- La pequeña hija de un magistrado fue asesinada por un matón a sueldo que erró el tiro destinado a su padre
Anuar Hassan y Emiliano [email protected]
De que Armando Martínez Chávez fue el asesino de la pequeña Telma Serrano no hay ninguna duda puesto que nadie que está en sus cabales se incrimina gratuitamente en un hecho de esa naturaleza y Martínez admitió el crimen. Ha transcurrido desde entonces medio siglo y los móviles del atentado en que perdió la vida la niña de cuatro años de edad permanecen hundidos en la bruma de la duda, como era de espesa ese día la niebla de Diriamba donde se produjo.
Quedaría el recurso de hablar con el asesino que fue condenado a una pena de 50 años de cárcel en Costa Rica pero lo más seguro es que haya muerto.
Hubo en el caso muchas falsas pistas y mucha imaginación, como lo veremos en el transcurso de esta narración.
Era una fría tarde de noviembre de 1951 cuando los esposos Leopoldo y Yolanda Serrano paseaban por una alameda de su finca ¨Santa Inés¨ en las afueras de la ciudad, detrás del viejo campo de fútbol, en compañía de su hijita Telma.
Caminaban muy juntos, aspirando a pleno pulmón el aire puro del campo. De pronto, el estampido de un disparo que el eco reprodujo en ominosa sucesión rompió la quietud del ambiente. Simultáneamente con el estallido la pequeña Telma, que marchaba en medio de sus padres, rodó por el suelo. Un segundo disparo alcanzó por la espalda a Serrano que también cayó sobre el camino de tierra. La señora Serrano se lanzó sobre el cuerpo de su hijita, de cuya garganta manaba abundante sangre. Poco pudo hacer por ella además de estrecharla con desesperación entre sus brazos. El proyectil había penetrado por la cara posterior del cuello y causado daños mortales.
El autor de los disparos, considerando consumada su obra, huyó entre los matorrales que bordeaban el camino.
La niña estaba muerta y su padre gravemente herido. Con ayuda de los empleados de la finca la señora Serrano trasladó a su esposo al hospital Santiago de la vecina ciudad de Jinotepe.
Los expertos en balística determinaron que el arma empleada por el asesino era un rifle calibre 22, de uso muy común, por su relativamente bajo precio, entre los finqueros y cazadores de todo el país.
Debido a la importancia política del lesionado, magistrado de la Corte Suprema de Justicia y miembro del partido liberal somocista, el propio hijo del presidente Somoza, el coronel Anastasio Somoza, dirigió en compañía del teniente Gastón Cajina las investigaciones del caso.
Se trataba sin lugar a dudas de una acción premeditada. Como no era dable pensar que la niña fuese el objetivo del atentado los investigadores llegaron a la conclusión de que el blanco del asesino era el magistrado Serrano. El hombre emboscado erró el primer tiro y entonces hizo el segundo disparo que hirió gravemente al funcionario.
La pregunta de rigor que se hacían los investigadores giraba en torno el por qué de la criminal acción.
Tratándose del decano de los magistrados de segunda instancia, como lo reconocían sus colegas, es decir de una persona que tenía en sus manos la suerte de reos procesados por hechos delictuosos, era forzoso pensar que el ataque tenía que ver con alguna decisión de Serrano que no fue del agrado de los familiares de algún prisionero.
Mientras los expertos se preparaban para hacer frente al hercúleo trabajo de revisar las resoluciones del magistrado Serrano en por lo menos los últimos meses anteriores al atentado decenas de policías iniciaron una batida en ranchos y caseríos del departamento en busca del arma utilizada en el crimen, tarea no menos engorrosa y prolija que la búsqueda de un grano de sal en el océano.
Tres días después del trágico 9 de noviembre en Santa Inés, el mandador de la vecina hacienda ¨La Amistad¨, José de Jesús Velásquez, fue atacado a tiros en circunstancias similares. Velásquez fue herido levemente pero no se pudo precisar el calibre del arma utilizada.
La Policía concluyó que se trataba de alguna diferencia personal del mandador con otra persona, sin vinculación ninguna con el caso Serrano.
Como suele ocurrir cuando se produce un hecho sangriento de autor desconocido, igual en la ciudad que en el campo las gentes comienzan a ver caras sospechosas por todos lados. En ocasiones sus sospechas están bien fundadas; en otras, la mayoría, sólo es producto de una fértil imaginación.
Una mujer llamada Gloria Avilés reveló haber visto, en los montes cercanos a Santa Inés, a un hombre agazapado en actitud que ahora le pareció sospechosa, momentos antes del crimen. El sospechoso, identificado como Ramón Tinoco Rivas fue detenido pero días después recuperó su libertad. Al parecer, cuando la mujer lo vio estaba agazapado por razones menos peligrosas y de fácil comprensión.
La búsqueda del asesino del 22, como los medios lo bautizaron, se extendió por casi todo el país, ahora empujada personalmente por Serrano, que se había recuperado de su herida.
Con el paso de los días el fantasmal asesino del 22 se fue configurando una imagen adecuada a la magnitud de su obra.
Algunos mozos de la hacienda ¨El Progreso¨ dijeron que se trataba de un sujeto delgado y alto que usaba botas de goma y ocultaba el rostro bajo un pañuelo rojo.
Más tarde, Francisco Calderón, celador de la hacienda ¨La Reforma¨ reveló haberse topado con un hombre armado de un 22 y una 38, tocado con un sombrero y calzado con botas de goma que le preguntó: ¨¿Vos andas buscando a un criminal?¨. Cuando el asustado Calderón le contestó negativamente, el hombre le dijo: Pues yo sí, y al alejarse hizo varios disparos al aire.
La imaginación batía sus alas poderosas. Pero esto exasperaba a la Policía, que en su afán de tener en sus manos al escurridizo hombre del 22 llegó a simular el fusilamiento de dos campesinos para obligar a su padre a revelar el sitio en donde se escondía otro de sus hijos que había huido a Panamá ocho años atrás para evadir la justicia por la comisión de un delito y de quien sospechaba en la muerte de la niña.
La solución habría de llegar sorpresivamente desde Costa Rica, donde en los primeros días de diciembre la Policía capturó a un hombre acusado del asesinato de una pareja norteamericana.
El hombre, de nacionalidad costarricense, se llamaba Armando Martínez Chávez y había estado en Nicaragua desde cierto tiempo antes del asesinato de la niña Telma Serrano.
Al ser capturado llevaba un rifle 22, se cubría con un sombrero y calzaba botas de caucho.
Admitió ser el autor del atentado contra los Serrano y dijo que lo hizo bajo contrato con un hombre de apellido Aburto, que le pagaría 500 córdobas por el trabajo.
Por el crimen de la pareja de norteamericanos la justicia costarricense lo condenó a 50 años de cárcel.
ERA HIJA PRIMOGENITA
Telma Serrano era la hija mayor del matrimonio Serrano Mena, que procreó otros tres hijos: Yolanda, Jaime Sebastián y Leopoldo. El asesino dijo que no era su intención dar muerte a la pequeña Telma. El encargo era matar a su papá, dijo. Fue capturado en Costa Rica después que dio muerte a los norteamericanos Thurston e Irma Truluks.
UNA EXTRAÑA HISTORIA
– Martínez Chávez dijo que un día de noviembre se encontraba en la estación de Catarina, Masaya, cuando pasó frente a él una hermosa joven que hizo caso omiso de los piropos que le dedicó.
– Un hombre de cabello cano que observó la escena se le acercó y le dijo que esa muchacha no habría resistido un piropo de 500 córdobas.
– ¨Pero yo no los tengo¨, le hizo ver Martínez. Entonces, el extraño le dijo que él se los podía dar y le explicó lo que debía hacer para ganarlos. Martínez dijo que al aceptar el encargo el hombre le suministró un rifle calibre 22.
Tras hacer su trabajo Martínez se dirigió al sitio acordado con su contratista para cobrar la paga pero el hombre se la negó aduciendo que no había cumplido el acuerdo, que era eliminar a Serrano.
– Sin embargo, le dijo que se quedara con el rifle. Martínez declaró que mientras platicaban antes de aceptar el encargo, el misterioso sujeto le explicó que su interés de eliminar a Serrano se debía a que éste había hundido en la cárcel a un hijo suyo. Nunca se supo si Aburto existió alguna vez.