- Un vendedor de lotería apareció degollado hace 35 años en la casa donde vivía solitario…
Anuar Hassan y Emiliano [email protected]
A sus 52 años de edad, Juan Arauz Cardoza parecía aquejado de una crónica misoginia. No podríamos decir cuándo ni por cuáles circunstancias adquirió dicho trastorno de la psiquis pero podemos afirmar que no había nacido con él puesto que existía de ello una irrefutable prueba viviente. El misógino Juan Arauz, pues, vivía como la mayoría de los de su condición: si no alejado de todo contacto humano recluido al menos en su casa, una miserable pieza de una cuartería en el barrio Altagracia, en el sur occidente de Managua.
Porque a su aparente aversión al sexo femenino Arauz sumaba otra alteración de la conducta que suele ir de la mano con aquella, como es la misantropía.
Sin embargo, por las características de su trabajo como vendedor de lotería se veía obligado a relacionarse diariamente con decenas de personas de ambos sexos, si bien aquella relación era estrictamente comercial.
La mañana del lunes 6 de marzo de 1966 la cuartería de Pedro Lira, ubicada a cien metros al norte de la pulpería La Unión, famoso punto de referencia en el barrio Altagracia de la vieja Managua, estaba agitada.
El cadáver del vendedor de lotería había sido encontrado sobre un charco de sangre en la tijera de lona en la que dormía, vestido sólo con un calzoncillo. Del costado izquierdo de la tijera colgaban grotescamente las piernas del infortunado vendedor de la suerte, que había sido brutalmente degollado. En su desnudo torso se percibían además una herida y los hematomas producto de los golpes que su asesino había descargado. Por lo demás, todo en la pequeña habitación estaba en orden.
Autor del tétrico hallazgo fue un hijo de Arauz, Ramón Antonio Arauz, de 16 años de edad.
El muchacho declaró a los investigadores de la Policía que la noche anterior, domingo 5, estuvo de visita en el cuarto de su padre. Dijo que lo encontró contando un dinero y que le llamó la atención que hiciera esta operación en presencia de un hombre joven extraño para él.
Pero no le pareció tan importante el hecho de que el hombre fuera un desconocido para él como la evidente preocupación de éste por ocultar su rostro.
Aunque durante todo el tiempo que estuvo en el cuarto le fue imposible captar los rasgos físicos del desconocido pudo apreciar que se trataba de un hombre bastante moreno y de complexión delgada.
El desconocido vestía un pantalón azul, de manta y una camisa blanca, dijo Arauz a los investigadores. Agregó que al despedirse de su padre el visitante se quedó con él.
Cuando regresó la mañana del lunes al cuarto de su padre Arauz dijo que encontró la puerta sin señales de violencia, entreabierta y detrás de ésta una pana llena de agua sanguinolenta.
Después de las protocolarias declaraciones de sus vecinos en el sentido de que el vendedor de lotería era una persona que no le hacía daño a nadie y que tenía hábitos reservados, los investigadores no encontraron nada de interés. Nadie había oído ni visto nada aquella noche del domingo, lo que era por demás curioso tratándose de una vecindad populosa y no muy grande en extensión.
Una tras otra, los investigadores fueron elaborando hipótesis sobre lo que ocurrió en el interior del cuarto del vendedor de lotería.
¿Qué grado de amistad unía a Arauz con su visitante? ¿se puso en paños menores mientras éste se encontraba aún en su cuarto o dejó la puerta entreabierta en espera de otra visita cuando aquél salió? ¿y si era el mismo hombre el que regresó al cuarto y lo acuchilló mientras dormía? Pero: ¿por qué?
El hijo del vendedor de lotería había dicho que cuando entró, su padre estaba contando unos billetes y que éstos totalizaban la atractiva suma de seis mil córdobas. Además del dinero le vio varios billetes de lotería, unos veinte, según calculó. Pero la mañana del lunes, al registrar el cuarto, no encontró absolutamente nada.
Quince días después, el 20 de marzo, la Policía capturó a un sospechoso identificado como Antonio Navarrete. Tras varios días de intensos interrogatorios, los investigadores se vieron obligados a soltar su presa, tan inocente del crimen como ellos mismos.
Pero los investigadores no se dieron por vencidos. Unos días después el jefe de Homicidios, capitán Nicolás Valle Salinas, telefoneaba a los reporteros policíacos la noticia de la captura del asesino de Juan Arauz Cardoza. Y a juzgar por su tono triunfal, ahora no había ninguna duda.
El detenido se llamaba Jesús Talavera Meléndez y tenía 22 años de edad. No se anduvo con regateos a la hora de hablar con los periodistas. Como la cosa más natural del mundo admitió la degollación del vendedor de lotería. Pero la explicación que dio no dejó muy convencido que se diga a su auditorio. Dijo, ni más ni menos, que se lo cargó porque había ensuciado la honra de su esposa. “De ninguna manera estoy arrepentido. Lo hecho, hecho está”, dijo categórico.
Según su relato, la noche del domingo llegó a la cuartería para visitar a una tía que vivía a dos piezas de distancia de Arauz pero al ver a éste decidió detenerse un rato para conversar con el vendedor. La plática, que se prolongó por más de una hora, fue cortada cuando hizo su aparición el hijo de Arauz. (Recordemos que éste dijo que al salir dejó a Talavera dentro del cuarto de su padre).
Después de visitar a su tía pasó nuevamente frente a la pieza de Arauz. El vendedor estaba de pie en el vano de la puerta, en camisola y calzoncillo pero ya no era el mismo de horas atrás.
“Comenzó a lanzar insultos contra mi esposa. Dijo que era una cualquiera, una veleta que había abandonado la casa de su madre para enrolarse conmigo”, dijo.
Añadió que, enfurecido por los insultos, se lanzó sobre el ofensor y ambos se trenzaron en lucha.
“De repente recordé que en la vaina de mi peine andaba una cuchilla. Puse la vaina entre mis dientes y saqué la hoja. La primera herida se la hice en el pecho pero me puse a pensar que si lo dejaba con vida lo más probable era que después quisiera vengarse. Entonces decidí palmarlo asestándole dos cuchilladas en la garganta”, explicó.
Sobre el dinero afirmó que “lo que había en una gaveta eran sólo 300 córdobas y en vez de que los cogiera otro me los llevé yo”, dijo frescamente.
Si recordamos, los vecinos dijeron no haber escuchado ningún ruido anormal aquella noche, de donde se puede inferir que Talavera mentía nuevamente.
¿Se había vuelto loco Arauz en el lapso de unas horas? ¿por qué hacía aquellas reclamaciones tan teñidas de celos? ¿cuáles eran, en realidad los motivos de la visita de Talavera y su relación con aquél?
En medio de muchas interrogantes sin respuesta, Jesús Talavera Meléndez fue condenado a siete años de prisión por el homicidio de Juan Arauz Cardoza.
NO ROBO A SU PADRE
Si la Policía no sospechó del hijo del asesinado vendedor de lotería, al menos pensó que pudo haber tomado el dinero que dijo haber visto en posesión de su padre la noche que lo visitó. Pero la imputación del robo, hecha abiertamente por la Policía con la esperanza de sorprenderlo, fue rechazada tajantemente por el joven y su tío, un hermano de la víctima que estaba a cargo del muchacho.
ESTABA ENAMORADO
– Si Juan Arauz Cardoza era un misógino, la petición que la noche del domingo 5 de marzo hizo a su hijo Ramón Antonio nos induce a creer que estaba seriamente pensando en poner fin a su soledad.
– El muchacho declaró a los investigadores policiales que como su padre no sabía leer ni escribir le pidió que le redactara una carta de amor dirigida a una mujer que residía en frente de la farmacia Guerra, en la vieja calle El Triunfo.
– El muchacho no recordaba el texto de la carta ni el nombre de su destinataria. La carta no fue enviada nunca ni fue encontrada durante el regis-tro de la escena del crimen.
– Los investigadores tampoco encontraron el cuchillo empleado por Talavera para asesinar al vendedor de lotería y que, según él, lanzó detrás de la casa después de lavarse las manos teñidas en sangre, en una pana llena de agua.