Historia y violencia

María Eugenia Solís

Nunca ha sido más real el sentimiento de estar viviendo un tiempo límite como el que se está experimentando cotidianamente en la Nicaragua actual. Por la extensión y las transformaciones de la historia, así como por su significación, hoy recae sobre nosotros la imperiosa necesidad de responder ante una situación histórica que nos afecta y compete a todos los ciudadanos a los que les duela la Patria y aún puedan sentir respeto por la tierra que les vio nacer. Es de imperiosa necesidad hacer un alto en el camino e investigar las causas generadoras de la brutal distorsión social que estamos viviendo y que nos afecta a todos. Las violentas manifestaciones en la conducta social de los nicaragüenses muestra ásperamente que la existencia de hombres y mujeres se encuentra amenazada, desgarrada, dividida y aferrada a lo estrictamente material y visceral.

Actualmente cualquiera violenta, vende, denigra y ultraja sin asco, la fuerza bruta y aplastante se yergue y enseñorea en el amplio ámbito nacional. La realidad actual nos indica que vivimos en una sociedad a todas luces enferma, desgastada y violenta que muestra con cinismo ciego la debilitada o inexistente estructura ética y moral que prevalece en las distintas instituciones, razón por la que hoy debemos hacer un alto en el camino para analizar objetivamente todos y cada uno de los elementos que nos han conducido al hundimiento moral en que nos encontramos. De no hacer un alto en el camino, corremos el riesgo de colapsar como sociedad.

El recorrido histórico que ha seguido Nicaragua en los siglos correspondientes a su vida independiente ofrece una panorámica en la que predomina el distanciamiento social y el fuerte y violento antagonismo entre los diversos grupos sociales, políticos y económicos. El siglo XX ha dado prueba de ello, caracterizándose por hechos violentos, los que en Nicaragua pasan a ser una constante histórica que de alguna manera refleja y repite erráticas situaciones históricas del pasado, provocando pugnas cada vez más cruentas entre grupos, élites y partidos que luchan más por el poder que por el bienestar de la nación. El resultado: un país empobrecido y dividido que evidencia una compleja situación social.

Los sucesos que acaparan la opinión pública prueban lo expuesto. Hoy se lastima sistemáticamente y casi deportivamente a ciudadanos inocentes. La población sufre las consecuencias de una corrupción que ya forma parte de un hábito adquirido por la gran mayoría. Así Nicaragua vive la amenaza constante de saberse desamparada y expuesta por sus propios hijos.

La violencia nos aqueja aquí y ahora. Duele. Afecta a todos como cuerpo social y debemos conducirnos a una seria reflexión. Estamos obligados a responderle a Nicaragua para brindarle una esperanza. Lo que actualmente acontece nos compete a todos y requiere de un compromiso formal para superar la crisis que amenaza con arrastrarnos y hundirnos en la barbarie, luego, tenemos la responsabilidad de retomar el hilo conductor de la historia y concatenar unitariamente los valores éticos y morales que han posibilitado el avance y el progreso. Para lograrlo hemos de ir a las tradiciones que han configurado el ser de la cultura en Nicaragua. El quehacer al que debemos enfrentarnos requiere no sólo del sacrificio y de la buena voluntad que tengamos. Requiere de análisis y estudios serios capaces de detectar las raíces mismas de la problemática.

Arnold Toynbee, filósofo de la historia, ofrece una clara definición de elementos que pueden conducir al colapso de las civilizaciones. Entre ellos encontramos el fracaso de la facultad creadora por parte de una minoría selecta que se funda no en el poder económico, político, social o militar, sino en valores espirituales, que por su fundamentación misma son ampliamente aceptados por la sociedad, la que a través de un proceso de mímesis crea y reproduce los elementos enriquecedores de la historia para llevar a la sociedad al progreso y elevarla a la altura de los tiempos. Cuando la minoría se desvía pierde su impulso creativo. Pasa a ser minoría dominante que ya no expresa valores éticos, morales y culturales. Es en este momento histórico cuando los ciudadanos retiran la adhesión a la minoría y se pierde la unidad social iniciándose el proceso conducente al colapso.

Finalmente quisiera preguntar ¿hemos tenido una minoría selecta? ¿si la tuvimos en qué momento se perdió? ¿qué ocasionó el hundimiento ético y moral? ¿dejaremos a la deriva a Nicaragua?

La respuesta es nuestra. Este es el reto que tenemos. Nicaragua es tierra de lagos y volcanes, no de llanto y violencia.  

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