Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”
El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Este precepto moral deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere ser la verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza (Catecismo de la Iglesia Católica 2464).
Es más, fijémonos bien en todo lo que tiene de daño para el otro, el prójimo. Claro que aquí damos por supuesto que nos interesa el daño que provocamos al prójimo. El daño que causa el esposo a la confianza de su esposa, o los hijos a sus padres, o viceversa en ambos casos. Y cómo no mencionar el daño que causa la falsedad en el campo de la amistad.
Al hablar de pecado no podemos mencionar solamente el daño que es como falta a Dios, sino que todo pecado implica también un daño a nuestros hermanos.
Por ello, la reconciliación es al mismo tiempo reconciliación con Dios y con todos. Por ello también en todo pecado que ha significado un daño al prójimo no basta que se lo diga al confesor, sino que también se reconcilie con el que dañó, restituya lo robado, etc.
La verdad es parte del ser humano, de su naturaleza, de sus aspiraciones.
“El hombre busca naturalmente la verdad” (ídem, 2467), que “como rectitud de la acción y de la palabra humana, tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza” (ídem, 2468). ¿Camina el ser humano de hoy por sendas de la verdad?
Hagamos un examen del ambiente que nos rodea y nos daremos cuenta qué es lo que está pasando a nuestro alrededor. Muchas veces por intereses personales, o de grupo, con mucha facilidad se dicen falsos testimonios en contra del otro, se atropella la reputación de los demás, se calumnia y, lo que es muy grave, y hay que hacer mención, se tiene plena conciencia de lo que se está haciendo y diciendo. Dejan la mentira y la verdad sin ninguna valoración moral, únicamente les preocupa el sentido de la ventaja o desventaja según las propias conveniencias materiales. Así la puede utilizar el que desea conseguir un empleo y tiene a otros que le están haciendo competencia, o el cónyuge que busca ‘diversión’ fuera del propio cónyuge, o el que ha utilizado de bienes ajenos y justifica de alguna manera el mal que hizo, etc.
Veámoslo incluso de esta manera: no porque muchos la practican ha dejado de ser pecado. No es la fuerza de la costumbre lo que hace de algo virtud o pecado.
El pecado siempre será pecado
Estamos cercanos a la Cuaresma, tiempo de conversión, crezcamos como gente de fe, como discípulos de Cristo para no dejar que las distintas lacras se nos peguen con facilidad, y así le demos a nuestro mundo un giro distinto que le hace mucha falta.
“Los discípulos de Cristo se ‘han revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad’ (Ef 4, 24). ‘Desechando la mentira’ (Ef 4, 25), deben ‘rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresía, envidias y toda clase de maledicencias’ (1Pe 2, 1), (Catecismo de la Iglesia 2475).