Gerardo Reyes (El Nuevo Herald)
II y última parte
CARACAS.- “Si no actuamos pronto, de manera organizada y efectiva, con los otros oficiales de las cuatro fuerzas, con los grupos organizados de oposición de la sociedad civil (…) pónganse esas pantaletas (calzones) que les enviamos, a partir de ese instante los llamaremos pantaletudos y cobardes’’, afirma una de las notas.
Las imágenes de Hurtado sacando de un sobre las pantaletas y comentando que extrañamente no se repetían los colores de las prendas, le dieron la vuelta al mundo junto con una noticia mucho más incómoda para el gobierno de Chávez: un abogado venezolano había sido arrestado el día anterior por irrespetar la institución militar en una carta enviada al diario El Nacional, con alusiones a la fragilidad de las fuerzas militares.
En uno de los discursos de su maratónica jornada de celebración del 4 de febrero de 1992, Chávez hizo un comentario que dejó a muchos pensando que se refería al “pantaletazo’’, como se conoce aquí el escándalo.
“Yo sí resisto las críticas’’, dijo, “no soy como otros que chillan y dicen que les faltaron al respeto’’.
Con todo lo incómodo y pintoresco del episodio, el presidente comprendió que los militares están bajo una fuerte presión no sólo de los civiles sino de sus ex comandantes.
Es lo que su ex compañero de conspiración Francisco Arias Cárdenas llamó como “una situación de conflictividad interna’’.
Al hacer el enroque, explicó el ex general Ochoa, el presidente no sólo se adelantó a posibles acontecimientos sino que puso como escudo a un civil de su entera confianza que no le cae bien a los militares. “El nombramiento [de Rangel] fue un desafío a las fuerzas armadas’’, explicó Ochoa.
Rangel, un veterano político y periodista que militó en la izquierda, fue durante muchos años un infatigable denunciante de los escándalos de corrupción y las arbitrariedades de los militares venezolanos a través de un programa de televisión que registraba altos niveles de audiencia.
Su doble condición de centinela moral del ejército y de simpatizante de la izquierda, provocó una ola de indignación en la mayoría de los militares activos.
En un tono extrañamente sereno, Rangel dijo que comprendía las críticas pero se defendió alegando que las veces que ha hecho señalamientos ha sido respecto a personas y no contra la institución.
La tensión no parece haber cedido con esa explicación, pues en medio de las especulaciones de una conspiración política, denunciada por un congresista, Rangel se enteró que su despacho no estará situado en las instalaciones de las Fuerzas Armadas del Fuerte Tiuna.
Fue el propio Hurtado quien le notificó a Rangel que la oficina será ocupada por el jefe de las Fuerzas Armadas, un nuevo cargo anunciado por Chávez el mismo día de la designación de Rangel.
El nuevo ministro de Defensa restó importancia al incidente y explicó que desde un principio estaba claro que su despacho sería en el palacio presidencial.
Chávez entregó a Rangel, el primer civil en esa cartera en más de 50 años, el manejo político y administrativo de la defensa y al mismo tiempo creó el cargo de Jefe de las Fuerzas Armadas que se ocupará de dirigir los asuntos militares y dependerá directamente del presidente.
Lo que más despertó suspicacias del anuncio de Chávez es que se anticipó a una ley orgánica de las Fuerzas Armadas que le hubiera podido permitir tomar estas y otras decisiones sin apremio.
Chávez justificó el nombramiento, pero no su prisa, argumentando que la división de trabajo militar es una manera de ponerse a tono con el resto del mundo.
* Disculpas: Por un infortunado descuido no publicamos esta segunda parte del artículo en la edición de ayer. Esta parte es continuación de la nota con el mismo titular del artículo del 12 de febrero. Pedimos disculpas a nuestros lectores.
El Editor.