Násere Habed López
Nuestro país vive una profunda crisis moral. Violencia, corrupción, engaño, dinero fácil, individualismo egoísta, son males que enlutan nuestra convivencia.
De esta crisis no se escapan los profesionales quienes reflejan en el ejercicio de su profesión, en el desempeño de funciones públicas y en su vida privada, los mismos males que afligen a nuestra sociedad, no obstante ser personas estudiadas que han tenido el privilegio de gozar de una educación superior.
Descubrimos en este caso que la enseñanza científico-técnica que han recibido ha monopolizado el proceso de su formación profesional, dejando muy poco espacio a la formación ética.
Una educación profesional desprovista de educación moral no es una educación integral. Es una educación de una sola cara, carente de principios y valores que orienten el recto ejercicio de la profesión en un contexto de honestidad, respeto a la dignidad humana y amor al prójimo.
Los conocimientos científicos y técnicos carecen de sentido y razón de ser si no se acompañan de valores morales que guíen el uso correcto de tales conocimientos. Señala Efraín Sánchez Hidalgo: “El educador iconoclasta o romántico, que pretende educar al ser humano, aislándolo de los principios depuradores de la conducta o entregándolo a sus impulsos y tendencias naturales, sin fijarle como objetivo aquellas actitudes y maneras de conducta de probada solvencia moral, estará incurriendo, como lo estuvo en el pasado, en una grave equivocación. La moral es sustancia y espíritu del proceso orientador que se basa en la realidad de la vida”.
Enseñar el dato a secas, la información privada de su significado moral, enseñar la destreza aislada de sus consecuencias éticas, equivale a negar la función social de las profesiones y el sentido de responsabilidad que entraña su ejercicio.
“El reto de nuestras universidades está en formar profesionales sensibles a los valores humanos, capaces de enjuiciar aquellos comportamientos que generan corrupción e injusticias y aquellos que promueven el desarrollo a la medida del ser humano.
“La dignidad humana sólo será respetada cuando, más allá de las ideologías políticas, de los sistemas económicos, de los credos religiosos, se destaquen los valores básicos de la vida en común: los derechos humanos, empezando por el derecho a la vida, razón de ser de los demás derechos; la justicia en sus diversas proyecciones; la lealtad (antes la palabra empeñada era sagrada; existía un inquebrantable sentido del honor. Hoy por el dinero todo se sacrifica: la familia, los amigos, las convicciones, la patria); el sentido de la patria; el bien de todos” (Carlos M. Valencia López).
La ética profesional debe ocupar un lugar destacado en el pensum universitario, debe ser una asignatura obligatoria en todas las carreras profesionales, para dar lugar a la reflexión y toma de conciencia en los principios, valores y normas de conducta que dignifican y enaltecen el ejercicio de la profesión.
Los propios estudiantes tendrían las oportunidades de participar en la elaboración de códigos éticos profesionales y en la discusión de temas sensibles, como publicidad y ética, política y ética, el aborto, la eutanasia, la deshonestidad, el afán desmedido de lucro inmediato, el tráfico de influencias, la competencia desleal, la discriminación social, la cultura de la violencia, la cultura del no pago, el acoso sexual a subordinados, el abuso de autoridad, el trato despectivo y prepotente, la chismografía, la mala fe, la conducta desordenada, la deslealtad y tantos otros males o antivalores que gobiernan nuestra sociedad.
Cada catedrático debe ser un ejemplo ético y orientar a sus alumnos hacia caminos de superación en lo científico, técnico como en lo moral. El profesor debe comprender que su misión no se reduce a dictar una cátedra, sino a formar profesionales honestos y dignos, prestigio de su profesión y conscientes de su elevada responsabilidad para consigo mismo y para con los demás.
La universidad en todo su ambiente debe ser una escuela de ética. El ejemplo de los profesores, funcionarios y personal administrativo, las técnicas de enseñanza, las políticas y prácticas universitarias, el trato interpersonal, todos los aspectos del micromundo universitario deben contribuir a conformar un modelo de rectitud, justicia, decoro y respeto a la dignidad humana.
Así saldrán de las aulas universitarias profesionales, académica y moralmente equipados para realizar su vocación, en beneficio de sí mismos y de la sociedad en que viven.
* El autor es profesor de Psicología de la UNAN, profesor de Deontología Profesional de la UNICA.