Cristiana Chamorro [email protected]
Independientemente de los resultados que salgan de la próxima “Pre-Convención” liberal y la “Consulta Popular” sandinista, lo importante es que en esos dos eventos políticos, Alemán y Ortega van a perder control hegemónico sobre un amplio sector de sus partidos.
Hasta hace poco, los discípulos del sandinismo y el liberalismo ortodoxo no se atrevían a decir públicamente lo que pensaban de sus dirigentes y menos desafiar la hegemonía de sus caudillos. Los preparativos para los dos grandes encuentros políticos de este mes, en que ambos partidos seleccionarán sus candidatos a la Presidencia, han servido para sacar a luz pública las profundas diferencias que guardan con el Presidente Honorario del Partido Liberal y al Secretario General del Frente Sandinista algunos de sus más destacados “hermanos y correligionarios”.
Los choques entre las viejas guardias que no quieren ceder espacio y los aspirantes a una democratización de esos partidos, por ahora se han resuelto con la moda de las inhibiciones, que no son más que manifestaciones de fuerzas débiles y cobardes ante la posibilidad de una competencia justa.
En el lado liberal, la “rebelión” adquirió su mayor expresión recientemente con el respaldo de don Jaime Cuadra al Lic. Eduardo Montealegre y además, con el grito de independencia de José Rizo, quien sin salirse del partido ha entrado en abierta confrontación con Alemán y su poder “prebendario” del que abusa para cooptar el partido. Paradójicamente, Alemán es ahora el principal adversario político de estos dos sectores del liberalismo.
Ninguno de ellos esconde su decepción en una lucha desigual en contra de la voluntad “autocrática” del “jefe”, quien durante las fiestas de diciembre y Año Nuevo pasó tejiendo los hilos de la ilegalidad partidaria, las prebendas y la coacción sobre convencionales y otras fuerzas políticas para conservar el poder que se le termina este año con las elecciones presidenciales.
Lograr que el voto sea secreto en la “Pre-Convención”, es aparentemente la única esperanza de los candidatos liberales que desafían a Alemán. Ellos apelan a este instrumento fundamental de la democracia para rescatar la conciencia y la dignidad de los convencionales de ese partido, el que después de la selección del candidato tendrá dos oportunidades: fortalecerse ajustándose a un proyecto de nación que sólo es posible independizándose de Alemán, o debilitarse respaldando al futuro diputado del Pacto Liberosandinista.
El posible “dedazo triunfal” de Arnoldo Alemán en la “Pre-Convención” del próximo domingo le restará legitimidad a ese candidato liberal ante el electorado nicaragüense y asimismo, profundizará la crisis entre el propio Alemán y las figuras relevantes del partido que promueven su democratización. Si gana la dictadura del “dedazo”, Alemán pierde autoridad moral y política para negociar la unidad del supuesto “voto democrático”.
A los candidatos liberales aplastados por la dictadura del partido y maltratados por su líder, se les va a dificultar seguir guardando las espaldas al “hombre”, que con sus torpezas los desprestigia. El liderazgo de Alemán comenzará a diluirse, al ritmo que sus nuevos rivales políticos ventilen los atropellos a los estatutos partidarios y las irregularidades cometidas por el Presidente del Partido que hace lo que le dice el Presidente de la República.
Los inhibidos de Alemán tienen dos oportunidades: agachar la cabeza y por temor al sandinismo plegarse a la voluntad de Alemán en un partido sin prestigio y sin espacio para trascender. La otra salida es sacudirse la traición de su ex jefe, buscar nuevas opciones verdaderamente democráticas y reconocer públicamente que Alemán impide la unidad de los demócratas en Nicaragua.
Es un error creer que esta última posición ensancha las puertas para el peligroso retorno de Daniel Ortega al poder. Por el contrario, es la debilidad y el conformismo de las fuerzas democráticas en alianzas antidemocráticas alrededor de un liderazgo corrupto, lo que fortalece la posibilidad de un regreso de Ortega, cuestionado y desafiado en su mismo partido, como una amenaza real para la estabilidad y seguridad futura de Nicaragua.
A diferencia de Alemán y su partido, Daniel Ortega pareciera que no va necesitar de fraude, ni trampas para ganar la supuesta “Consulta Popular” sandinista. Sin embargo, al igual que en el partido liberal, la posible victoria partidaria de Ortega quedará atrapada y disminuida en la contradicción de los resultados y los justificados temores de la población y la comunidad internacional a su candidatura.
Sus rivales políticos en esta especie de primaria sandinista tendrán la satisfacción personal que dicen tener en una misión imposible: intentar democratizar el totalitarismo desde adentro. Sin embargo, no tendrán credibilidad para justificar, defender o promover la candidatura de Ortega con quien han querido establecer diferencias profundas en sus discursos de campaña.
Los candidatos sandinistas, Alejandro Martínez por su lado y Víctor Tinoco por el suyo, han establecido distancia entre el caudillo que divide el país y ellos, que se presentan como nuevos líderes del sandinismo, con un proyecto de unidad y propuestas de consensos democráticos con distintas fuerzas políticas.
Al igual que los liberales, las fuerzas sandinistas de Martínez y Tinoco tienen dos posibilidades ante otra victoria de Ortega en el partido: agachar la cabeza y soñar despiertos con mejores oportunidades partidarias en el 2005 o buscar nuevas opciones verdaderamente democráticas y rechazar la candidatura de Ortega como un peligro que nos llevaría de nuevo a la postración de Nicaragua.
Los resultados previstos en la “Pre-Convención” liberal y en la “Consulta Popular” sandinista tienden a debilitar el liderazgo de los caudillos. Sorpresas de última hora, con la victoria de un candidato independiente será también un golpe al bicaudillismo.
Cualquiera de estas dos únicas oportunidades deben ser aprovechadas por las fuerzas democráticas del país para promover una verdadera Convergencia Nacional, una tercera vía sin Alemán y sin Ortega, que son figuras de un pasado oprobioso que no debe volver, ni repetirse en la Nicaragua del Siglo XXI.