El candidato liberal

Los convencionales del gubernamental Partido Liberal Constitucionalista PLC, escogieron ayer, como se esperaba, a don Enrique Bolaños como su candidato presidencial para las elecciones del próximo noviembre. El nombramiento de Bolaños no fue una sorpresa, pues de antemano se sabía que es el favorito del Presidente Alemán para optar a la sucesión presidencial. Inclusive, para que no quedara ninguna duda que el Presidente Alemán quería que se escogiera a su candidato preferido, reunió a los convencionales en la hacienda El Chile, que es su residencia personal, donde los electores del PLC fueron sometidos a estrictos controles y reglas dictadas por un comité electoral que es presidido por un hermano del mismo Presidente de la República.

Es evidente el gran interés del Presidente Alemán en que el próximo gobernante de Nicaragua sea la persona de su mayor confianza. Al fracasar en su intento de convocar una asamblea constituyente que le permitiera seguir en el poder después de terminar el período para el que fue elegido en 1996 (fracaso que se debió a que los sandinistas no lo apoyaron a pesar de las grandes concesiones que obtuvieron del mandatario liberal, inclusive cuotas de poder decisorias en la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y la Contraloría General de la República), el Presidente Alemán ha tenido que resignarse a dejar la Presidencia, pero quiere seguir mandando detrás del trono para mientras llega el 2006, cuando ya la Constitución le permitiría tratar de reelegirse.

Ahora bien, no sólo en Nicaragua ocurre que el presidente, al acercarse el fin de su mandato y no poder reelegirse, trata de decidir quién debe ser la persona que lo suceda en el cargo. Esto es un vicio de caciquismo político que se da en todos o casi todos los países hispanoamericanos, y se debe a la aspiración enfermiza de los políticos a gobernar de manera vitalicia o a seguir gobernando “desde abajo o desde atrás”. Y en muchos casos se debe también al temor a que el nuevo Presidente promueva o permita investigaciones políticas y acciones judiciales sobre actos de corrupción y otros abusos de poder ocurridos durante el gobierno anterior.

Sin embargo, ningún gobernante saliente puede estar completamente seguro de que podría manejar al nuevo Presidente como si fuera un títere, ni siquiera en el caso que él hubiese escogido, recomendado o impuesto su candidatura. De esto hay ejemplos en la historia nacional, como el del Presidente liberal Leonardo Argüello, derrocado en 1947 por el general Anastasio Somoza García sólo 27 días después de haber tomado posesión del cargo porque quiso ejercer la Presidencia de manera independiente; y el caso del Presidente —también liberal— René Schick Gutiérrez, quien gobernó de mayo de 1963 a agosto de 1966 y trató de independizarse de los Somoza, aunque no llegó al extremo dramático del Presidente Leonardo Argüello.

En realidad, el Presidente Alemán no puede asegurar que con el próximo Presidente —en el caso de que el candidato del PLC ganara las elecciones de noviembre— él seguiría mandando desde atrás de la silla presidencial. Inclusive, el Presidente Alemán ni siquiera puede garantizar que el siguiente gobierno no investigaría los escandalosos casos de corrupción y otros abusos de poder que han sido denunciados durante la actual administración.

Por otro lado, las maniobras del Presidente Alemán para que los convencionales del PLC escogieran al candidato de su preferencia no le resta méritos al ingeniero Enrique Bolaños, quien es sin dudas un buen candidato, tan bueno como los otros aspirantes liberales (Iván Escobar, Eduardo Montealegre, José Rizo y David Robleto) que quedaron fuera de la competencia. La verdad es que desde todo punto de vista cualquiera de ellos gobernaría mucho mejor que como lo ha hecho el Presidente Alemán.

En todo caso, quienes tendrán que elegir al próximo Presidente de Nicaragua son los ciudadanos. Y ellos tienen no sólo el derecho sino también el deber de escoger un gobernante capaz, eficiente y honrado, o por lo menos tienen la obligación de intentarlo, independientemente del partido o alianza que postula al candidato.  

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