La vocación sacerdotal

Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”

«Toda la dimensión de la Iglesia es vocacional, ya que ayuda a discernir el llamado que Dios hace al hombre en los diversos estados de vida. “La dimensión vocacional es esencial y connatural en la Pastoral de la Iglesia” (PDV 34)» (Primer Sínodo Arquidiocesano 147).

El tema de la xxxviii jornada mundial de Oración por las Vocaciones es “La vida como vocación”. Y comienza haciendo un recorrido de las distintas vocaciones del ser humano de una manera maravillosa. Vivir es una vocación; ser personas de fe es una vocación; saber que tenemos la virtud de amar, es también una vocación.

Dirá S.S. Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada de la Vocaciones de este año: “Considerar la vida como vocación favorece la libertad interior, estimulando en la persona el deseo de futuro, conjuntamente con el rechazo de una concepción de la existencia pasiva, aburrida y banal. La vida asume así el valor del “don recibido, que tiende por naturaleza a llegar a ser bien dado” (Doc. Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 1997,16, b). El hombre muestra ser renovado en el Espíritu (cfr. Jn. 3, 3.5) cuando aprende a seguir el camino del nuevo mandamiento “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” ( cfr. Jn 15,12). Se puede afirmar que, en cierto sentido, el amor es el DNA de los hijos de Dios; es la “la vocación santa” con la que hemos sido llamados “según su propósito y su gracia, gracia que nos fue dada en Cristo Jesús, antes de los tiempos eternos y manifestada en el presente por la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo” (2Tm 1,9.10)(n. 2).

Pero no todo termina en el amor, pues es el amor mismo el que propicia ese otro llamado muy especial de servicio, de entrega de la misma libertad al estilo de la Santísima Virgen María (Lc 1,38). De este modo es que, aquéllos a los que Dios llama, sienten su voz, su enamoramiento, sus encantos para un servicio exclusivo, expresión de esa respuesta amorosa al amor de Dios.

La vocación sacerdotal es invitación y es respuesta (1 Sam 3,10). Es Don y es Acogida. Es petición y es ofrenda (Is 6,8).

Es apertura de la existencia entera, con exclusividad y sin temores, al Don mismo para donarse. Porque es atracción inevitable, pues ¿se puede evitar la llamada al servicio de la eternidad? ¿a colaborar con el sumo bien?

Pero tal colaboración, tarea, misión, como se le quiera llamar, pues en fin es lo mismo, es específica, regulada, porque el Amor no es anárquico, sino organizado. De este modo Dios mismo garantiza presencia y asistencia, donde los servidores se consagran a ser ‘otros Cristos’, con gestos, actitudes, sacramentos y, por supuesto, estilo de vida. Todo ello para caminar con los demás hermanos por los senderos de la Vida Nueva que conducen a la Casa del Padre.

Por ello es que «Hay urgencia de ministros ordenados que sean “garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los diversos tiempos y lugares” (Christifideles laici, 55) y, con la predicación de la Palabra y la celebración de la Eucaristía y de los otros Sacramentos guíen a las Comunidades cristianas por los senderos de la vida eterna» (Mensaje de S.S. Juan Pablo II para la XXXVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones).

Nuestra oración es valiosa para que esto sea realidad siempre en cada Ministro Ordenado que existe, en los anhelos de cada joven que escucha la llamada del Señor y de aquellos jóvenes que se encuentran en los seminarios formándose para el servicio, para que ninguno defraude lo que Dios espera de ellos y lo que el pueblo necesita encontrar en ellos.  

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