Ernesto Rivas Solís
El Cardenal Miguel Obando y Bravo, Arzobispo de Managua, a veces nos sorprende al externar su opinión sobre asuntos del país. Su actitud parece ser siempre conciliatoria -o tolerante, diría yo- con la escogencia de frases y opiniones que tratan de no herir a nadie, aunque con frecuencia perjudican a muchos. Dentro de sus cambios de actitud, hemos visto al Cardenal coquetear con el somocismo, caminar con el sandinismo ateo, o jugar a la cuerda floja.
Le hemos visto equivocarse, así como en algunas ocasiones ser acertado en sus alocuciones. Pero nunca antes había hecho un pronóstico del futuro como lo hizo esta Navidad, cuando súbitamente nos anunció que “vienen tiempos difíciles para Nicaragua en el año que se avecina”. Eso lo puede decir cualquier hijo de vecino en este atribulado país, donde los tiempos difíciles son los de todos los días, sin que sea necesario que se celebren elecciones o que surjan tensiones políticas o que se celebre la Navidad para recordárnoslo.
“Mientras seamos egoístas y sólo pensemos en cosas personales, de partido o grupos, no tendremos una visión más amplia y ver qué es lo que más conviene al bien común”. Otra lapidaria frase que crece en importancia porque viene de un prelado de la Iglesia, pero que en el fondo se ha venido repitiendo por parte de todos aquéllos que pensamos que el bienestar común sólo crece cuando decrece el bienestar personal. Cuando se pierde la línea divisoria entre “lo mío” y “lo nuestro” se pierde la perspectiva de la realidad y caemos en los brazos de la codicia. Es entonces que perdemos la noción de nuestra verdadera misión como seres humanos y como ciudadanos. Es entonces cuando abandonamos a nuestros hermanos para convertirnos en explotadores del prójimo.
En cuanto a la intenciones de los liberales y conservadores de establecer una alianza electoral, dijo el Cardenal: “Yo creo que deben ser pensantes todos los nicaragüenses y ver qué es lo que más conviene. Si ellos creen que es por buscar el bien común que la hagan, si no les conviene que no la hagan, pero creo tienen que obrar con mucho discernimiento y de ahí vienen las luces del Divino Espíritu”.Con esto el Cardenal nos habló simplemente de “ellos”, cuando tenemos que pensar más en nosotros, como conglomerado nacional, como ciudadanos responsables de una nación. Todo eso somos “nosotros” todos, y no podemos limitarnos a hablar de “ellos” porque es abandonar una parte del rebaño dejándolo al garete para escabullirnos de nuestra propia responsabilidad.
Mucho ha opinado el Cardenal en la vida nacional de los últimos cuarenta años. Hasta la vez nunca hemos escuchado soluciones. Hablar del bien y del mal como algo esotérico, sin señalar quién o qué representa el mal y cuál el bien, no conduce a indicarnos el camino de la verdad.
En cuanto a predicciones, las más recientes son tan evidentes, que verdaderamente nos sorprende que el Cardenal haya osado pronunciarlas. Si vamos a confiar en el más alto prelado de la Iglesia Católica, tenemos que recibir de él los lineamientos que nos guíen hacia una salida honrosa de nuestros problemas actuales. Los males que enfrentamos hoy -que ya estamos palpando- y los que enfrentaremos mañana -que ya estamos vislumbrarnos- no son nuestra expectativa del guía que supone llevarnos a tierras de salvación y de justicia. Lo que va a suceder, ya lo sabemos. Lo que no hemos aprendido aún es cómo evadirlo. Y eso es, precisamente lo que queremos oír.
* El autor es periodista, reside en Miami.