- Nos despedimos de todos y les dimos las gracias, en especial a la Meyaya sin saber que era la última vez que veía a su hijo con vida
Camilo Fernández Gurdián
(II y última parte).- Luego de este recorrido tan refrescante y confortador nos enrumbamos hacia Matagalpa. Al llegar al teatro ya había gente que lo esperaba. Inmediatamente se le arrimó uno y otro y otros más y así yo me aparté para no interrumpir y me quedé en un grupo donde encontré viejos amigos que me alegré de ver. Llegó la hora de entrar al teatro; se sentía en el ambiente cierto nerviosismo pues era incierta la situación; había una tensión que presagiaba problema, no obstante, Jorge lucía sereno.
Inauguró la sesión “Monseñor Barni”, con un mensaje lleno de amor y de paz. Luego Jorge se hizo cargo de dirigirla en una forma académica y moderada. La reunión fue azuzada por una claque desde la calle que posteriormente entró al teatro gritando consignas e insultos que nada tenía que ver con lo que ahí se trataba. Sin embargo, Jorge logró mantener en control a toda la gente que se encontraba en el acto, a quienes no les faltaban las ganas para sacar a los que no tenían nada que hacer allí. Después del teatro pasamos a la casa de la Cooperativa en donde la Directiva se reunió a analizar la Asamblea, yo externé mi opinión invitado por Jorge, ya que no soy cafetalero, ni tenía vela en ese entierro, pero era un problema nacional.
Terminada esta reunión nos dirigíamos a Santa María, y al pasar por la residencia de un amigo en común, Jorge me preguntó que si nos quedábamos un rato, cosa que muy agradablemente acepté. Allí la señora de la casa nos atendió y por último el rato se volvió almuerzo. Hubo que echarle agua a la sopa, pues ya éramos demasiados los paracaidistas.
Como a las 4:00 nos fuimos a Santa María y Jorge atendió unas cuantas cosas más. Estábamos supuestos a venirnos esa noche. El me preguntó que si no tenía inconveniente en que nos quedáramos para el día siguiente, aún sin imaginarnos que esa sería su última noche.
Después de medio cenar (ya que acabábamos de almorzar), subimos a la casa a querer prender nuevamente la chimenea y de vuelta el gran problema: no teníamos fósforos para encenderla y mientras Jorge buscaba en su cuarto yo hice el gran descubrimiento: la cocina tenía su piloto prendido y teníamos fuego suficiente hasta para prender la casa entera. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos en el suelo no sin antes haber sacado nuevamente lo que quedaba de la botella de tequila. Comenzamos, o mejor dicho continuamos platicando ya que en el ínterin de todo lo que he contado, platicamos de tantas cosas.
Esta plática fue algo más personal pues hablamos de nuestras familias, de la dicha de tener las mujeres que tenemos y los hijos que hemos criado, y gracias al ejemplo y principios muy profundos que nuestros padres nos arraigaron. Mis hijos y los de él son muy amigos, al igual que lo éramos Jorge y yo desde antaño. A ambos nos unía la inmensa tristeza de estar separados en estos momentos de los nuestros, gracias a los “señores” que destruían nuestro país.
Entre ésta y otras pláticas la botella de tequila seguía bajando, eran ya las 2 de la mañana cuando sugerí que mejor nos acostáramos. Esa noche dormimos tanto Jorge como yo, con cierto recelo, qué cosas las de la vida como que presentíamos algo. Por la mañana nos dimos cuenta que nuevamente se nos había olvidado prender el calentador de agua.
Después de desayunar fuimos con el mandador y un carpintero a chequear el beneficio y mientras Jorge daba instrucciones al mandador, el carpintero se dedicó a enseñarme el sistema de operarlo, pues pronto se pondría todo en marcha para comenzar la tarea de beneficiar el grano de oro que tanto necesita Nicaragua para levantar su economía.
Preparándonos para el viaje de regreso y mientras Jorge se despedía de la Meyaya, me fui al parquecito del frente del hotel. Viendo el cielo y las montañas, remontaba mi mente a los años en que en esas mismas tierras Sandino luchaba contra el gringo, ¿cuántos habían muerto? ¡Dios mío, Dios mío!, ¿qué es lo que pasa?, ¿qué maldición cae sobre esta bella tierra de lagos y volcanes, que hermanos contra hermanos se matan desde hace tanto tiempo?, en esto estaba cuando de pronto una voz me interrumpió, “tas listo” me dijo Jorge, que sin saberlo llegaba a despedirse del Valle Palsila que desde su niñez lo vio crecer. Vámonos le dije, me echó el brazo por el hombro y me pidió disculpas por regresarnos hasta ese día y me comenzó a contar que ese valle estaba poblado por españoles y que casi todos sus habitantes eran blancos; que los títulos de muchas de esas tierras de por allí, datan de no sé qué Rey de España, cosas muy interesantes pero que ahorita no me importan.
Nos montamos en la Cherokee después de despedirnos y darles las gracias a todos, en especial a la Meyaya que se quedaba ahora triste y siempre un poco nerviosa con su problema y sin saber que era la última vez que veía a su hijo con vida.
Al fin salimos de la hacienda y cuando pasábamos por Matagalpa, dobló hacia la ciudad diciéndome que se detendría sólo unos minutos en la Cooperativa. Yo me quedé en la camioneta oyendo las noticias. Pasaron treinta o cuarenta minutos cuando apareció, me contó bastante preocupado que había problemas y que además de la reunión del COSEP, tendría que asistir a las de UNCAFENIC por no sé qué razones…
Al fin arrancamos hacia Managua a la que llegamos sin novedad siempre entre medio de una plática amena y agradable. El viaje fue rápido, demasiado rápido.
A la 11/2 de la tarde pasó dejándome donde me había recogido dos días antes, se bajó de la camioneta y me dio un fuerte abrazo… “amigo, me dijo, lo dejo sano y salvo (como que si presentía algo) queda en casa”. Yo le di las gracias y quedamos de vernos por la noche. Sin saber que a las 3 de la tarde estaría siendo vilmente asesinado. Con la muerte de Jorge, sólo fue el comienzo del calvario que nos tocaría vivir a los nicaragüenses.