María J. Zamora
Como le sucedió a muchos y muchas nicaragüenses; en mi adolescencia viví el terror de los famosos “BECATS” de la guardia somocista, participé en huelgas estudiantiles contra ese gobierno y creí inocentemente en la promesa sandinista. Con el triunfo de la revolución sandinista, llena de entusiasmo, con espíritu de soldado dispuesta a todo; decidí participar en lo que la revolución requería de mí en ese momento: la alfabetización. No me arrepiento de esa experiencia, primero, porque fue el granito de arena que deposité en beneficio de mi país y segundo, porque fue cuando la venda comenzó a caerse de mis ojos y vi más allá de mis sueños. Al poco tiempo entendí que los ideales por los que yo apoyaba la revolución sandinista, estaban solamente en mi cabeza y en algunas otras más, igualmente ingenuas. Los mismos errores reprochados al somocismo, empezaron a salir con otra cara y otro nombre cubiertos con un halo de sentido social y humanismo que les permitió manejar a las masas a su antojo.
Después de todos estos años, al analizar el resultado final de la revolución sandinista y el daño, posiblemente irreparable que nos ha hecho a la mayoría de los/as nicaragüenses en término de valores morales y principios, educación y economía, dignidad y autoestima, no podría dar ni un minuto de mi tiempo a ningún partido que tuviera “sabor” a sandinismo.
Apoyados sobre la plataforma de la barbarie somocista y amparados por un discurso populista los grandes revolucionarios veintiún años después, paradójicamente, son los grandes empresarios, banqueros, diputados, magistrados, defensores de los derechos humanos y de la propiedad privada, candidatos a la Presidencia de la República, entre otros… y por si fuera poco, los más agudos y fervientes críticos de la corrupción del gobierno liberal. ¡Esto sí que es la esencia del cinismo y la desfachatez!
Antagónico a lo anterior, tenemos al Ing. Enrique Bolaños, una persona íntegra, con principios y valores de caballero, comprometido con Nicaragua a todos los niveles y con todas las clases sociales. Obviamente es una de las pocas figuras del liberalismo que tiene el talante y el respaldo moral para salvar a ese partido del descrédito que lo aqueja.
Para las próximas elecciones el panorama no es nada halagador. Los sandinistas se están lavando la cara muy bien y son ahora más demócratas que los antiguos griegos y romanos y más creyentes en Jesucristo que las Carmelitas Descalzas. Siempre existen ingenuos e ingenuas (como lo fui yo) que aún creen en el anquilosado discurso sandinista; sin embargo, confío en que la inteligencia de los/las nicaragüenses votará por su libertad una vez más.
Gracias a doña Violeta Barrios de Chamorro, en los noventa vislumbramos la democracia, ahora está borrosa, pero aún no está perdida. La propuesta de una tercera vía en las actuales circunstancias definitivamente no cabe; esto dividiría el voto democrático dándole al sandinismo el triunfo con lo cual le daríamos, de una vez por todas, los santos óleos a nuestra incipiente democracia.
No me cabe la menor duda que a la hora de la hora todos los sandinistas “disidentes” se van a unir a Daniel Ortega. Jugar a ser disidentes mientras se es parte de la oposición, es una historia muy diferente a perder la oportunidad de volver al poder absoluto y totalitario que ofrece unirse a la Dirección Nacional.
Todas las personas que queremos vivir y trabajar en Nicaragua y hacerla grande como la soñó Rubén Darío, debemos contribuir a defender lo poco que hemos logrado, aunando esfuerzos en un solo bloque democrático. Recordemos el pasado, comparemos los ochenta con los noventa, no olvidemos las caras ni los discursos y mucho menos ¡los hechos!
* La autora es estudiante de la Universidad Thomas More.