Civiles panameños yacen acostados en el pavimento, con los brazos abiertos, vigilados por los marines. Una escena de hace once años en la capital canalera.

Aviso de invasión a Panamá llegó por el hilo telefónico

Casi a la medianoche del 19 de diciembre de 1989, el embajador sandinista en Panamá, Antenor Ferrey, recibió desde Managua una llamada advirtiéndole que “estaba en marcha” una invasión norteamericana Eduardo [email protected] Once años atrás, decenas de familias nicaragüenses -al igual que el país- permanecieron en vilo durante varios días, después que la 82 División […]

  • Casi a la medianoche del 19 de diciembre de 1989, el embajador sandinista en Panamá, Antenor Ferrey, recibió desde Managua una llamada advirtiéndole que “estaba en marcha” una invasión norteamericana

Eduardo [email protected]

Once años atrás, decenas de familias nicaragüenses -al igual que el país- permanecieron en vilo durante varios días, después que la 82 División Aerotransportada de la Marina de Estados Unidos tomara por asalto la Ciudad de Panamá y las principales cabeceras del país, para derrocar y detener al General Manuel Antonio Noriega, bajo cargos de narcotráfico.

Ciento cincuenta comerciantes nicaragüenses se quedaron varados en los hoteles Pacífico e Ideal, como virtuales “rehenes de la invasión”. Al mismo tiempo, la Embajada y residencia del embajador sandinista, Antenor Ferrey, eran sitiadas por los marines, con el respaldo de helicópteros Cobra y tanques blindados.

Ahí quedaron como “rehenes” de las tropas norteamericanas el embajador Ferrey y sus dos hermanos junto a sus esposas, asimismo, personal de la Embajada y varios funcionarios nicaragüenses que andaban incluso en “misiones secretas”.

Los tres hermanos Ferrey quedaron entrampados en un drama familiar y político. Los tres coincidieron en el mismo lugar por razones del destino.

LA PRENSA recopiló dos testimonios que describen la tensa situación que se vivió en la sede diplomática nicaragüense en Panamá y la residencia del embajador Ferrey, hecho que constituyó uno de los últimos episodios de la ‘Guerra Fría’.

William Ferrey llegó a Panamá el 19 de diciembre de 1989 para realizar compras de rutina de 18,000 kilos de colorante de camisetas que necesitaba la empresa textil para la que trabajaba. Como siempre, se hospedó en casa de su hermano Antenor, el embajador nicaragüense en Panamá, con la sorpresa de que su tercer hermano, Alvaro, también se encontraba de vacaciones en la ciudad canalera.

Los tres habían pertenecido al Frente Sur durante la insurrección sandinista a fines de los setenta. Dos de ellos, Antenor y Alvaro, eran mayor y teniente coronel del Ejército Popular Sandinista (EPS), respectivamente. Incluso, Alvaro Ferrey había estado 17 meses de agregado militar en la Unión Soviética.

Nada entonces hacía presagiar una invasión militar estadounidense.

La noche de la invasión Alvaro y William Ferrey estaban en la casa de su hermano, el embajador nicaragüense, la cual estaba ubicada en un reparto de lujo..

Los hermanos Ferrey compartían unos tragos navideños, a excepción del embajador Antenor, quien estaba descansando en su cuarto, cuando se recibió una llamada telefónica desde Managua, que levantó despavorido de su cama al diplomático nicaragüense.

La misteriosa llamada, probablemente del Estado Mayor del Ejército Popular Sandinista (EPS), le indicó al embajador Ferrey que había información precisa de que algo grave sucedería. El diplomático se dirigió a la Embajada nicaragüense y les pidió que no salieran de casa… media hora después llamó a sus hermanos para avisarles que una invasión militar norteamericana estaba en marcha.

“Mi hermano (el embajador) nos llamó desde la Embajada y nos dijo que ocurriría la invasión”, recordó William Ferrey, “a la media hora estaban los bombazos, vimos que se desapareció el policía, nos sentíamos como presos”.

“Horas después amaneció la invasión”, relató William Ferrey a LA PRENSA, desde su quinta en Esquipulas.

VIGILANTE PANAMEÑO SALIO CORRIENDO

Ferrey refirió que tenían la impresión de que el próximo paso de Estados Unidos sería invadir militarmente Nicaragua, “ya que sabíamos que en Managua se había rodeado con tanquetas la Embajada de Estados Unidos”.

Días después de la invasión había una constante vigilancia de los marines en los alrededores de la casa del embajador, al mismo tiempo que los vecinos bloquearon la calle de acceso con piedras, palos y latas.

En la Embajada nicaragüense se asilaron decenas de personas: nicaragüenses que andaban de compras, un periodista panameño y su esposa. Mientras, en la casa del embajador se asiló la mamá de los jefes de los llamados “Machos de Monte”, el cuerpo élite de Noriega, cuyo jefe vivía a pocas casas de ahí.

Llegó un momento en que los que estaban en la Embajada nicaragüense y la residencia del embajador se sentían rehenes de la invasión. Faltaron los alimentos. El 29 de diciembre los marines armados de M-16 rodearon la Embajada de Nicaragua con alambres de púas y tiraron encima una cinta fluorescente para facilitar la visualización nocturna de los helicópteros. Además fue bloqueada la Embajada de Cuba.

El día anterior hubo un patrullaje nocturno intenso. En la casa del embajador solamente había un policía panameño que al momento de la invasión dejó tirada su arma de reglamento, su kepis, la silla en la que vigilaba y se esfumó.

“Ni modo, dijimos, decidimos turnarnos para hacer vigilancia”.

MANIQUIES VIGILANDO

Elisa Maturana y su esposo Alvaro Ferrey, un teniente coronel del Ejército Popular Sandinista (EPS), llegaron a Panamá procedentes de México en el último vuelo que aterrizó antes de la invasión, cerca de las once de la noche del 19 de diciembre de 1989.

“No habían pasado cinco minutos de haber llegado a la casa de Antenor (el embajador nicaragüense) cuando escuchamos detonaciones y vimos por la ventana los cohetazos que después supimos venían desde los helicópteros Cobra (que a mis ojos parecían tener una extraordinaria habilidad para quedarse estacionados lanzando cohetes sin inmutarse) y que hicieron polvo las zonas de Chorrillos y otras áreas de la ciudad, esa era la primera vez en mi vida que iba a Panamá”, recordó Maturana, ahora residente en Jamaica.

Maturana dice haberle parecido increíble la posibilidad de estar presenciando una invasión militar estadounidense, pero cuando poco después el general Manuel Antonio Noriega habló por radio con voz de espanto, ella se rindió a la veracidad de los hechos y en casa del embajador decidieron ponerse “bajo alerta”.

En la casa del embajador, su hermano Alvaro Ferrey, ex jefe de tropas militares en el norte de Nicaragua, asumió la seguridad de la casa y estableció rutinas de guardia mientras los demás dormían.

Días después, alrededor del 29 de diciembre, las rutinas de vigilancia se habían relajado al punto que los hombres ponían un maniquí en una de las ventanas para hacer la vigilancia.

MARINES AL ASALTO

Esa tarde, Roberto Gutiérrez, ex vicepresidente del Banco Central de Nicaragua, quien se asegura andaba en una “misión secreta”, se encontraba leyendo en el estudio de la residencia del embajador Ferrey, cuando divisó tropas norteamericanas asaltando la vivienda. De inmediato dio la voz de alarma.

“Roberto salió corriendo pálido del estudio, dándonos la alarma y diciendo que habían tropas frente a la casa. En ese instante recuerdo haber volteado a ver al patio y a cada costado de la casa avanzaban dos columnas de soldados que se movían rápidamente y agachados, con los fusiles apuntando hacia delante”, recordó Maturana.

Mientras Alvaro Monterrey llamaba a su hermano, el embajador, para informarle del sitio, Maturana llamó a la jefatura del Ejército logrando comunicarse con Ramiro Contreras, asistente personal del Jefe del EPS, Humberto Ortega Saavedra.

“Yo que no podía ni hablar del pánico, le dije entrecortadamente lo que pasaba y puse el auricular para que oyera los llamados que por altavoz hacía un tipo (creo que puertorriqueño por el acento), pidiéndonos salir con las manos en alto. Fue todo rápido. Le dije (a Ramiro Contreras) que avisaran a la Cancillería para que hicieran algo y corté la llamada”, refirió Maturana.

HELICOPTERO COBRA SOBREVOLABA LA CASA

Maturana recuerda que las rodillas le temblaban, “como nunca antes en mi vida”. Arriba de la casa, sobrevolaba uno de los helicópteros Cobra que bombardearon Chorrillos la noche de la invasión y pensó: “¡Qué suerte la mía, ahora mis tres hijos (de 1 1/2, 3 y 7 años) se quedaron huérfanos de padre y madre”.

Poco después llegó el embajador Ferrey, quien entró en una fuerte discusión con el jefe del destacamento militar norteamericano, tratando de frenar el asalto a la residencia. Entre alegatos y forcejeos, se armó una trifulca entre el jefe de los marines y el embajador sandinista, de modo que quienes estaban en la casa se dirigieron a ayudar al diplomático y a no permitir que los marines ingresaran.

“Yo me puse en la puerta con los brazos extendidos para impedir el paso y aguanté un ratito, pero empujaron fuerte entre varios y por poco me aplastan, así que me arrastraron con ellos para adentro y entré al estudio para intentar llamar de nuevo a la Cancillería, pero se vino un negrazo que me arrebató el teléfono y hasta arrancó el cable de la pared”, recordó Maturana.

“Así que le pegué los dientes en la mano donde tenía el teléfono, pero me dio un empujó y tiró el teléfono. Yo estaba furiosa y vi que él tenía un teléfono militar pegado al uniforme y me le lancé encima para tratar de arrancárselo, pero era durísimo el condenado, así que me colgué del teléfono y no lo soltaba. En eso vi que otro, un chele menos alto, estaba abriendo los gabinetes del archivador y me descontrolé. Me tiré encima de ese otro y le di un manotazo en la mano para que se apartara, pero el negrazo me agarró y me levantó en el aire”, refirió Maturana.

“Creo que fue allí -no lo recuerdo exactamente- cuando ya no podía hacer mucho más, porque me tenían alzada de los dos brazos, que empecé a escupirle a la cara”.

Finalmente, cuando habían tomado la casa, “nos tenían a nosotros afuera de espalda a la pared y apuntándonos con sus fusiles, el jefe dio la orden de retirarse y dejar todo en orden”.

Después del torbellino del asalto, se agilizaron los planes para poder salir con seguridad de Panamá, lográndose al fin coordinar el regreso a Nicaragua el 31 de diciembre, llegando todos sanos y salvos en un vuelo de Aeronica.

William Ferrey todavía recuerda las propuestas de un ex guerrillero panameño que había integrado la columna “Victoriano Lorenzo” en el Frente Sur, junto a su compatriota Hugo Spadafora, quien le solicitó ayuda para crear focos de resistencia a la invasión militar, diciéndole que podían luchar juntos como en los viejos tiempos, pero ya mucha agua había corrido bajo el puente desde aquel entonces.

HUMBERTO ORTEGA AMENZAO CON «CORTE Y EJECUCION»

Horas después de la invasión militar a Panamá, el Ejército Popular Sandinista sacó a las calles tanquetas y cañones, declarándose en “máxima alerta militar”, al mismo tiempo que tanquetas rodeaban la Embajada de Estados Unidos.

Aquel 27 de diciembre de 1989, a las puertas de las elecciones presidenciales del 25 de febrero de 1990, el general Humberto Ortega Saavedra, jefe del EPS, emitió un comunicado en el cual advertía que procederían a “aplicar los planes de neutralización, de corte y ejecución de todos aquellos elementos vendepatria más recalcitrantes, que tanto abierta como solapadamente han venido alentando la intervención yanqui”.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí