Federico Dueñas
La soberbia, el desdén, los discursos ambiguos incoherentes y contradictorios, el caso omiso a los cambios políticos a partir del triunfo electoral de la oposición el 2 de julio del año pasado, aunados al desprecio grosero del subcomandante “Marcos” a las distintas muestras de buena voluntad del gobierno de Vicente Fox Quesada, son factores que prevalecieron en la primera etapa del circense Zapatour hacia la ciudad de México.
“Marcos”, a siete años del levantamiento armado, del 1º de enero de 1994 en el sur de México y, después de sufrir la traición del Presidente Ernesto Zedillo al no respetar los acuerdos por la paz, firmados de San Andrés Larrainzar, se refugió en un estratégico silencio cibernético y prácticamente quedó olvidado, anquilosado, cercado por el ejercito y los observadores internacionales socialistas que lo financian en la selva Lacandona. Vicente Fox lo “resucitó” ante la prensa internacional y el mundo, cuando quiso cumplir su promesa de campaña electoral de llevar la paz a Chiapas. ¿Craso error de Fox?, ¿mala estrategia? La historia lo juzgará con el paso del tiempo y dependiendo de los resultados.
El caso es que de la noche a la mañana resurge ante la prensa internacional la figura de un Marcos místico, agresivo, carismático y abierto enemigo personal de Fox, Un sagaz excomunista que, conciente de que su lucha por el “proletariado” leninista ya es obsoleta, con astucia oportuna gira su estrategia y toma la bandera del indigenismo, se arropa en ella y acepta “el mandato civil” (que nadie se lo ha dado) y decide no ir a la guerra convencional.
Ahora, su estrategia de lucha es “urbano rural”, pero él, quien no es propiamente un indígena (basta mirar sus bien cuidadas manos con sus “finos” y delicados deditos), se auto proclama líder del indigenismo. Tema escabroso, porque hay más de diez millones de indígenas que vergonzosamente no fueron integrados por el gobierno priísta al desarrollo y “modernización” del resto de la nación.
Ahora, Marcos decide permanecer en la ciudad de México hasta que el gobierno firme un pacto de autonomía indigenista en el ámbito nacional de su agrado.
Dialogará para ello con una (o varias, las que sean) comisión especial de senadores y diputados federales, en busca de no encontrar, de manera deliberada, la ansiada paz que dice pretender.
¡Elemental mi querido Watson!. Si se acaba la ciberguerra de Marcos, él ya no tiene razón de existir. Marcos está acorralado en su propia trampa, obligado a dialogar, pero no quiere hacerlo. Fox ofrece la paz y le allana el camino. Que venga a platicar a Los Pinos (residencia presidencial), aquí lo estamos esperando, o donde él quiera, “yo también quiero la paz, pero nadie tiene derecho de acorralar a la democracia en México”, dice Fox.
Marcos delira, se angustia. Fox espera con calma franciscana. Marcos, nervioso, no encuentra salida y, su lengua ya no segrega saliva. Siente que su lengua no coordina con su cerebro, que ya no es de él, ni mucho menos de la causa indigenista. Su lengua le traiciona y los intelectuales de vanguardia ahora recapacitan posiciones, los medios de información se moderan en su cobertura, las críticas a la legitimidad de su movimiento son más consistentes, agudas y serias, se le reduce el espacio y el tiempo.