- El eje del congreso del FSLN, que comenzó ayer y culmina hoy domingo, es la ratificación de Daniel Ortega como aspirante por cuarta vez a la Presidencia de la República, lo que produce temores en la sociedad y molestias entre las mismas filas de militantes y simpatizantes sandinistas.
Leoncio Vanegas
Hay una mayoría que reconoce los méritos históricos y los aportes que Daniel Ortega ha dado al país, pero no hay una mayoría que le reconozca su viabilidad como candidato presidenciable para una quinta vez.
Daniel tiene en su haber dos triunfos y dos derrotas. La primera, cuando con fusil en mano, en 1979, llegó a las cenizas dejadas por la dictadura somocista; la segunda, su triunfo electoral de 1984 bajo las balas de los contras y del Ejército Popular Sandinista, que aunque fueron elecciones abiertas a la participación, no contaban con el visto bueno de la comunidad internacional y, principalmente, de Estados Unidos que financiaba una guerra sucia contra la revolución. Recuérdese que los partidos de derecha se sumaron al juego sucio de la intervención extranjera autoinhibiéndose de participar.
Es una realidad, dentro del FSLN existe un sector que ha llevado a Daniel a ser una especie de mito, que lo creen un Che del siglo XXI. Con la presencia de Daniel este sector sandinista se ve seducido y saca la euforia al estilo de los años ochenta. El mito danielista ha llegado a ser tan fuerte que hasta en la cúpula del partido hay personajes que dicen que Daniel es el único, no sólo para dirigir al sandinismo, también para dirigir al país como Presidente. Hay aquí también un sentimiento fatalista, factor que se vuelve restador y no sumador, que es lo que necesita el FSLN como partido líder de la izquierda, pues también hay otros con cualidades muy altas para ser presidenciables y para que haya un partido para largo rato.
Y en sus dos derrotas, tanto de 1990 como de 1996, la derecha sacó a la cara de Daniel, imágenes de funerales de jóvenes caídos en el servicio, filas para obtener las cuotas de alimentación, soportadas con imágenes de forzosos reclutamientos para el servicio militar, y agregado con matices de manipulación religiosa. Una forma fácil de inducir el miedo entre la población, sobre todo en el campo, donde los niveles culturales han bajado en los últimos 10 años, si nos atenemos a los altos índices de analfabetismo, que dicen que de cada cien personas, alrededor de 40 no saben leer ni escribir.
Piénsese en los estudios de opinión, los que indican que a más nivel académico mayor es la simpatía al sandinismo y a menor nivel académico es mayor la simpatía por los partidos de derecha. Si cruzamos estas conclusiones con los resultados electorales del 5 de noviembre, vemos que los mayores bastiones sandinistas prevalecen y se incrementan en las grandes ciudades, donde prevalece mayor el conocimiento, en tanto los municipios con población campesina tienen un voto más fuerte para la derecha. De manera que una conquista del voto campesino por parte del sandinismo se haría más difícil con la imagen de Daniel Ortega, pues en él se encarnó todo lo negativo de la revolución.
Los resultados electorales para los gobiernos municipales, también el electorado manda un mensaje bien claro para los partidos políticos. Se nota que hay un ciudadano o ciudadana que dice: “Miren señores políticos, yo no soy sandinista, ni liberal, tampoco conservador o como se llamen. Yo, simplemente me fijo qué programa tienen, quién me lo presenta y qué discurso me dan. Y me voy por los mejores”. Es decir, las nuevas generaciones de electores tampoco están creyendo en el cuento de hadas que siempre saca la derecha en sus momentos de desesperación, que hacen construir sus discursos desde la noche oscura. Esto también refleja que el electorado se está fijando más en el programa, en el discurso y en los valores positivos de la persona que ofrece cumplir. No quieren discursos elaborados desde una perspectiva del pasado. Los electores quieren escuchar de todos los partidos políticos discursos del día claro de hoy hacia delante.
Sin embargo, aún omitiendo el pasado, Daniel tiene una imagen vulnerable. Si uno se pone como un elector apartidista pero no ignorando la historia y el contexto, y viendo a Daniel como un signo electoral, inmediatamente se ubica en las imágenes que utiliza la derecha para sembrar el miedo. Todo lo contrario cuando se fija la percepción en otra persona como Víctor Hugo Tinoco, Alejandro Martínez Cuenca o Henry Ruiz, ante éstos se vuelve más difícil anteponer una sombra negativa.
De manera que el sandinismo en general, tanto los formalizados con carné como los que no lo están, tienen la tarea de encontrar una fórmula viable que pague en el partido como tal, pero más importante, que logre atraer el voto decisivo de ese ciudadano o ciudadana que dice no estar matriculado con ningún partido.