Juan C. Santacruz
Los ciudadanos sabemos muy poco del lavado de dinero, y en Nicaragua no conocemos información pública al respecto. Todos los actos de corrupción son deleznables y el lavado de dólares es una de las fases terminales de la misma. Lavar o blanquear dinero es un procedimiento delincuencial de altos niveles de sofisticación. Consiste en los procedimientos utilizados por mafiosos para convertir dinero fruto de comercialización de drogas u otros actos ilícitos en dinero de aceptación pública. Sería erróneo querer tipificar la dirección y el medio del lavado de dólares porque opera en todos los ámbitos de la economía. A veces se focaliza en inversiones de gran envergadura, en otras circula campantemente en los sistemas financieros de los países, y hasta en su comercio exterior. Ya no se trata de drogas detectadas por perros amaestrados, sino de cuentas bancarias donde circula dinero por la vía electrónica a una velocidad asombrosa. Estamos hablando de imperios financieros con altas gerencias y recursos sofisticados dirigidos por profesionales especializados en el negocio del lavado de dólares. A nivel mundial, el lavado de dinero llega a sumas astronómicas, según organismos especializados entre los que destacan el Fondo Monetario Internacional que estiman un monto superior a los 600 mil millones de dólares anuales, de los cuales el narcotráfico sobrepasa los 500 mil millones de dólares anuales. Las Naciones Unidas señalan que el pago por comisiones a los personeros del lavado de dólares sobrepasa el 20%. Se decía al inicio que el lavado de dinero es un acto cruel que oficia como uno de los puntales de la corrupción. Su modus operandi abarca el más amplio espectro y consiste en acciones en el que el cambio de identidades es un dato importante, y bajo esta mampara se mueven fondos, se concretan depósitos, se efectúan exportaciones e importaciones inexistentes o fraudulenas. En los países el dinero para lavar entra por la vía de los casinos, supermercados, el comercio exterior, los sistemas financieros, las inversiones en tierras, inmuebles, restaurantes, etc. también ingresan por la vía de ciertos servicios profesionales cuyo control es casi imposible de efectuar. Si se considera que la revolución tecnológica con el dinero electrónico y las tarjetas inteligentes constituyen nuevas formas de transferir valores y que cada vez funcionan con mayor efectividad a partir de la complicidad del tráfico de influencias y los sobornos, el panorama para las autoridades de los países se complica cada vez más. Los paraísos fiscales, que otorgan ventajas impositivas y garantizan el secreto bancario y financiero, son la cuna del lavado de dólares. Los nombres de estos países son conocidos.
Nicaragua no figura entre los mismos, pero debemos mantenernos en alerta porque estas son actividades mundiales, globalizadas, y el lavado de dinero no tiene fronteras. Los medios de comunicación, particularmente los escritos, pueden ser un excelente mecanismo de información seria sobre la envergadura de estas actividades en los países, y de la que casi no se conoce su forma de operar en los países pobres como Nicaragua.
* El autor es sociólogo.