- Me causa risa escuchar a algunos tratando de contraponer el mercado a la Navidad. Ciertamente que la Navidad no es el mercado, pero es éste el que la hace más alegre con la posibilidad de intercambiar regalos
Jorge Salaverry [email protected]
De las distintas épocas del año, la de navidad es mi favorita. El espíritu que anima la temporada cala hasta lo más hondo del corazón humano, transformando todos los ambientes, y, de una forma u otra, a todas las personas. Ese espíritu se siente presente en cualquier rincón del orbe donde el cristianismo ha llegado. Por diversas razones me ha tocado pasar la Nochebuena en diferentes países, pero en todos ellos, ya sea rodeado de nieve y de frío, o en el confortable clima tropical de nuestra querida Nicaragua, la sensación que siento es la misma.
Es una época para dar y recibir, y por eso es que no deja de sorprenderme cuando escucho críticas sobre lo “comercializada” que está la Navidad. No sé qué es lo que precisamente querrán decir con eso, pero supongo que se refieren a la enorme actividad de compra-venta que se observa en los establecimientos comerciales. ¿Pero cómo podría ser de otra manera? ¿Cómo podría uno satisfacer ese deseo de regalarle algo a otra persona si no es comprando en las tiendas conforme a las posibilidades de cada uno? Lo que se aprecia en la época navideña es el mercado al servicio de nuestros deseos de compartir con otros. Y por eso es que me causa risa escuchar a algunos tratando de contraponer el mercado a la Navidad. Ciertamente que la Navidad no es el mercado, pero es éste el que la hace más alegre con la posibilidad de intercambiar regalos.
Un día de estos entré a navegar a Internet, y por pura curiosidad escribí la palabra Navidad en el buscador de Yahoo. En su versión en español salieron 71 sitios diferentes. En la versión en inglés salieron nada menos que 1,851 páginas web -sin contar la infinidad de posibles conexiones-en las que uno puede enterarse de cualquier aspecto que le interese respecto a la Navidad, o comprar cibernéticamente los regalos de la temporada. Que no todos tienen la posibilidad de hacerlo, dirán algunos. Cierto. Pero lo que hay que procurar es que cada vez más y más gente tenga acceso a esas posibilidades, lo que, obviamente, no se logra condenando tontamente al mercado.
La costumbre de regalar no es invento de unos “comerciantes ávaros”, como parecen creer aquellos que padecen de una aversión profunda a todo lo que tenga que ver con el mercado. Recordemos que la costumbre se origina en aquellos regalos de oro, incienso y mirra que los Tres Reyes Magos llevaron consigo cuando fueron a la pequeña cueva de Belén para conocer y adorar al Niño Jesús, el Salvador del mundo. De ese acontecimiento remoto, pero siempre presente e infinitamente relevante para la humanidad entera, es de donde se deriva todo. Un niño en un pobre pesebre. Ese es el verdadero espíritu navideño que, sin que nos demos cuenta, nos toca a todos.
Ese Niño es el que ha inspirado la música más bella y humana de la historia, y siempre que uno tenga presente a la persona que la anima, se puede disfrutar a plenitud y por igual en cualquiera de sus diversos géneros, ya sea escuchándola en forma de villancicos populares en el calor del hogar, o escuchando a una sinfónica italiana interpretar el espectacular Concierto de Navidad en la Basílica de San Marcos en Venecia. El espíritu es el mismo.
La fuente inspiracional que emana del pesebre de Belén es inagotable. De ahí surgen desde los actos más nobles y generosos, hasta las pequeñas cosas y detalles que alegran nuestra vida en estos días, como son los adornos navideños, las tarjetas postales, las recetas de cocina, los cuentos e historias para niños, las cartas al Niño Dios y a los Reyes Magos, las canciones, los juegos navideños, las posadas, los juguetes, los árboles de Navidad, los trineos, el infaltable y pintoresco Santa Claus, y un sinmúmero de tradiciones y costumbres de todo tipo en el mundo entero.
Lo que no debemos perder de vista es que es una persona la que inspira todas esta pacífica y placentera temporada. Es la persona de ese pequeño niño nacido en Belén hace 2000 años. Deseo que el espíritu amoroso de esa persona se haga presente entre nosotros para que inunde nuestros corazones con Su paz y Su alegría en estas navidades y en el año entero por venir.
* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la Universidad Thomas More.