- Un alto dirigente sandinista lo había increpado a que se fuera para Miami o que se fuera para la montaña y él le contestó: no me voy a Miami; y si me voy a la montaña, será para producir divisas a Nicaragua
Camilo Fernández Gurdián
(Primera de dos partes)
A veinte años de este cruel asesinato, quiero rendirle un pequeño homenaje a Jorge Salazar, publicando este artículo en el que relato algunos detalles de los últimos tres días de su vida y que por cosas del destino, Dios me permitió que lo acompañara.
Fue el sábado 15 por la mañana del mes de noviembre, como a las once que hablé con Jorge y me pidió que lo acompañara a Matagalpa, ya que tenía que presidir una concentración de cafetaleros en el Teatro Perla al día siguiente.
Entre las 2 ó 3 de la tarde pasó a recogerme dándome mil excusas por llegar tarde. Yendo ya hacia Matagalpa, por la Cuesta del Coyol; nos cayó un fuerte aguacero, y en medio de esto me contó que un concuño suyo que es “sandinista”, la noche anterior y muy en serio le había dicho que esos aguaceros estaban siendo provocados por los gringos para desestabilizar la revolución; nos reímos un poco de semejante ocurrencia.
Seguimos rumbo a nuestro destino, platicando de esto y aquello, qué sé yo, de tantas cosas que platican los amigos cuando tienen un rato de no verse.
Mientras seguíamos rumbo norte me platicó sobre el trabajo que estaban realizando en esa zona, organizando, dirigiendo y enseñando a los pequeños caficultores para que obtuvieran mejores resultados de sus cosechas, obviamente se sentía muy orgulloso de sus logros ya que él estaba bien involucrado en eso.
Me relató una anécdota sobre un problema que tuvo con un alto dirigente sandinista que lo había increpado a que se fuera para Miami o que se fuera para la montaña y que él le había contestado: no me voy a Miami; y si me voy a la montaña, será para producir divisas a Nicaragua que tanto las necesita, según pude entender éste fue un altercado bastante violento. Desde ese momento comencé a advertirle que tenía que tener mucho cuidado ya que sentí que se la estaba jugando.
Al fin ya casi oscureciendo llegamos a nuestro destino Santa María de Ostuma, la Meyaya (su Madre, a quien cariñosamente todos la llaman así) ya lo estaba esperando.
¡Qué alegría la de todos! Y qué alegría la de su madre, Jorge estaba allí y todos estaban muy contentos, la Meyaya lucía muy bien a sus setenta y tantos años, pero un poco nerviosa, luego me di cuenta que estaba en el proceso de alquilar el hotel y eso la tenía un tanto desconcertada, pero por supuesto, Jorge la ayudaría.
Después de platicar con todos un rato nos sentamos a la mesa, ya era hora de cenar. Demás está decir cómo se come en Santa María y más con ese friíto y ese lloviznar constante que le abre a uno el “apetito”.
Después, nos fuimos a la casa que recién construyeran casi en medio de la guerra y que todavía aún no ha terminado (ni terminó). Pusimos leña en la chimenea y nos volvimos locos buscando un fósforo con que encenderla.
Jorge sacó una botella de Tequila y mientras platicábamos; la leña se consumía y el Tequila también, sólo que era yo quien bajaba la botella pues Jorge no tomaba. Así nos dieron las doce, después la una y luego las dos. Cuando vimos el reloj, me dijo “a nunú” que mañana hay mucho que hacer.
Por la mañana de ese su último domingo entre los terrenales, él se levantó siempre sereno pero un poco preocupado por la reunión que tendríamos a las 10:00 en el Teatro Perla, pues él como hombre de paz que era, le preocupaba que estando el país en las circunstancias que todos conocemos se encendieron los ánimos, contribuía a su preocupación el hecho de que una radio matagalpina, desde muy de mañana estaba azuzando a las masas, en contra de esa reunión de trabajo que tenía por objeto exponer los problemas del sector cafetalero para levantar la producción y sacar a nuestro país adelante, ya esa era la bandera de Jorge.
Para entonces, Clavito (Alberto Santana de quien Jorge decía que era su hijo de crianza) nos tenía listo el tractor, nos sentamos en cada uno de los guardafangos, mientras Clavito manejaba y nos fuimos rumbo arriba a ver sus cafetales, que como él me había dicho ya casi no tenía tiempo para atenderlo, Jorge estaba totalmente entregado a los quehaceres y obligaciones que adquirió por el bienestar de Nicaragua y de todos los nicaragüenses que creemos en una Patria libre y democrática.
* El autor es empresario privado.