El voto democrático

Jorge Salaverry*[email protected]

He notado que hay personas que están en desacuerdo con el uso de la expresión “voto democrático”. Algunos, incluso, han escrito en los diarios para expresar su desaprobación y hasta su enojo. El señor Israel Enrique Benavides, director de la Escuela de Comercio Internacional y Economía de la UCC, es uno de ellos. En un artículo suyo que apareció en la sección de Opinión del Diario LA PRENSA del 10 de febrero, el señor Benavides hace alusión a mi persona y dice que no sabe bajo qué criterio yo infiero que el voto “antidemocrático” es el voto sandinista, y que “semejante criterio tiene una connotación filosófica excluyente y marginalizadora con un alto contenido de intolerancia y antipluralismo”. ¡Wow!

Me parece más bien que es el señor Benavides el que hace inferencias que van mucho más allá de lo que quiero decir cuando uso el término “voto democrático”, así que de una vez por todas diré qué es lo que tengo en mente cuando lo uso. El voto democrático representa para mí al conglomerado de electores cuyos sentimientos y valores políticos son más propensos a generar, mediante el ejercicio del voto, un tipo de gobierno que sea respetuoso de la libertad individual y de la propiedad privada. Nada más. Es lógico, entonces, que cuando uso la expresión “voto democrático” piense en los liberales y en los conservadores, pero no en los sandinistas. Eso, sin embargo, no quiere decir, de ninguna manera, que pretenda negarle el derecho al voto a los simpatizantes del FSLN, como sugiere el señor Benavides. Muy lejos está de mi ánimo pretender tal cosa, cuando, como liberal de principios que soy, considero un derecho inalienable de todo ciudadano el poder expresar libremente, y sin temor a sufrir represalias, la opción política de su preferencia.

Me parece que el error en el que incurre el señor Benavides es igual al que cometió el señor Tomás Borge en un artículo que -muy indignado, por cierto- escribió el 16 de noviembre del año pasado en El Nuevo Diario. En él dice que para los liberales y los conservadores “el voto de los sandinistas es antidemocrático”. Pero sucede que ambos señores se refieren a algo que nadie está negando ni poniendo en duda: que el ejercicio del derecho al voto es un acto eminentemente democrático, independientemente que lo ejerza un comunista, un liberal, un socialcristiano, o una persona sin ideología ni partido que por la razón que sea decide participar en un proceso electoral. Así por ejemplo, imaginémonos a una banda de asaltantes integrada por treinta personas que necesitan decidir quién de todos ellos será el jefe de la organización. Si deciden elegirlo mediante una votación, secreta, igual y directa, podríamos afirmar que el “proceso” mediante el que el “capo” resultó electo fue democrático, ¿o no?

Pero aquí no se trata de eso. Aquí se trata de que mediante el ejercicio del derecho al voto -que nadie discute que es una práctica eminentemente democrática-, es perfectamente posible elegir a un gobierno antidemocrático. El sandinismo real, es decir, el sandinismo que estuvo en el poder por diez años y medio, y no el del Himno de la Alegría ni el de las promesas a futuro, dio muestras abundantes de ser un gobierno totalmente antidemocrático, al menos desde la concepción occidental del término. Ahora, que si por democracia -¡pobre término tan ultrajado!- se entiende un gobierno como el que tenía la extinta República Democrática Alemana -la Alemania comunista de Hoenecker-, tendríamos que aceptar que el régimen sandinista, que violó todos los derechos humanos y políticos imaginables, fue un gobierno democrático.

Dice don Tomás: “Cuando ganemos la Presidencia de la República en unas elecciones libres, controlada por la decencia y la habilidad de los comandos electorales del FSLN [para los liberales y conservadores], habrá triunfado la antidemocracia…”. No podría estar más de acuerdo con él, aunque deseo de todo corazón que tal cosa no suceda. Lo que le faltó agregar a don Tomás es que habría “triunfado la antidemocracia” mediante el ejercicio de una práctica eminentemente democrática, como es la del sufragio universal, libre, igual, directo y secreto.

¿No es acaso trágico saber que es perfectamente posible llegar a la antidemocracia a través de caminos democráticos? Pero la libertad implica riesgos y ese es uno de ellos. Por eso es que espero y deseo vehementemente, que por el bien de todos los nicaragüenses -sandinistas y no sandinistas-, triunfe en las próximas elecciones el voto democrático.

*El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la Universidad Thomas More.  

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