- Un borracho buscapleitos le arruinó su promisoria vida deportiva. Ahora parece un quijote maltrecho y pobre, camina encorvado por el peso de los años y los sueños, quizás no tiene ángel de la guarda
Mario Fulvio Espinoza [email protected]
Todas las mañanas lo comienzo a divisar cuando desemboca en la esquina de la Milagritos Leytón. Como es una esquina redonda él va apareciendo como los barquitos en el mar, por partes. Primero asoma la gran visera de su vieja gorra de beis, después su altura desgarbada encorvada por un doble peso, el de los años y los sueños, y el de su larga caja de lustrar que cuelga de sus hombros por medio de tirantes.
-Buenos días don Marianito, ¿cómo amanece?
-Pues ahí pasándola, amigó, ¿y usted?
-Pues viera que no bien, creo que le conté que me atropelló un taxi… Y le conté que el taxista era un animal, pero francamente no lo era… El animal fui yo que no vi venir el chunche y quise bajarme de la acera…
-¿Ah, por eso es que no había venido, verdad?
-Sí, he estado con unos grandes calenturones, me sentía muy triste, no podía caminar y como soy solo, pasé muchas privaciones, pero hice de tripas corazón y aquí estoy… Si me quedo más días en la casa me muero de hambre, soledad y tristeza.
-Pase, pues, que aquí hay trabajito, y le saco mis dos pares de zapatos.
Entra al porche y todo ladeadito (como ciertos canes que hacen un círculo para poderse echar), busca cómo sentarse en el pretil, cuando lo logra pasa a acomodar con toda paciencia los utensilios que trae en la caja. Me siento frente a él y así comienzo la gran platicadera con don Juan Antonio Fonseca Lezama.
ENTRE CARRETAS, BUEYES Y LEÑA
Fíjese que ni tan viejo que soy, nací en 1930, pero mi vida ha sido muy sufrida. Mi padre era muy católico, se llamaba Manuel Fonseca Romero y tenía una finquita allá por el lado de El Arroyo, en Cuajachillo, donde nací yo. El era dueño de una carreta y dos bueyes, y veníamos a vender leña a estos lugares, allá por el lado de San Judas y Altagracia que antes eran montes… Mi mamá se llamaba María Inés Lezama, siempre ‘amocepada’ porque mi padre era la ley. Tuve hermanos, Miguel y la Felícitas Lezama. Mi familia es muy grande… Uhhh, si yo le contara le podríamos levantar un expediente.
-¿Y pudo estudiar?
-Tuve chance, pero mi padre no me dejó porque me dedicó al negocio de la carreta y la leña… Aquí tengo esta cicatriz (y enseña la flaca pantorrilla)… la carreta se me montó encima. Mi esposa se llama María, tenemos 15 años de separados porque ella cuando miró a mis hijos criados me voló las patas. Esos hijos eran mi sueño, les enseñé las cuatro letras y un oficio… Viven allá por el Cine Blanco.
-¿Qué jugaban en aquellos tiempos?
-Yo fui un gran pelotero. Fui pitcher zurdo del equipo “Nicaragua Trading” y del “Riorda”, en la segunda fuerza… Tenía cuatro curvas… Ya para treparme a la Mayor “A” me pasó un problema que marcó para siempre mi vida.
-¡Cómo fue eso, a ver cuénteme!
POR CULPA DE UN BUSCAPLEITOS
-Pues resulta que íbamos a decidir el campeonato, yo jugaba en el Riorda, y de Cuajachillo llegaron cuatro camionetas llenas de gente a ver el juego que era en los Planes de Nejapa, me tocó pitchear y gané 13 a 8. Pero mi papá se asoció con el dueño del “field” y pusieron una venta de comida y licor.
Cuando terminó el juego las camionetas fueron regresando, unas a Managua y otras a Cuajachillo. En el último viaje quedábamos nosotros, un tal Julio Espinosa y otro más que se llamaba Julián. El tal Julio tenía mal guaro y ya andaba queriendo pelear y mi papá andaba su pistola con tres tiros… Así estaba la cosa cuando llegó el capitán del equipo y me llamó: “Maneco” —así me decían a mí— vení. Nos tomaron una foto y el Julio golillando… A pues, antes de salir el manager me dijo, hombré ya no tenemos plata para seguir bebiendo, conseguite un crédito con el dueño del field… Yo le dije eso a mi padre y éste habló con el dueño del field y nos pusieron un litro de guaro y cinco nacatamales.
Y pan pan comenzamos a darle. Al fin terminamos y nos fuimos a la camioneta… y el hombre bujando, “yo soy muy hombre, que yo soy aquí, que yo soy allá”, y mi padre le decía: “No hombre, no te creas… ¿Sabés cuál es el buen hombre?, el que llega primero”. Así nos montamos a la camioneta y nos venimos a Managua a una cantina que le decían “La Chilo” llevando con nosotros la bandera del equipo. Pedimos otro litro de guaro… Yo andaba bueno, pues sólo un trago me había echado… y la discusión con el tal Julio seguía… En eso llegó un amigo al que le decían El Borreguito, que se juntó al grupo a beber… Cuando ya sale el Julio discutiendo con el Borreguito… Y comienzan a disputarse la bandera, pero el Borreguito le revienta la trompa porque era boxeador, entonces sale otro a defender al tal Julio y estaban golpeando entre los dos al Borreguito que ya estaba en el suelo… Entonces sale mi papá… ¡No se meta papa!, pero no me hizo caso, agarró al Borreguito lo levantó del suelo y se lo fue llevando… Entonces lo siguen… Hijo de la tal, vos vas a ser el muerto… Yo me le metí y le dije: ¡Julio, dejá que mi papá se lleve al Borreguito, ya no lo golpiastes pues! Pero sigue el tal Julio detrás de mi papá que casi llevaba arrastrado al Borreguito, cuando ya iba a alcanzarlo Julio agarró una gran piedra para tirársela a mi papá y éste sacó la pistola… “Ve Julio, le dijo, yo no quiero pleito, no te me metás por favor… Viendo aquello yo me le adelanté y le tiré una piedra que traía en la mano, le pegué en el lomo… Cuando el Julio le hace esto para tirarle la piedra a mi papá, éste “prac prac” le deja ir dos semillazos, al primero se fue de boca, el segundo se lo dio por el pecho… Y toda la gente viendo aquel bochinche… Vámonos, le dije, ya lo mató, y salimos para donde mi papá tenía su mujer, ahí él tenía sus rialitos que sacó… Huimos para una finca, allí anduvimos en el monte por mucho tiempo porque nos buscaban por cielo y tierra ya que el muerto era “oreja” de Somoza… Allí terminó mi carrera de deportista… Con el tiempo regresamos y así fueron pasando los años.
-¿Y ahora?
-Estoy solo y abandonado. Vivo allá por el Ifagán alquilando un cuartito, pago dos pesos diarios. Salgo con esta caja a las cinco de la mañana… Paso por el parque de la Zona II, allí me estoy mi rato esperando las ocho, después me voy por el lado de Linda Vista donde tengo dos clientes, luego me cruzo a Valle Dorado, y vengo dando vueltas a Los Arcos… Regreso a mi cuarto como a las seis de la tarde… A veces gano mis veinte, que dos pesos, a veces nada.
-Y de su mamá ¿qué recuerda?
-Casi nada. Yo me crié con mi papá. Ya hombre trabajé en la Gadala María, allí conocí a mi esposa que era tejedora… Cuando estuve grave me dijeron que les iban a avisar… Les dije: “No les avisen, ¿para qué?”… No he podido conseguir mi jubilación, me dijeron que todavía me hacían falta cotizaciones, apenas tengo 450. Fui operado de la columna, por eso no puedo trabajar en trabajos recios… Tengo derecho… Pero no me dan… Posiblemente muera solo y abandonado, como he pasado una gran parte de mi vida.
Pobreza: un estigma
La de don Juan puede ser la historia de su prójimo, ese que está al dar la vuelta
En sistemas sociales desalmados ser pobre es un lastre que se tiene que llevar de por vida