Federico Dueñas de la Peña*
Sólo muy pocas organizaciones, con objetivos sólidos y profundos compromisos con la democracia, pueden enorgullecerse de cumplir cabalmente con sus cometidos a sus 75 años de existencia. Este es el caso de LA PRENSA, que ahora celebra setenta y cinco años de publicaciones cotidianas, interrumpidas ocasionalmente por las malévolas acciones del tirano en turno, sirviendo con credibilidad, fidelidad, justicia y la verdad a la ciudadanía en general, aun a costa de censuras, intentos de chantaje diversos, presiones económicas, cierres arbitrarios, halagos y amenazas, asesinatos por denunciar con verdad y valor al autoritario agresor. Por eso, hoy en día no se concibe la historia de Nicaragua sin LA PRENSA.
Curioso, el diamante (o brillante, precisamente por su singular brillo), es la materia más dura del mundo y está hecho del sencillo carbón negro, presionado y calentado a cifras y temperaturas increíbles, para llegar a convertirse en la piedra más pura, más dura, más brillante, valiosa y preciosa del planeta, muchas veces emanada como producto de la ira desbocada de la naturaleza, como son las telúricas erupciones volcánicas. Su precio internacional se fija, según, una vez me platicó Carlos Garzón, por el color (de la D a la Z), el peso (en kilates), el tallado (prismas pulidos) y su pureza.
Guardando proporciones debidas con la elaboración de un diamante, LA PRENSA en su continuo desarrollo a través de la historia tortuosa del país, ha sufrido en carne propia, la de sus directores, el intenso dolor del cambio, el fuego y la ardiente presión de los gobernantes intolerantes y despóticos y también explosiones internas, por defender el derecho de la libertad de prensa en el país, desde su director fundador Pedro Joaquín Chamorro (padre), hasta su actual director, el Ing. Jaime Chamorro Cardenal.
Capítulo especial, para vergüenza de Nicaragua, es el cobarde asesinato del Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, bien llamado el “Mártir de las Libertades Publicas”, cuyo sacrificio fue el detonante de la insurrección civil que derrotó al dictador Anastasio Somoza y, desgraciadamente, fue aprovechado por el FSLN para hacerse del poder por diez interminables negros años, durante los que la población sufrió toda clase de extremos vejámenes para sostener un impuesto tiránico régimen de falso izquierdismo, que originó mayores injusticias sociales, revanchismos, oportunismos y desastres nacionales, los que, a la fecha, aún mantiene desunidas a muchas familias nicaragüenses, pero que, en cambio, enriqueció de manera desproporcionada y fantástica a los fatídicos bucaneros del FSLN.
LA PRENSA, al igual que el sencillo carbón negro del diamante, tuvo que pasar, y seguirá pasando (según parece), por intensas pruebas de fuego, envidia, sangre, dolor y más dolor, durante su constante transformación a lo que ahora orgullosamente es. Un envidiable diamante puro y valiosos. Sufrió presiones de la tiranía somocista (desde el abuelo Tacho, hasta el nieto Chigüín), sufrió embates inenarrables del bestial y salvaje Código Negro dirigido por el “incalumniable senil” Tomás Borge, bajo el oprobioso sandinismo, hasta fue bombardeada y clausurada por estos descarados trogloditas hambreados de poder y saqueo, los mismos que ahora quieren regresar al poder por medio del voto secreto.
LA PRENSA tiene el solemne compromiso de señalar el mal, de desenmascarar a los funcionarios públicos deshonestos, de marcar el camino hacia la democracia y la justicia, de señalar sus errores a los poderosos ensoberbecidos, de buscar alivio al desamparado, al enfermo, de ayudar al débil y ser el principal vocero de los que no pueden hablar, o que no quieren ser oídos por los opresores. Su tarea, como vemos, no es del todo sencilla y muy caro ha pagado el precio por llegar hasta donde está, en un especial lugar, dentro del corazón de los nicaragüense honestos. Si LA PRENSA no fuera lo que ha sido y es hoy, yo no hubiera escrito en ella por diez años continuos. Estoy orgulloso de “opinar” casi semanalmente en la sección “Opinión” de LA PRENSA, por lo que ha llegado a ser y, por lo que esperamos siga siendo. ¡Mil felicidades! Y, que Nuestro Dios Supremo les ilumine y proteja en su valerosa y ejemplar función social.
*El autor es colaborador de LA PRENSA
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