Porfirio J. Gó[email protected]
Estudiando en la Universidad Nacional tuve varios profesores a quienes les guardaba un aprecio especial, quizás por haberlos conocido con anterioridad. Entre ellos: el Lic. Fausto Zelaya Amador, que impartió contabilidad, el Dr. Juan José Martínez, economía, y el Ing. Roberto Zelaya Blanco, matemáticas. Estos magníficos docentes tuvieron en común el haber servido en el gobierno somocista de entonces, lo cual para mí no tenía nada de particular, excepto que el Ing. Zelaya Blanco adoptó siempre posturas irreductibles y excluyentes, a través de sus escritos en el diario Novedades, contra todo lo que no era somocista. Incluso escuché sus diatribas cuando estallaban las revueltas universitarias, a causa de las represiones o de los aniversarios de crímenes cometidos por la GN. Había un cierto número de estudiantes que eran a su vez, en su mayoría, empleados públicos, quienes hacían coro al Ing. Zelaya, a tal punto que a mí me parecía que profesor y alumnos formaban parte de alguna célula anti-estudiantil pro-somocista en la Universidad, “orejas”, como se les conocía entonces.
Pero el punto focal y cierto de su actuación eran sus escritos en el mencionado diario oficial que llegaban a un enardecido servilismo y a una denuncia feroz contra los políticos de oposición y los estudiantes en general, a quienes sin más tildaba de comunistas, contribuyendo a exacerbar a los guardias y a las turbas nicolasianas (por Nicolasa Sevilla, jefa de los Frentes Populares Liberales Somocistas. Nota del Editor). Él era una especie de senador McCarty en Nicaragua que, por sus afiebrados ataques, pudo haber llevado a la cárcel y quizás a la muerte a no pocos estudiantes, tal vez sin querer. Adquirió, quizás sin proponérselo, un perfil muy alto en un régimen que se estaba autodestruyendo.
Alguna vez supe que él estuvo preso. Hoy me doy perfecta cuenta que sí lo estuvo por diez años, como también muchos otros, tal vez sin merecerlo. Creo honestamente que el Ing. Zelaya Blanco, aún con todos sus dislates de escritor al servicio de la dinastía, no merecía una pena tan dura, una suerte tan cruel. Hoy lo mismo se dice del rey Luis y María Antonieta, cuando los revolucionarios franceses los ejecutaron. Al fin y al cabo, nadie puede tirar la primera piedra. Muchas veces lo que se castiga no es a un individuo, sino a un sistema que muere; pero también muchas veces el sistema que nace castiga sin misericordia a un individuo, sobre todo si el que ejecuta está ensayando, insanamente, su recién estrenado poder de vida o muerte. En el hombre hay mala levadura. Sin embargo, hoy el Ing. Zelaya Blanco debiera reflexionar ante todo en el daño que él ocasionó al pueblo de Nicaragua, cuando pudo con sus dotes de catedrático servir de guía al estudiantado y a través de su pluma señalar al sistema imperante el despotismo y la corrupción. Él debe asumir, ahora, la responsabilidad de sus actuaciones de entonces y sus implicaciones. Pero no, ahora sólo piensa en el daño que le fue infligido en las cárceles con apellido de “comunistas”, como si todas las cárceles del mundo no fueran lo mismo, ya sean liberales, conservadores, somocistas, frentistas, comunistas, orientales u occidentales, los que detentan contra viento y marea el poder de torturar y matar a sus semejantes.
Ojalá el Ing. Zelaya Blanco pudiera explicar en su anunciado libro o ex-cátedra, racionalmente, ¿por qué fueron asesinados en la forma que lo fueron los estudiantes del 23 de julio de 1959, los hermanos Báez Bone y David Tejada? ¿Porque eran estudiantes y ex-oficiales GN o simplemente comunistas? ¿Por qué y cómo amasó la familia Somoza y allegados una descomunal fortuna y en detrimento de quién? Si así fuera, yo pensaría que el Ing. Zelaya Blanco volvería al pedestal del reconocimiento ciudadano.