- n Una niña de siete años de edad fue salvajemente violada y asesinada en uno de los crímenes más espeluznantes registrados en Diriamba
Anuar Hassany Emiliano [email protected]
La cuartería Solano es uno de los más conocidos puntos de referencia en la ciudad de Diriamba. Ubicada muy cerca del cementerio, se trata de un enorme conglomerado de frágiles y viejos cuartos de tablas que ocupan los cuatro costados de un terreno de una manzana de extensión, en cuyo centro, un gran patio exhibe una tupida maraña de alambres para colgar ropas y acoge los servicios dizque higiénicos que comparten los centenares de moradores de la vecindad.
A su dueño, César Solano, aquel gueto le proveía de las entradas, no tan cumplidamente enteradas por sus inquilinos, que le servían para mantener a su familia.
En uno de aquellos cuartos vivía, allá por 1955, una hermosísima mujer llamada María Teresa Espinoza, más familiarmente conocida por sus vecinos como la “Teresona”, en reconocimiento a su poco común estatura.
Hacía algunos años había regresado a su Diriamba natal después de una corta incursión por Managua durante la cual no pudo conservar su matrimonio con Pedro Cruz Mercado, un matarife del viejo rastro de la capital apodado Pedrón en homenaje a su corpulencia. Cruz Mercado se quedó en Managua y su mujer regresó a Diriamba con la pequeña Guadalupe, única hija de ambos.
La mujer y su pequeña hija, que había heredado la guapa fisonomía de su madre, se instalaron en uno de los cuartos de Solano en donde, para seguir una tradición paterna, Teresa abrió un pequeño estanco en el que expendía tragos de aguardiente a una clientela que llegaba no tanto para degustar su mercadería como para admirar sus encantos personales y probar suerte con la guapa cantinera.
El frecuente trato masculino y una al parecer congénita afición de la cantinera terminaron por erosionar su endeble soledad y llevarla a gozar nuevamente de la vida en pareja.
Hay que reconocer que, al menos en lo estético, su elección no fue desacertada pues el escogido, Francisco López Lezama era un joven de gran atractivo físico. De sus cualidades no visibles ninguna de las personas que consultamos pudo darnos las mínimas referencias.
Sin embargo, que era un mantenido saltaba a la vista pues sin tener un trabajo se daba algunos gustos imposibles de obtener para la mayoría de sus vecinos.
La pareja tendría unos dos años de convivir cuando la tarde del domingo 20 de septiembre ( durante nuestras investigaciones encontramos algunas discrepancias en meses y años pues algunas personas con quienes consultamos afirman que los hechos ocurrieron en 1960 y otras en 1955 en diferentes meses) la pequeña Lupita, a la sazón de siete años de edad, desapareció.
La búsqueda, que abarcó la casa del abuelo materno donde funcionaba una cantina y las calles aledañas al templo parroquial adonde la curiosidad de la niña pudo haberla llevado atraída por los espectáculos del Toro Huaco y La Gigantona, concluyó infructuosamente bien entrada la gélida y ventosa noche.
Alguien dijo haberla visto con un hombre alto en dirección de la pulpería de Julio Lindo. Pero en la cabeza de la madre había entrado la sospecha de que su hija había sido llevada a Managua por su padre, que nunca se conformó con su separación.
No bien amaneció, la mujer tomó un filoso cuchillo por si acaso debía necesitarlo en su enfrentamiento con su ex marido y abordó el primer autobús en dirección a la capital.
Pedro Cruz se sorprendió enormemente al ver el rostro desencajado de su ex mujer a tan tempranas horas de la mañana. Y su sorpresa subió de punto al enterarse del motivo que la había llevado hasta su casa.
Cruz negó haberse llevado a la niña y, por la vehemencia con que lo decía, había que creerle.
La última esperanza de la madre se esfumaba. Sin pronunciar una sola palabra, padre y madre coincidieron en el pensamiento en que algo malo pudo haberle ocurrido a Lupita.
Llevados por la angustia ambos se encaminaron hacia Diriamba, en diferentes vehículos.
En la ciudad la noticia de que el cadáver de la niña había sido descubierto en el cementerio hacía rato que mantenía arremolinada a una airada muchedumbre frente al humilde cuarto.
Teresa y Pedro recibieron la noticia como un mazazo. El cuerpo de su hijita, salvajemente violada y golpeada, había sido encontrado sobre una tumba del cementerio por el trabajador del camposanto Isabel (Chabelito) Flores al llegar el lunes a sus labores cotidianas.
Como había llovido durante toda la noche, las desgarradas ropas de la niña estaban empapadas.
Durante el funeral surgieron de entre los asistentes virulentas expresiones contra el asesino, cuya inmediata captura y castigo exigían a las autoridades policiales. Y se colaron además algunos rumores que identificaban al “hombre alto” que fue visto en la calle con la niña la tarde anterior como Francisco López Lezama, el amante de la madre.
Pero el hombre había desaparecido de la casa. La madre de Lupita dijo que el día de su desaparición, López estuvo tomando licor en la casa. El abuelo de la niña confirmó que López había estado en su negocio donde también tomó, esa misma tarde.
El jefe de la Policía de Diriamba, capitán Bernardo Mendieta, anunció días después la captura de López.
Al principio negó su responsabilidad en el crimen. Pero más tarde la admitió plenamente.
Dijo que para convencer a la pequeña Lupita de que lo acompañara a dar una vuelta por el cementerio, le ofreció una moneda de diez centavos.
“Ella se resistía porque le daban miedo los muertos pero yo insistí y la introduje en el cementerio”, confesó.
Aceptó haber violado a la niña pero rechazó su asesinato. Después que el juez del Crimen, Manuel Martínez, dictó auto de prisión en su contra, un jurado confirmó la sentencia. López fue condenado a 15 años de prisión.
Cuando un grupo de conservadores opositores del régimen de Somoza se tomó los cuarteles de Diriamba y Jinotepe el 11 de noviembre de 1960, López fue liberado junto con los demás reos.
Según la versión que sitúa los hechos en 1955 habría pasado cinco años en la cárcel. Si, según otra versión, el caso se produjo en septiembre de 1960, López estuvo solamente dos meses en prisión.
Uno de las colaboradores en la elaboración de esta crónica nos dijo que López fue muerto años después durante una riña en un burdel.
El padre de Lupita murió hace unos dos años en el poblado caraceño de San Gregorio donde, ya anciano, se refugió en casa de un primo llamado Ventura Pérez. La madre de Lupita vive aún en Diriamba.
MUCHA CONFUSION
Pocos casos como éste han generado tanto repudio en Diriamba. También en pocos casos se ha producido tanta discrepancia en fechas y nombres.
– Los archivos periodísticos sitúan el hecho el 20 de septiembre de 1960 pero no hablan nada de la relación entre el asesino y la madre de la víctima.
– En cambio algunas personas, varias de ellas abogados cuya colaboración solicitamos para la elaboración de esta crónica, lo ubican en 1955.
– El asesino es identificado indistintamente como Francisco López Lezama y Francisco Rosales. Quienes lo identifican con este último nombre afirman que su madre aún vive en Diriamba.
– Otra version afirma que Lopez Lezama fue capturado en el ingenio Amalia, de Rivas, adonde habria huido despues de cometer el crimen.
– Al ser capturado el violador presentba huellas de golpes en la mano derecha y estba sumamente agitado.
– Su culpabilidad habria quedado demostrada a traves de los examenes practicados en la ropa y u;ñas del sospechoso, en las que habia sangre de la niña.
– Sin embargo, las personas consultadas aseguraron que Lopez nunca salio de Dirtiamba despues del crimen.
– La verdad es que después del 11 noviembre de 1960 no se volvió a saber de él.
VESTIDO DE BLANCO
El jurado de Francisco López fue trasmitido en vivo por radio Diriamba, que se adjudicó con esa actividad un rotundo éxito.
López llegó a la sala de jurados vestido de punta en blanco, como solía hacer corrientemente.
La actividad se llevó a cabo en el local de la Alcaldía, pues las instalaciones del Juzgado no hubieran dado cabida a la gran cantidad de público que se congregó para esperar el veredicto del jurado.
(Con la colaboración de Ramón Romero Mercado, Luis Mojica Sánchez, Leonel Tapia Valverde y Guillermo Molina Robleto).