Jorge [email protected]
Hace unos días, a eso de las 7 de la noche, me encontraba reunido con un grupo de amigos al aire libre. De repente uno de ellos alzó la vista al cielo y dirigió nuestra atención hacia un objeto luminoso que a gran velocidad se desplazaba por el firmamento. El Dr. Jaime Incer, que estaba entre los presentes, nos explicó que se trataba de la Estación Espacial Internacional con 5 cosmonautas estadounidenses a bordo. Ellos, junto con astronautas de otras nacionalidades la están construyendo y estará lista en el 2004. También supimos que la Estación se encuentra a una impresionante altura de 600 kilómetros. Todos la contemplábamos absortos cuando, en menos de un minuto, desapareció de nuestra vista al entrar en una zona en la que el sol ya no la iluminaba. Un espectáculo de verdad impresionante.
Poco después, cuando manejaba mi vehículo, iba pensando en lo fantástica que es la tecnología moderna. En eso cavilaba cuando de repente vi un desvencijado carretón que a paso lento y cansado avanzaba por la calle. El contraste con lo que acababa de presenciar era monumental. Pero si bien es cierto que la alta tecnología maravilla e impresiona, hay que estar claros de que un país la puede poseer, y a su vez tener un pueblo empobrecido, o sea, que ella es condición necesaria, pero no suficiente, para el desarrollo. Rusia es un ejemplo claro de esa realidad. Recordemos que los rusos fueron los primeros que pusieron un hombre en el espacio, aunque algunos puedan alegar que la tecnología de ese país fue, en gran parte, desarrollada por científicos alemanes después de la Segunda Guerra Mundial. Cierto; pero lo que me interesa en este momento es hacer notar que el estandar de vida de ese país es sumamente bajo en comparación con el de cualquier país occidental industrializado.
¿A qué se debe esa diferencia? La diferencia de fondo radica en una sola palabra: libertad. Libertad en todos los sentidos, incluyendo la libertad para enriquecerse legítimamente. Cuando se practica la libertad individual, las instituciones que surgen en la sociedad sirven para apoyar y maximizar esa libertad. Nuestra cultura latinoamericana, que por décadas ha sido influida por la nefasta utopía socialista, tiende a ahogar la iniciativa individual y a ver la riqueza con suspicacia. A no pocos les resulta difícil entender que alguien pueda tener riquezas como producto de su propio esfuerzo y no del robo. La mentalidad socialista desestimula la acción individual y, por ende, la riqueza individual. Y lo hace, claro está, con la cantaleta de que es necesario que haya “mayor justicia social”. No hay manera que los socialistas -o su versión local, los sandinistas- entiendan que la libertad individual tiene que generar ingresos diferentes por el simple hecho que los seres humanos tenemos capacidades diferentes, y que cuando ella es restringida en búsqueda de una sociedad “más igualitaria”, lo que se provoca es, inevitablemente, un empobrecimiento generalizado de la sociedad.
En las sociedades realmente libres las diferencias en los ingresos de la gente no se eliminan, pero el estandar de vida de la población en general sube mucho, y eso es lo que de verdad importa. Sin embargo, con harta frecuencia escuchamos a nuestros políticos y economistas, al igual que a los “sabios” y súper bien pagados consultores de organismos financieros internacionales, enfatizar hasta el cansancio la “necesidad de cerrar la brecha entre ricos y pobres”. Estoy convencido que esa insistencia proviene de creer -erróneamente, por supuesto- que la riqueza no se crea, sino que es limitada, y si es limitada, pues hay que quitarle a unos para que otros también tengan. Una mentalidad ciertamente regresiva que, cuando se pone en práctica, lo único que produce en el mediano plazo es una enorme pobreza para la gran mayoría y una gran riqueza para la reducida élite gobernante.
Nuestro país este año corre el peligro de caer en manos de los sandinistas, fervorosos creyentes y abanderados de esa mentalidad. Cuando escuchemos a esos señores atacar y condenar lo que ellos llaman “el neoliberalismo”, estemos claros que lo que están atacando, fundamentalmente, no es otra cosa más que la libertad individual, fuente insustituible de generación de riqueza para todos. Así que abramos bien los ojos y no permitamos que nos engañen aquellos que dicen que hay que abolir la pobreza, pero que lo único que saben hacer a la perfección es reproducirla con una velocidad pasmosa y semejante a la que lleva una nave que transita por el espacio sideral.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la Universidad Thomas More