No podía esperarse algo diferente del discurso pronunciado ayer por el Presidente Arnoldo Alemán ante la Asamblea Nacional. Cargado de frases melosas y altisonantes, el discurso de Alemán presentó la situación del país en un estado tan bonancible que lo hace a uno dudar si es cierto o no que el señor Presidente y el resto de nicaragüenses vivimos en el mismo país. Pero tampoco Nicaragua está en la situación económica y social deteriorada a extremos insospechados y nunca vistos, que los eternos pesimistas y los detractores de oficio del actual gobierno quieren presentar. La verdad está entre esos dos extremos.
Después de la debacle de la era sandinista y a partir del cambio de sistema de gobierno en 1990, la economía nacional logró revertir su curso descendente, y a partir de 1994 ha logrado crecer año con año. En los cuatro años de este gobierno el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) ha sido de un 5.4 por ciento anual en promedio, tasa que si bien es positiva y de dimensión moderada, no alcanza niveles de doble dígitos que han logrado otras economías, como la China, por ejemplo, y ni siquiera llega a la tasa del 6.5 por ciento que Nicaragua experimentó en el período 1950-1977. Cuando se parte de una base económica tan baja, como la que alcanzó Nicaragua en los años ochenta, no hay razón alguna para que las tasas de crecimiento económico no fueran superiores a las logradas hasta ahora.
El Ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Francisco Aguirre Sacasa, señalaba ayer por la mañana en un programa televisivo, que el crecimiento de Centro América entre 1990 y 1998 ha sido superior al de España, Italia, Alemania, Suiza y Japón. Y es cierto. Pero a pesar de ello las condiciones de vida de los pueblos centroamericanos, y muy especialmente las de Nicaragua, siguen siendo muy pobres, aunque no a los extremos que pintan los malos agoreros, lo cual demuestra la necesidad urgente de alcanzar ritmos de desarrollo mucho más altos. Eso sólo puede lograrse si se amplían los márgenes de libertad que hay ahora.
El cambio de sistema de gobierno experimentado en 1990 —donde en lo económico se pasó de una economía estatista a una de libre mercado, y en lo social se pasó de un sistema represivo a uno de libertad— es el que ha hecho posible el crecimiento que se ha logrado. Lo que hay que identificar, sin embargo, son aquellos frenos y trabas que no han permitido un resultado mejor del logrado hasta el momento. Y eso es algo que, por supuesto, no podíamos esperar escucharlo en el discurso de ayer del Presidente Alemán.
Es obvio que el doctor Alemán no va a reconocer que el retroceso institucional que ha sufrido el país bajo su mandato es el principal causante de que los niveles de inversión no hayan sido mayores. Los arreglos políticos a espaldas del pueblo, las coimas exigidas por algunos funcionarios a empresarios extranjeros, la falta de claridad y definición en las reglas del juego, la incursión indebida y ventajista de funcionarios gubernamentales en el ámbito empresarial, el terrorismo fiscal, la partidización de las instituciones, el deterioro de la justicia, todos ellos son factores que enrarecen el ambiente que se necesita para lograr una mayor actividad económica.
Las exportaciones siguen siendo ridículamente bajas. En 1999 alcanzaron apenas 544 millones de dólares, quedando muy por debajo de los 1,040 millones que se esperaban para ese año de acuerdo a los documentos presentados por el Gobierno al Grupo Consultivo en 1998, y las del año 2000 también se quedaron muy distantes de los 1,400 millones programados para ese año. El país sigue viviendo, fundamentalmente, de las remesas familiares, de las donaciones y de los préstamos internacionales.
Esa situación, en un año electoral como el actual, se presta para la venta de ilusiones. Pero no debemos caer en la trampa. Nicaragua para progresar no necesita de un cambio de sistema. Lo que sí necesita, y con urgencia, es un gobierno más limpio y más respetuoso de la libertad y de la institucionalidad.