Pedro Joaquín Solís M.
El triunfo sandinista en las elecciones municipales demuestra que ningún partido democrático en Nicaragua tiene por sí solo la fuerza suficiente para vencer en las próximas elecciones, y en consecuencia es tarea impostergable y prioritaria que los demócratas concurramos a esa contienda en una alianza política, que concretada ha de tener como su objetivo primordial instaurar un gobierno que respete los principios básicos y fundamentales de la Democracia.
Esta alianza es prioritaria porque con tales resultados quedó en evidencia la fuerza electoral del sandinismo, su capacidad organizativa y de maquinación, al mismo tiempo que de nuevo y lamentablemente demostró su vocación totalitaria y su obsesión por el poder al montar un innecesario terror post-electoral. En segundo término ese resultado totalmente inesperado para nuestros políticos manifestó la debilidad de los otros partidos contendientes, ya que el sandinismo por sí solo obtuvo 618,000 votos, quedando a sólo 19,000 por debajo del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) y 414,000 votos sobre el Partido Conservador (PC) que sólo logró 204,000 votos. ¿De hoy a noviembre podrá el PC asegurarse quinientos mil votos más?
Ante tal panorama favorable al partido sandinista, es absurdo pensar que los partidos democráticos puedan mejorar su capacidad organizativa y de convocatoria en los meses que faltan para las elecciones generales. Entonces, partiendo de que el escrutinio a nivel municipal fue desfavorable al PLC y al PC, pero fue positivo a nivel nacional, ya que se obtuvieron 223,000 votos más que los sandinistas, ¿qué impide que los directivos de estos partidos den pasos concretos hacia una alianza inicial entre el PLC y el PC y posteriormente con otros partidos de importancia?
No es momento de exigirse “pureza política” entre los aliados potenciales o empantanarse en que el gobierno atropelló los derechos de dirigentes políticos opositores. Esto será muy reprochable e injustificable, pero Nicaragua y los nicaragüenses importamos más que esos derechos u orgullos atropellados. El tiempo apremia y aunque lo ideal sería formar una alianza con profundas raíces éticas, para despartidizar los poderes del Estado, “erradicar” la corrupción, el concepto Estado-botín, etc., lo más probable es que los directivos y allegados de algún partido sólo enfoquen el distribuirse cargos y prebendas, pero ¿qué se puede hacer en tan poco tiempo? Así funciona la política en Nicaragua y esos son los políticos que hemos consentido y encumbrado históricamente.
Entonces, ante esta premura, que se deje para más tarde la tarea de aprender en qué consiste el verdadero y tan necesario arte de gobernar. Por el momento lo inmediato es ganar las elecciones concentrándonos en que la democracia es el punto de confluencia inevitable para todos los demócratas y en que por mantener esta forma de gobierno bien vale la pena que las cúpulas de estos partidos superen sus trifulcas y diferencias que mantienen desde el siglo XIX.
Que esta alianza entonces no sea una “alianza que mata”, como las que históricamente entronizan a grupos que se apoderan del Estado en su exclusivo beneficio y detrimento de la nación. Que sea una alianza que haga funcionar a pleno pulmón las instituciones democráticas y que tenga como objetivos principales impedir el retorno de cualquier dictadura, fortalecer nuestros derechos políticos (especialmente la tolerancia), desarrollar la economía en un régimen de libre mercado y atacar la pobreza, el analfabetismo y otros problemas nacionales irresolutos.
Finalmente una interrogante: ¿cuentan los políticos liberales y conservadores y de los otros partidos con la madurez histórica, la visión de estadistas y las cualidades éticas necesarias para realizar esta tarea? Confiemos que sí. Una clase política y unos partidos democráticos que con tantas tragedias nacionales y que hemos padecido no demuestren haber aprendido las lecciones de historia y que no ganen limpiamente y con buen margen la próxima contienda electoral, bien merecían ser vencidos.
El problema es que nosotros, el pueblo, los electores, que somos la fuente de su poder, seríamos las verdaderas víctimas de esa derrota y no tenemos por qué expiar nuevamente los frutos de su ineptitud política. Por eso, en aras del optimismo confiemos que se cristalice una alianza duradera que culmine en un gobierno que verdaderamente y con determinación cumpla los principios fundamentales de una democracia.
* El autor es abogado.