La globalización de la dignidad humana

Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”

Una visión panorámica del mundo contemporáneo en relación al respeto que se merece el hombre como ser creado a imagen y semejanza de Dios, es decir, con capacidad de razonar y actuar libremente, de amar y ser amado, de ser creativo, de dominar la tierra o completar la obra de la creación, etc., nos lleva rápida y fácilmente a la conclusión de que, a medida que la ciencia y la técnica avanzan vertiginosamente, el ser humano retrocede, exactamente, en humanidad.

Cuando el progreso envanece al hombre al grado extremo de sentirse su propio dios, cuando torpemente en franco alarde de autonomía absoluta respecto a su Creador el ser humano declara su propia independencia renunciando a ser criatura en una insolente actitud de soberbia, todo se vuelve contra él y contra sus semejantes. Porque, cuando Dios es rechazado, el hombre se ve gravemente afectado, ya que todo rechazo de Dios va contra el hombre consecuentemente.

El progreso en sí constituye una bendición divina, es querido por Dios, la ciencia como tal no es peligrosa ni aparta de Dios, de lo que hay que cuidarse es de la ciencia sin conciencia, de no poner la ciencia al servicio del egoísmo y de la opresión o el aplastamiento del hombre contra el hombre y del Estado contra el pueblo, contra el mismo hombre.

Cuando el hombre pretende situarse por encima de Dios resulta atropellando su propia dignidad humana y la dignidad de los otros, no se respeta a sí mismo ni a los demás.

Desde la perspectiva del Evangelio, el hombre puede recuperar la visión de su propia grandeza y de la grandeza de sus semejantes. No deja de llamar la atención que Jesús, tanto en sus actitudes como en sus enseñanzas, destaque el respeto que le merece el ser humano y vele por la dignidad de cada persona, sobre todo tratándose de los más pobres o de alguna manera débiles y mayormente necesitados.

Antes que los psicólogos, Jesucristo nos enseña a ver al hombre, a cada hombre, a cada ser humano, como un ser único e irrepetible. Vale más un pecador –UNO– que se arrepiente que noventa y nueve justos que no necesitan hacer penitencia. El buen pastor va en busca de UNA oveja perdida y deja a las noventa y nueve ovejas en el redil. El padre misericordioso vive esperando a UNO de sus hijos que se fue de casa, y lo abraza y besa, lo recibe con una gran fiesta a su regreso, porque ese UNO se había perdido y ha sido encontrado, estaba muerto supuestamente para el padre y ha sido recuperado con vida. A una mujer se le pierde una moneda –no dos, ni diez ni cien monedas, sino UNA, y cuando la encuentra se alegra y lo comunica a sus vecinas para que participen de su alegría. Con estos mensajes el Señor nos dice: “cada persona es valiosa a los ojos del Padre y a mis propios ojos, muchísimo más que una oveja, infinitamente más que una moneda por valiosa que ésta sea” y nos invita a respetar a cada hombre, a cada mujer, a cada joven, a cada niño o niña en toda su personalidad individual como ser único e irrepetible, a ver a cada quien como sujeto y no como objeto o cosa que pueda ser usada, manejada, utilizada, abusada o atropellada en su dignidad humana.

Jesús trató con sumo respeto a todos los que encontró a su paso: a las prostitutas, a los ladrones, a los pecadores públicos y a los enfermos, como persona, no como masa amorfa ni como número; incluso al tratar a la gente en su conjunto, como pueblo, quiso resaltar la tremenda dignidad del hombre adquirida en mayor profundidad, amplitud y grandeza dentro de su Reino al proclamar a todos sus seguidores de todos los tiempos: “Ustedes son la luz del mundo”, “ustedes son la sal de la tierra”, “ustedes son fermento”.

La ciencia, la política, la economía, la cultura, todo debe estar al servicio del hombre, todo debe orientarse a respetar al hombre en todas sus áreas, como ser personal y social, a todos los niveles, todo debe pensarse y realizarse en función del hombre para la gloria de Dios. Hay que salvar al hombre desde el Evangelio, desde la globalización de la dignidad humana y cristiana, a todo el hombre y a todos los hombres.  

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