Ernesto Rivas Solí[email protected]
El 16 de febrero de 1991, Enrique Bermúdez Varela “3-80” fue inmolado ante el altar de la patria, culminando con su asesinato el sacrificio final de su vida, la que en gran parte dedicó, con alma vida y corazón, a defender a su patria y a luchar por la instauración de una democracia que nunca ha existido, de una paz que todavía no se encuentra y de una prosperidad que no encuentra su camino en los tortuosos caminos de la política local. Todo eso, constituía un sueño que le dio alas a Enrique Bermúdez para exponerse a todos los peligros, con tal de obtener para su país los beneficios que él creyó merecía.
Es importante recordar esta fecha fatal, porque con ello, los enemigos de la libertad pusieron punto final a una lucha que no había terminado aún. Sin el impulso y el corazón que Enrique Bermúdez le imprimió a su cruzada, no había ya más héroes dispuestos a sacrificarse por el futuro de la tierra que les vio nacer, o por el legado que debían dejar a sus descendientes. No fue una lucha egoísta en busca de prebendas o fortuna, sino una lucha generosa por el bienestar de todos sus conciudadanos, tantas veces engañados y tantas veces víctimas de la rapiña y el hambre de riqueza de quienes habían llegado al poder.
Pero los nicaragüenses somos así. Olvidamos con mucha facilidad las cosas importantes para dedicarnos a disfrutar de cualquier migaja de bienestar que se nos ofrece. Así olvidamos los sacrificios, olvidamos los ideales, olvidamos la sangre derramada, y olvidamos hasta los mismos principios que una vez enarbolamos orgullosos como bandera de lucha. Y claro, ya prácticamente nos hemos olvidado de Enrique Bermúdez, el hombre que le dio vida a la Resistencia Nicaragüense cuando Nicaragua necesitaba de sus servicios.
Somos tan “yoquepierdistas” que apenas a diez años del asesinato de este líder y héroe, no nos importa ya que se le haga justicia. Nunca más se ha investigado quiénes fueron los verdaderos autores de su muerte, y desde luego, jamás nadie ha sido castigado por semejante crimen. Pero la muerte de Enrique Bermúdez no fue simplemente la muerte de un hombre, fue la muerte de un ideal, fue un zarpazo contra la dignidad y la integridad del pueblo nicaragüense
Todavía a estas alturas, su esposa, sus hijos y sus amigos que le conocieron de cerca y supieron aquilatar sus valores, lloran la muerte de Enrique Bermúdez. No es fácil dejar pasar el tiempo y ver cómo se olvida la justicia, y cómo se olvidan los sacrificios. Pero yo diría que hay que revivir esa llama, hay que exigir esa investigación, hay que desenterrar esa justicia para brindarle paz a quienes no han logrado disfrutarla aún. Es triste ver cómo sus compañeros de lucha, sus “muchachos” de la Resistencia se han olvidado también de los motivos de su lucha y se han dejado atraer por las dádivas y las posiciones, relegando los principios que les animaron en aquel entonces. Es realmente triste observar este olvido inmerecido de alguien a quien deberíamos tener presente siempre en nuestro pensamiento.
Yo quiero en esta fecha recordar a Enrique Bermúdez Varela. Quiero recordar al soñador y al valiente, al que supo ejercer un liderazgo cuya bandera nadie recogió con honor. Y quiero recordarle a los nicaragüenses, que no deben simplemente olvidarse diciendo “borrón y cuenta nueva”, porque el borrón siempre existe, y la cuenta nueva no se ha iniciado siquiera todavía.
El autor es periodista nicaragüense, reside en Miami.