De la familia depende el futuro

  • El hombre viene a ser heredero del pasado, que en él se va transformando en el futuro: no sólo futuro de la propia familia, sino también de la nación misma y de toda la humanidad

J. Dávila y Castellón

Con su tierno niño en brazos, una joven madre nos decía: “pensar que estoy llamada a forjar a un hombre”.

En estos tiempos de Dios se habla mucho de paternidad responsable y de maternidad responsable. Y es que dar forma a un hombre, a un ser humano, forjar su personalidad implica una responsabilidad de tal resonancia que afecta los niveles de la familia, la sociedad y la Patria, repercute en la historia.

El padre y la madre responsables educan hoy mirando hacia el futuro, acompañan y guían al niño o la niña proyectando al hombre o la mujer, encaminando a uno u otra hacia un promisorio destino.

Tremenda responsabilidad y grave deber de un padre y una madre de familia es enseñar a ser hombres o mujeres de verdad a sus hijos. Esta sublime misión la recuerda el Papa en sus enseñanzas y mensajes. He aquí unas luminosas palabras dirigidas a los padres de familia: “El hombre no está destinado a estar solo. No subsiste solitario sobre la tierra. Está llamado a vivir en comunidad. Por esto nacen las comunidades; la primera y más fundamental es precisamente la familia. Y por medio de las comunidades, la primera de todas las familias, el hombre se va formando y madurando como hombre. Así, nacido en la comunidad matrimonial del hombre y de la mujer, el hombre debe su educación a la familia. La educación, de acuerdo con el significado particular de esta palabra, está destinada a “humanizar” al hombre. El hombre, desde el primer momento de su concepción en el seno materno, gradualmente aprende a ser hombre; y este raciocinio fundamental se identifica exactamente con la educación. El hombre es el futuro de la familia misma y de toda la humanidad, pero su futuro está unido inseparablemente a la educación”, indica Juan Pablo II.

Cuando el Vicario de Cristo nos habla que la educación tiene la finalidad de “humanizar” al hombre, sin duda alguna llama la atención respecto a la necesidad de que el hombre sea lo que es, de que el hombre sea hombre, que se le ayude a desarrollar todas sus potencialidades, a descubrir todos sus talentos, a poner en juego todas sus capacidades, a descubrir todos sus talentos, a poner en juego todas sus capacidades: su corazón, su inteligencia, su voluntad, su capacidad de amor, de entrega y donación, su espíritu de solidaridad, su fraternidad, todo lo bueno, digno y noble que hay en él. San Agustín decía que “ser hombre es tener voluntad” y la voluntad de por sí se dirige hacia el bien, constituye una de las facultades más nobles que posee el ser humano. El hombre es el dueño de su propia decisión, quien puede decir “sí” o “no” a Dios, capaz de escoger libremente este camino o el otro, de colaborar a su propio crecimiento con la gracia de Dios o bien de optar por su propia destrucción, de preferir el Cielo al infierno, de decidirse por la vida en vez de por la muerte; porque posee la capacidad de responder, por ser un ser racional y libre el hombre puede aceptar o rechazar el plan de amor de Dios, de lo que dependerá, aún comenzando en esta vida, su felicidad o su desdicha. La afirmación de que “el hombre es el hacedor de su propio destino”, recuerda esta gran responsabilidad personal, familiar, social e histórica de todo ser humano.

Siempre relacionando la familia con la educación, Su Santidad expresa: “la familia tiene el primero y fundamental derecho de educar; pero le incumbe también el primero y fundamental deber de la educación. En el cumplimiento de este deber esencial, que pertenece estrictamente a su vocación, la familia va a beber en las fuentes del gran tesoro de toda la humanidad que es la cultura; y más directamente en la cultura del ambiente en donde radica. Por este orden de hechos, el hombre viene a ser heredero del pasado, que en él se va transformando en el futuro: no sólo futuro de la propia familia, sino también de la nación misma y de toda la humanidad”, concluye exponiendo el sucesor de San Pedro.  

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