropa y salió sin siquiera avisar a su mujer.
Escipión marchó, combatió, venció y salvó a Roma, su Patria.
Quien tenga oídos para oír, que oiga.