Poco a poco los nicaragüenses nos hemos venido convenciendo de que la mejor forma de instalar y cambiar gobiernos no es recurriendo a revoluciones ni a golpes de Estado, sino ejerciendo el derecho al voto. Es por eso que en las dos últimas elecciones nacionales el número de personas que concurrieron a las Juntas Receptoras de Votos fue bastante alto en comparación con el grado de participación ciudadana en otros países de la región. En todo país civilizado, el voto se ha convertido en la única forma aceptable para elegir representantes a cargos públicos. Pero para que el sufragio pueda cumplir con su función a cabalidad tiene siempre que ser universal, libre, igual, directo y secreto.
Es curioso que mientras los ciudadanos manifiestan una voluntad democrática cada vez mayor, los partidos políticos no avanzan a un ritmo similar. Tradicionalmente en nuestro país, los partidos han sido instrumentalizados por caudillos que los manejan a su gusto y antojo. Dentro de ellos, la práctica democrática para elegir candidatos a cargos de elección popular mediante votaciones que reflejen el sentir y la voluntad de sus cuerpos electores ha estado prácticamente ausente, resultando por ello candidatos que sólo representan la voluntad y el deseo del caudillo o mandamás del partido. Son los famosos candidatos “de dedo” que, cada vez con mayor frecuencia, tienden a ser rechazados por los electores.
Pero al fin y al cabo los partidos políticos están compuestos por esos mismos ciudadanos que han ido aumentando su aprecio por el valor del voto, y sienten, por lo tanto, una fuerte presión interna para abandonar formas corruptas y arcaicas de elegir candidatos y de sustituirlas por mecanismos modernos y participativos. Sienten, en otras palabras, una fuerte presión para democratizarse internamente. Eso es algo sano y altamente deseable, porque la forma en la que se maneja internamente un partido es una clara indicación de cual será su comportamiento si alcanza el poder político. Además, que los votantes se inclinan a participar con mayor entusiasmo cuando perciben que los candidatos son producto de una elección primaria y no de una imposición caudillesca.
Varias organizaciones políticas tendrán a principios del próximo año la oportunidad de demostrar si los valores democráticos han penetrado en sus estructuras con la misma fuerza con la que han calado en la ciudadanía en general. De esos partidos, el primero que elegirá a sus candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República será el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), que lo hará el 14 de enero próximo. Son cinco los precandidatos que se disputan la nominación para representarlo en las elecciones generales del 2001.
Aún está por verse si el voto para seleccionarlos será secreto o no. Los estatutos del PLC dejan en manos de los convencionales esa decisión. No hay duda de que un voto secreto le permitiría a los más de 400 convencionales —o electores— expresar el sentir de su conciencia con plena libertad. Por el contrario, un voto a mano alzada o por aclamación, no lograría tal cosa, ya que los convencionales estarían sujetos a fuertes presiones de parte del caudillo de ese partido. Un candidato que fuera elegido por un mecanismo así, no solamente estaría minimizando sus posibilidades de triunfo en las elecciones del próximo año, sino que estaría frenando el avance de la democracia en Nicaragua. De manera que en los convencionales hay una enorme responsabilidad que ellos deben saber manejar con el mayor sentido democrático y patriótico.
Después de que el PLC escoja a sus candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República a mediados de enero, le corresponderá el turno de hacerlo al Frente Sandinista el 21 de ese mismo mes, y posiblemente en febrero lo hagan los conservadores. De seguro que el electorado nicaragüense seguirá con atención los procedimientos y mecanismos que utilizarán los partidos para elegir a sus candidatos. Le corresponde a las organizaciones políticas demostrar si están o no a la altura de las expectativas de los ciudadanos.