Los dilemas del futuro

José A. Poveda S.

Somos testigos de un proceso profundo que ha sacudido los cimientos de muchos países y que ha transformado las relaciones internacionales. Ninguna nación que quiera perdurar en el presente siglo XXI puede aislarse de las nuevas corrientes del cambio. Las políticas internas y las relaciones con el exterior se han reorientado de manera definitiva en su contenido, en su sentido y en su extensión geográfica.

Nicaragua, por historia y por convicción, como nicaragüenses tenemos que decidirnos a salvaguardar los fines precisos de la nación, fortalecer la soberanía de nuestra patria y ampliar la justicia a todos sin excepción.

El signo de los tiempos es el fin de rigideces del pensamiento político y de las prácticas cerradas. También es el inicio de uno de los mayores ejercicios de imaginación social. Ante ello, es una obligación cívica buscar con decisión y con apertura cómo asegurar mejor el futuro de Nicaragua para asegurar la institucionalidad y el respeto al estado de derecho para no caer en una anarquía o desbordes sociales.

La independencia de la nación no se garantiza edificando muros reales o imaginarios ni refugiándose en actitudes o estrategias que resultan inoperantes en el presente milenio. Los principios son permanentes, las estrategias varían ante las circunstancias. El cambio se impone para no quedarnos atrás frente a las demandas de los nicaragüenses para mejorar sus condiciones de vida, superar la pobreza, dar mayor seguridad ciudadana, y todo lo que sea necesario para una plena realización digna y humana.

Vivimos una intensa globalización económica de los mercados, la revolución de los conocimientos y la tecnología nos hacen vivir a todos, más que nunca, una sola historia universal. Esta historia tiene riesgos para nuestra nación, pero también abre nuevas oportunidades, en su cultura e historia para participar en el mundo y fortalecer nuestros nexos integracionistas.

Firme en los principios, la apertura y la cooperación internacional no menguan la soberanía ni disminuyen nuestra identidad nacional. Sí lo hacen, en cambio, el atraso, la ignorancia y la miseria, que tendrán que superar con nuestras posibilidades e impulsos.

Rechazamos confundir apertura y cooperación como sinónimos de absorción; implican, por el contrario, inserción eficaz en las nuevas corrientes internacionales. Sin sinónimos —la apertura y la cooperación— de avance económico y madurez política. ¡Interrelación soberana, sí; absorción de Nicaragua, nunca!

Nicaragua debe de actuar en forma prudente, pero a la vez congruente con las nuevas circunstancias mundiales y con las exigencias que nos plantea nuestro desarrollo interno. La estabilización de la economía, la renegociación de la deuda externa, la corrección fiscal, la apertura comercial y en general el cambio estructural en marcha, son pilares sobre los cuales podemos construir una relación económica con el exterior que propicie el crecimiento sostenido y la justicia social.

Es necesario mantener la firmeza en los principios, la claridad en los objetivos y la flexibilidad en las estrategias. Es indispensable redoblar esfuerzos para defender la soberanía frente a la modernización económica.

Hoy, la apertura comercial por si sola no garantiza una inserción exitosa al resto del mundo; hay que luchar en todos los frentes externos para ganar acceso a mercados, con los parámetros de calidad y eficiencia que exige la competitividad.

Nicaragua tiene que adecuar sus respuestas con flexibilidad y eficacia a las diferencias que muestran los nuevos bloques económicos. En Centroamérica se avanza hacia un mercado común que significa la libre movilidad de factores, una organización parlamentaria supranacional y se plantea, incluso, una futura unificación monetaria y una creciente integración política y militar.

* Vicedecano Facultad de Derecho UNAN-León.  

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